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sábado, 6 de marzo de 2010

La copiloto

La E-D36 surcaba el frío y vacío espacio dirigiéndose hacia N-A54. Sara, la copiloto, estaba sentado en el asiento de control principal, mientras el piloto descansaba unas horas. Su jefe era un hombre maduro, de unos 40 años estándar que parecía calmado en todo momento. Ella era mucho más joven, y era la última que había entrado a formar parte de la nave. Hacía dos años había sufrido un intento de violación. Consiguió zafarse, aunque se llevó dos cicatrices en la cara que la acompañarían toda su vida. Siempre le había importado mucho su aspecto y verlo deteriorado por las ansias lujuriosas de un hijo de puta la sacó de quicio. Fue tratada por ansiedad, por agorafobia y, finalmente, cuando convenció a su psicólogo de que lo había superado y de que podía valerse por sí misma, se hizo con una pistola de proyectiles, buscó al que la intentó violar y le disparó dos veces a bocajarro en la cara. No intentó evitar que la cogiesen. Cuando los cuerpos policiales llegaron, la encontraron sentada junto al cadáver con la cara reventada. La pistola tirada en el suelo. Ella fumando un pitillo que le sabía a gloria, a venganza. Su último pitillo.

Fue procesada por asesinato con premeditación y le dieron a elegir entre la pena de muerte o el viaje a los Círculos y, como tantos otros, escogió la vida.

Llegó junto con otros 21 condenados a N-A54, donde el oficial al cargo, un tal Arturo, hojeó un rato sus expedientes y los redistribuyó en distintas naves.
- Recuérdenlo bien – había dicho – ahora sus vidas ya no les pertenecen. Son mías. O de mis superiores. Han venido aquí a proteger la existencia de los que, al contrario que ustedes, no vulneraron la ley. Me suda la polla que crean en los dioses o no, que crean en la Ley o no; pero aquí no habrá juicios justos – sentenció, pronunciando esas dos palabras casi con asco – aquí decido yo. Y tengan por seguro que si se dedican a tocarme los cojones pronto van a ser agua y alimentos para el resto de la Guardia de los Círculos Exteriores. Han venido a defender un sistema que ya han traicionado. Se les ha dado una segunda oportunidad. Pero juro por los dioses que no habrá una tercera.


Cuando vio la nave a la que la habían destinado casi sintió el deseo de echarse a llorar. Era una nave inmunda, vieja. Los pasillos eran opresivos, las salas toscas y feas. Las camas eran duras, el armamento estaba obsoleto. Pero los ojos tristes y amables de Italo, el piloto, la acogieron como los de un padre. Costaba imaginar por qué alguien con un rostro tan amable estaba condenado en los Círculos Exteriores. Sólo le había preguntado una vez y él, con voz triste, cansada y vieja había respondido: «soy culpable de muchas cosas y me considero afortunado de esta oportunidad». Aquellas palabras la habían marcado y se sentía muy cercana a él. Le caía bien, a pesar de que le llevase más de veinte años estándar. Ella era muy joven, la más joven de la nave, de hecho, seguida de cerca por el informático y la explorador que también rondaban los veinte.

El viaje se mantenía con exagerada lentitud, debido a los daños en la nave. La termogénesis de la nave estaba terriblemente deteriorada y los sistemas de reserva no conseguían mantener el ambiente. Todos estaban vestidos, abrigados y con ropa de cama envuelta. Había que aguantar hasta N-A54.

El plan había resultado, a pesar de todas las pegas iniciales. Marta había entrado con un robot de reconocimiento en los conductos y, mientras el robot entretenía al Ello – no durante demasiado tiempo – ella sacó a Julio de allí. Roberto y Tobías cerraron todos los accesos a los conductos quedando separados del Ello. Luego, Italo había detenido la nave y el ingeniero había salido al exterior cargado con sus explosivos y su generador de pulsos.

Sara no había entendido mucho lo que había sucedido, salvo la sacudida de la explosión. Los fragmentos de nave que salieron desprendidos y la lividez de Cachivaches cuando volvió a entrar. Temblaba y estaba pálido, aterrorizado.
- Tranquilo, todo ha salido bien, tío – le decía Roberto en tono de camaradería.
Virginia observaba todo con fría indiferencia. Todo había salido como había supuesto que saldría, no había nada que celebrar.
- Vuelvan a sus puestos – dijo tras unos instantes -. No quiero más sorpresas durante el viaje de vuelta a nave Nexo.

Al parecer, según explicó el ingeniero cuando se calmó, el pulso había interferido en lo que fuera que sostenía las hojas, probablemente algún tipo de energía electromagnética y, hecho esto, éstas se habían perdido independientemente entre sí en la inmensidad del espacio arrastradas inexorable y poderosamente al vacío.

Y allí estaban ahora. Nexo era ya un punto de luz mayor que las estrellas que se podían ver desde la nave y su posición ya aparecía marcada y con datos en el Sistema Estratégico de Reconocimiento y Posicionamiento de Objetivos Cercanos, el SERPOC.

Esta era la primera vez, en los meses que llevaba a bordo que volvían teniendo suministros. Pero también era la primera vez, que ella tuviera noticia, que un Ello se había colado al interior de una nave E y la tripulación hubiera conseguido sobrevivir. Una sola baja, le parecía inconcebible. «Somos héroes», pensó mientras empezaba a reducir la potencia de los motores.
«Están entrando en el radio de acción de nave Nexo-A54. Por favor, identifiquen su nave, nombre y número de su capitán», sonó el mensaje por los altavoces de la E-D36.