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martes, 16 de marzo de 2010

El observador

Poco después, ese mismo día, Balai entró apuradamente en la Sala del Trono. La miré sorprendida. Su presencia me incomodaba. «Alai, lo siento». Su muerte me seguía doliendo; el nombre de la recién llegada me evocaba su recuerdo.
- Luna ha detectado algo – dijo –, una presencia extraña.
Me parecía todavía más increíble, pues yo no había sentido nada desde el Trono. Pero leí en ella y sólo encontré sinceridad en aquella afirmación.
- Siéntate – concedí.

Seguí su búsqueda en el interior de su mente. Buscaba dentro del castillo. «Ha llegado hasta aquí sin llamar mi atención». Parecía que el sistema no era infalible, tal vez yo no consiguiera sacar su verdadero potencial, tal vez me hubiera obnubilado con la sensación de poder y lo estuviera haciendo todo mal. Examiné la sala, ella también. Veía la estancia: estaban Luna, Isivir, un cottar de pasado oscuro, y Tarik dando vueltas estúpidamente, con los brazos estirados. Luna conjuraba de vez en cuando y señalaba: «está allí», decía. Me esforcé todo lo que pude y distinguí una sombra. Parpadeaba, desaparecía, me costaba mucho seguirla, focalizarla... Balai parecía conseguirlo más fácilmente y no creía que fuera porque el Trono fuese menos poderoso. «Mierda», maldije.

De pronto me aislé del mundo exterior, sólo existía la visión del Trono. A mi alrededor no había nada. Estaba en la sala con Tarik y los demás, y ahora lo veía. Pero estaba fuera de mí. Me costaba hablar o pensar, sólo era un espectador alejado, sin posibilidad de participación.
«Se dirigen hacia mí a tientas, como cachorros ciegos»,creí que la criatura pensaba en cottar, pero al reflexionar en las palabras que me llegaban, me di cuenta de que estaban en otro idioma; en uno que no se parecía en nada al nuestro. Pero las entendía perfectamente, como si fuera el idioma de mi ciudad natal.
«Parecen detectar mi posición con facilidad, pero actúan como si no pudiera verme».
Y entonces lo vi moverse. La potencia de sus músculos era antinatural, saltó de un lado a otro de la sala, tal vez quince metros desde una postura estática. La tensión de sus músculos era completamente anormal y su cuerpo se había propulsado a una velocidad absurda. Tarik sintió el cambio en el aire cuando la criatura desocupó el lugar en que la buscaba.
- ¿Y si intentamos alcanzarlo con una alfombra? - preguntó a continuación, en respuesta.
«Parecen mostrar leves signos de inteligencia».
Conseguí volver en mí, tal vez con el pequeño impulso de la ira. «Estúpido bicho...». Seguía viéndolo, pero notaba que me costaba mucho más. El efecto de las sillas se podía aumentar o disminuir, y parecía que había un factor de entrenamiento notable en el potencial que se podía extraer de ellas. Era algo que tendría que tener en cuenta de ahora en adelante.

El ser siguió jugando con ellos. Era Balai quien le daba las indicaciones a los presentes. Seguí observando la escena. La criatura se movía a un lado y a otro. Tarik abandonó la sala abriendo muy poco la puerta. Isivir intentó dialogar con él. «Intentan comunicarse conmigo». Mientras Isivir hablaba, Luna iba rodeando la figura que percibía mediante magia de detección. «Interpretan mi absoluta indiferencia como posible hostilidad». Les avisé de que la criatura no pretendía ser hostil. Los ánimos se calmaron unos instantes, hasta que intentó subir las escaleras. Luna lo señaló e Isivir se puso delante de la puerta que daba acceso a la Sala del Trono. «Ocultan algo imporante tras la puerta». El cottar se apartó de la puerta tras unas duras palabras mías o de Balai, no sabría decir qué leí y qué pensé. El Trono volvía a absorberme y ahora no conseguía separar las fronteras del yo y del ello. «Que no se abran las puertas...», deseé. Y no fue capaz de abrirlas. Vaciló sorprendido. «Estúpida puerta», pensó. Se alejó un poco y dio un golpetazo contra ella que se dejó oír por toda la estancia. «Estúpida, estúpida puerta», reafirmó al ver que no había conseguido nada. Tarik volvió entonces cargando un saco de harina de trigo que había en los almacenes. Y siguiendo las indicaciones de Luna lo vació junto al observador. Fue necesario más de medio saco, pero él quedó cubierto de harina de los pies a la cabeza. Tenía una figura bípeda y leptomorfa y la definición de sus músculos parecía más real ahora, una escultura de piedra bajo la capa de harina en la que se adivinaban los vasos sanguíneos. No había intentado evitar ser salpicado, pero se le notaba furioso, claramente furioso.

Y Tarik hundió su cabeza en la harina que quedaba en el saco. Todo se detuvo, los presentes observaban la escena casi sin dar crédito. Yo podía a Tarik, como si desease ahogarse bajo la bruma de la consciencia observador.
- Si muere nunca verás qué hay al otro lado de la puerta – dijo Luna.
Y pasado un instante Tarik sacó la cabeza del saco, cubierta de harina, y boqueó en el suelo intentando recuperar el alilento. La extraña figura miró a Luna y ésta se dirigió a la puerta y, bajo mi permiso, la abrió. Sentí perfectamente que las puertas me lo preguntaba. No tengo palabras para ello.

El ser se acercó y pasó con cuidado por el hueco de la puerta. Nos observó a Balai y a mí, expectantes en las sillas. Sus ojos abiertos, atentos, expectantes. Una sombra de duda en la frente. Completo silencio en la sala. Examinó las sillas y tomó asiento en una. Sabía que sólo yo podía leerlo en aquel momento: «así me sondeaban. Bien». Se levantó sin mayor interés en la sala y salió de allí.