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miércoles, 17 de marzo de 2010

El observador (2)

Fuera aceptó hablar con algunos cottar, les inquirió sobre su miedo irracional por su presencia y silencio. Bajaron hasta el hospital y Ber le dirigió una larga mirada interrogante.
El Observador señaló una cubeta con agua.
- ¿De dónde sacáis el agua? - preguntó en cottar.
Y Ber lo llevó hasta el riachuelo que cruzaba la ciudad. Tarik, Isivir y Luna los acompañaron, cautivados todavía por la extraña presencia que allí, junto a la corriente de agua, iba desapareciendo según se quitaba la harina que le cubría.
- Cuando acabes de limpiarte volverás a ser invisible...
- Así es.
- ¿No te volveremos a ver?
- Tal vez algún día volváis a percibirme, ya lo habéis hecho – su voz, carente del acento típicamente iledumún, sonaba un tanto hosca. Tal vez fuese premeditado.
- ¿Y si queremos hablar contigo?
La mirada indiferente del Observador cayó como una losa.
- ¿Por qué nos sigues?
- Tomo datos – respondió.
- ¿Por qué?
- Por curiosidad científica.
- ¿Como llegásteis aquí?
- Nos trajeron en unas naves plateadas igual que a vosotros.
- ¿Y os dedicáis a seguirnos?
- Os seguimos a todos. Tomamos los datos de qué hacéis, qué decís, qué pensáis, cómo razonáis, cómo vivís y cómo encaráis los problemas.
- ¿De qué os sirve?
El observador estaba terminando de lavarse.
- Para satisfacer nuestra curiosidad científica.
- ¿Sólo hacéis eso?
- Tomamos datos y más datos y, en algún momento, nos reuniremos y los contrastaremos.
- ¿Y qué coméis?
- No comemos, no bebemos. El aire y la luz son suficiente para nosotros.
- Eso es imposible.
Su figura ya había desaparecido
- Quiero ver a vuestra compañera encerrada en un drow. ¿Podría hacerlo?
- Claro – contestó Ber, casi resignado, llevándoselo con él.

En el hospital examinó a la joven. Seguía sin comer y sin beber, quería sangre; pero su nuevo cuerpo no estaba preparado para ello. Ber le había llevado agua hacía horas, pero ella se había negado a beberlo, y encima lloraba, perdiendo todavía más líquido. «La reencarnada se deshidrata lentamente, sin que ello parezca inducirla a beber agua. Ber está claramente molesto, tal vez por ello, tal vez por el hecho de que se haya recurrido a una reencarnación que, claramente, no apoyaba».
- Ishil, si no bebes... - comenzó Ber, con tono casi paternal.
- No tengo sed... - contestó ella con su voz tímida y vacilante y con un ligero ceceo, producto de su nueva garganta drow.
- Si no bebes, te morirás – concluyó Ber, casi de malos modos.
- Quiero sangre.
- Ahora no puedes tomar sangre, los drow beben agua y, si quieres hidratarte, necesitas agua.
- Aún no tengo sed...
Ber resopló disgustado y ambos quedaron en silencio.


- Voy a salir del hospital – dijo la voz del Observador.
- ¿Tienes cuerpo visible?
- Sí.
- ¿Cómo lo haces?
- Es un hechizo de invisibilidad – contestó tras una pausa.
- ¿Podría verte?
El observador pareció meditarlo y, poco a poco, su cuerpo se fue tiñendo de color y forma. Era una figura alta y estirada, como ya habíamos visto, de colores claros. Iba desnudo y no parecía tener órganos sexuales o, al menos, estos no se evidenciaban. Sus músculos parecían esculpidos en piedra e incluso relajados se adivinaban duros y preparados. En ese momento entró Luna en la sala y lo vió. Vaciló entre sorprendida e inquieta.
- ¿Puedo probar tu sangre? - preguntó Ber, en tono normal.
La criatura le tendió una mano y lo miró con curiosidad y un esbozo de sonrisa. Ber le agarró la mano con completa normalidad y le mordió en la muñeca. El Observador sintió el placer de ser mordido y sus labios traicionaron este hecho, dejándolo claro. Ber casi no bebió nada y se apartó satisfecho. El sabor de su sangre era fuerte, poderoso; iba casi al límite. Aquella sangre tenía algo extraño. Era perfecta. Transmitía mucho más oxígeno del esperable.
- ¿Tú también quieres? - preguntó con voz indiferente a Luna, ya repuesto de la sorpresa de encontrar placer en el mordisco.
Y Luna mordió. Y Ber se fijó en cómo se hinchaban los vasos del Observador, de un modo completamente antinatural. Funcionaba como un sistema, era una hipótesis viva. Era un cuerpo perfecto. Aquellos vasos podían contraerse y dilatarse como acción reflejo a una velocidad portentosa. Resultaba increíble a ojos de Ber.

Cuando Luna se separó del brazo de la criatura, ésta se levantó y se despidió. Pronto empezó a desaparecer. Primero la piel, luego el músculo, luego el hueso. Nada. Como si nunca hubiera estado allí. Sólo el regusto a hierro en sus bocas, evidenciaba su presencia.
- Adiós – dijo Luna, aunque ya no encontró respuesta.
Ni siquiera el Trono lo alcanzaba. Había desaparecido.

Y fue así, intentando buscar su mente o la percepción que Luna o Ber tuvieran de él, cuando descubrí el plan de Ber para la noche. No me pareció mal, a pesar de que entrañaba riesgos. Esperaba poder utilizar aquella información para relajar la relación entre nosotros y volver al estado inicial.

Lo hice llamar aquella misma noche, tras que dejase huir al drow con un cuchillo, comida, agua y mantas. Vino con absoluta naturalidad y evitó decir nada al Odom que, furibundo, abandonaba el acceso a la Sala del Trono.
- No me parece mal lo que has hecho – dije de entrada. Él asintió, sin más --. Te llamo, Ber, para saber qué opinas sobre establecer turnos para utilizar las sillas.
- Me parece bien – respondió, sencillamente.
- ¿Tienes candidatos?
- Luna, Óxios, Elendir, Nuala, Kshandra y Úlvien – respondió tras un instante de duda.
«Óxios, el mago muerto», decidí no comentar nada al respecto. Aquél no era el día para intentar volver a llevarnos bien.
- ¿Cómo está Ishil?
- Si no bebe, morirá. Y no creo que beba – añadió con tono agorero.
- La sed le obligará a beber – respondí.
- Sí, señora – respondió con tono perfectamente amable, aunque el poso de la ironía era patente.
- Puedes retirarte – estaba furiosa y cansada de ver mis esfuerzos desperdiciados por aquel médico. «Pero le necesitamos...», y es que era una de las piezas más importantes que había en el pueblo.
«No todas las piezas tienen que llevarse bien entre sí», me consolé, «sólo tienen que conseguir que su bando llegue a buen puerto» - ten una buena noche.

Ber hizo una reverencia y abandonó la sala. Y me quedé sola, sabiendo que uno de los lazos se había roto y ya no era suficiente como para hacer un nudo con él. Pero era necesario, Ishil era una pieza tan importante como el propio Ber. ¿Acaso él no podía verlo tan claramente como yo?