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miércoles, 3 de marzo de 2010

El mecánico

El golpe del cuerpo de Julio contra el suelo había sonado mitigado. Las serradas hojas del Ello entraban con su superficie blanquecina y salían cubiertas de sangre del ángulo de visión de sus ojos y, a unos metros, la tripulación contemplaba la macabra escena en las pantallas. En cuanto el biosistema se detuvo y los implantes se desactivaron y la pantalla se quedó de un apagado negro, Roberto ordenó cerrar los conductos. Nada debía entrar allí por el momento.

Ahora estaban todos reunidos con la Capitana en la sala de recreo. La nave, con el automático activado, se desplazaba a velocidad completamente uniforme hacia las coordenadas marcadas. No daría ninguna señal de alarma interna hasta que algo amenazase con impactar con ella. Y no darían señal de alarma externa mientras se siguiesen activando y desactivando sus sistemas: puertas, ventilación, agua, lo que fuese.
- ¿Qué vamos a hacer? - preguntó Marta.
Las balas habían atravesado el vacío entre las hojas de la criatura como si no hubiera nada allí. Ninguna hoja se había visto destruida o deteriorada tan siquiera ante las cámaras. Había sido un completo fracaso.
- ¿Qué opciones hay? - preguntó Roberto, concretando más la pregunta.
- No ha atravesado las paredes todavía – comenzó Álvaro.
- Pero ha matado a Julio – interrumpió Tim -, si él no consiguió darle, ninguno de nosotros lo va a hacer. Lo sabéis, verdad.
- Tal vez la solución no pase por dispararle – comentó Virginia.
- ¿Y qué sugieres? - instó Roberto.
- Expulsarlo – dijo el capellán – con efecto vacío.
El silencio se impuso en la sala de recreo.
- ¿Devolverlo al espacio? - preguntó Tobías un rato después -. ¿Sin más?
El capellán asintió.
- Cualquier otra nave podría encontrárselo – dijo el Risitas.
- Otra nave que irá prevenida – respondió el capellán encogiéndose de hombros – Además, tal vez autoricen armas de largo alcance desde N-A54 y terminen con ella de forma mucho más sencilla.
Álvaro parecía meditar sobre sus palabras.
- No es descabellado – siguió el capellán -. Es caro y, tal vez arriesgado, pero no descabellado. Sé lo que estáis pensando, pero esa criatura puede estar haciendo cualquier cosa. Desde engendrar otras criaturas como él, llamar a otras distintas o... quién sabe, estar saboteando sistemas.
- N-A54 correrá con los gastos de reparación si llegamos hasta allí. Nuestros ordenadores tienen pruebas de la presencia del Ello – añadió Tim.


Tobías miró a los presentes como si estuvieran locos. Los conductos no podían ser abiertos al exterior, eso implicaba reventar parte de las planchas de la nave para abrir esa zona, manteniendo las localizaciones colindantes herméticamente cerradas. «Es una locura».
- ¿Se puede saber cómo pensáis hacer eso? - preguntó escéptico.
- Tú y... Javier – dijo Virginia, sin que casi se le notase la vacilación al intentar recordar el nombre – podríais hacer unos cálculos y hacer una explosión controlada.
- Capitana, es muy arriesgado – se escandalizó Tobías.
Virginia lo miró con calma y casi con indiferencia.
- ¿Insinúas que dejar al Ello ahí no es arriesgado?
Y se volvió a hacer el silencio.


Las cartas estaban sobre la mesa. Cada cual había hablado y dado su opinión. La capitana había dado sus órdenes y el líder de los Asaltantes las había hecho propias. Los que mandaban en la nave se habían puesto de acuerdo, a partir de ahora, una actitud contraria sería considerada traición y sería castigada en la pequeña celda de la nave.

Contra todo pronóstico, el médico de a bordo estaba de acuerdo, y no sólo eso, sino que había añadido nuevas sugerencias. Entre ellas asociar un factor electromagnético, como un pequeño pulso. Las naves, incluso las más antiguas, estaban protegidas contra esta clase de efectos, debido al increíble partido que, en tiempos, se había sacado de las armas nucleares y a los motores nucleares que aún incorporaban muchas de ellas. Hoy, y contra todo pronóstico, aquellos sistemas de protección electromagnética se pondrían a prueba voluntariamente por primera vez en años.
«Esas hojas parecen estar sostenidas por algo, por algo que parece no tener masa. No creo que perdamos nada probando esto», había dicho Álvaro.
«No podemos dejar allí a Julio», había dicho Roberto.
Y a pesar del arranque de humanidad que parecía haber sido arracando de su pecho, una visión más fría dejaría claro que lo que Roberto quería rescatar eran los implantes. Sólo los ricos podían acceder a los implantes. Y ahora, esos implantes, estaban ahí; abandonados, a sólo unos metros de distancia.
«Puede que sean inútiles», avisó el médico.
«Algo se podrá aprovechar», masculló Roberto. Y ésas fueron sus últimas palabras al respecto.

Las implicaciones de la suposición de Álvaro sobre aquel ente eran todavía más peliagudas de lo que pudiera parecer a simple vista. Si existían Ellos con cuerpos de energía, en lugar de masa, tal como el ser humano entendía ambas sin meterse en cuántica, los Ello podrían ser cualquier cosa, tener cualquier forma. Iba a ser, pronto, un factor a tener en cuenta.
«A este paso vamos a necesitar físicos en la tripulación, joder...», refunfuñó Tobías.