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jueves, 18 de marzo de 2010

El Comandante

La Comandancia era un edificio enorme con grandes cristaleras. Docenas de personas cruzaban sus puertas día tras día. La mayoría eran empleados fijos que procuraban acelerar cualquier trámite a los tripulantes de las aeronaves asociadas al Nexo. Esos trabajadores de Nexo se parecía mucho a los miembros de la Guardia de los Círculos Exteriores, pues al igual que estos eran unos desheredados sin posibilidad de regresar a casa, pero tenían un status más alto, pues no arriesgaban su vida a bordo de una Exploradora o de una Viajera. «En cierto modo es peor», pensó Virginia, «condenados a una vida de papeleo o a quitársela ellos mismos». Ella prefería su destino: la capitanía, la aventura, los riesgos... todo lo que le permitiese no pensar en lo que había dejado atrás. «¿Qué harán los infelices trabajadores de Nexo salvo llorar la pérdida? ¿Cómo encararán los días de vacío y oscuridad?». Le consolaba pensar que existían suertes peores que la suya: «es más, ¿cómo se sentirán el día que llegue un Ello hasta aquí y cuando algo que no hayan visto nunca... que no hayan imaginado nunca decore las paredes y alimente a la vegetación con las tripas y la sangre de los caídos?». Nexo, y sobre todo la cercanía de Arturo la sacaba de sus casillas. Lo odiaba, le repugnaba. Virginia ya echaba de menos la E-D36.
- Pasen, por favor – invitó la amable voz de la secretaria de Arturo; una mujer alta y pelirroja, con la cara surcada por pecas, con la nariz ligeramente respingona y con un bonito y estirado, aunque poco curvilíneo, cuerpo.

Arturo estaba sentado junto a un ventanal y la sala estaba llena del humo del cigarro puro que sostenía en la mano.

- Buenos días, señoritos. ¿Habéis tenido un buen viaje?
Virginia mantuvo la calma. Sabía la opinión que Arturo tenía de ella: a caballo entre un ser asexuado y el más viril de la nave. La idea de que el Comandante no se pudiera sentir atraído en absoluto por ella, no hacía sino alegrarla.
- Con parte de la cubierta externa destrozada, señor – contestó Virginia con voz indiferente. Hizo una pausa dramática hasta que Arturo enarcó una ceja y la punta del cigarro ardió con ansia renovada – tuvimos que volarla para expulsar al Ello.
- Parece que tuvisteis éxito.
- Así es.
- ¿Cuáles eran las características del Ello?
Virginia miró a Álvaro, invitándolo a hablar.
- El Ello era una criatura de tamaño y morfología estructural variable. En esencia se reducía a un cuerpo de versatilidad casi completa con movimiento ameboide. Al final de cada pseudópodo, además, contaba con una especie de hoja blanca de contorno serrado que, al parecer, podían atravesar cualquier cosa sin dificultad alguna, imposibilitando en cualquier caso su captura y dificultando su destrucción mecánica.
- ¿Lo devolvisteis vivo al espacio?
- No, no vivo – dijo Álvaro – salvo que tenga una existencia independiente de cohesión. Su cuerpo fue completamente descohesionado por un pulso electromagnético. Su cuerpo consistía en una mera unión de fuerzas, sin una verdadera materia... o lo que nosotros entendemos por materia.
Arturo dio una larga calada y saboreó el humo. Lo expulsó lentamente, deleitándose en el calor que dejaba en su garganta y paladar.
- ¿Cómo?
- Que o vive en cachitos o está muerto, señor – contestó Álvaro encogiéndose de hombros. Algo en su fuero interno vomitaba sangre cada vez que reducía conceptos para explicárselos a un superior jerárquico. Pero así funcionaba el sistema.
Arturo dejó escapar una risita.
- ¿Bajas? - preguntó volviendo a mirar directamente a Virginia.
- Una, señor, nuestro tirador.
- Necesitaréis uno nuevo.
- Así es, señor.
- Bien, ha llegado uno recientemente. Tienen suerte – comentó mientras abría uno de los cajones de la sala y empezaba a rebuscar un fichero -. De todos modos, tendrán que esperar mientras se repara la nave.
Virginia no pudo contener un gesto de hastío. La nave estaba muy vieja, la explosión podría haber jodido varios subsistemas de conducción; era el momento idóneo para un cambio de nave. ¡Se habían enfrentado a un Ello en interior! A Arturo no le pasó desapercibido el gesto, pero se guardó el as para saborear unos instantes más la frustración de la capitana.
- Este es el nuevo – dijo tendiéndole a Virginia el informe.
Virginia se dispuso a abrir el archivador, mientras sus hombres echaban miradas por encima del hombro.
- Espere – pidió Arturo con fingido y forzado dramatismo – estoy pensando que sería mejor recolocarlos en una nave E-D07 de las que nos enviaron el año pasado. Son naves muy cómodas, así que disfrutadla. Es que reparar vuestra nave nos llevará semanas y no creo que sea conveniente tener inactivos a héroes tales como para enfrentarse a un Ello en el interior de una Exploradora y perder a un sólo hombre. Estáis mejor patrullando el espacio, defendiendo a los Núcleos. Por la vida y la libertad, ¿verdad?
- ¿Señor? - Virginia no daba crédito. Al principio había sonreído emocionada. Ilusionada. Y sólo los dioses eran conscientes de cómo disfrutó Arturo cada instante de su esplendorosa sonrisa, y el sabor casi orgásmico de volver a ver la frustración y la derrota. Sí, Arturo odiaba a aquella mujer de forma completamente irracional, y su dolor era una pequeña victoria completamente legal e intachable – Mis... mis hombres necesitan descanso... es decir, acabamos... acabamos de... - Virginia, que nunca lo hacía, vacilaba, al borde de la incredulidad.
- El descanso les toca en dos meses, ¿me equivoco?
Virginia se tragó su furia. No podía hacer otra cosa.
- Sí, señor.
«Llora, llora», deseó Arturo, casi infantilmente.
- Pues pasarán esos dos meses a cargo de la nave más espectacular que hayan visto en su vida, ¿de qué se quejan? Venga, fuera de mi vista, enviaré al Tirador al hangar y partirán dentro de dos días – Arturo se permitió una sonrisa magnánima -. No se quejen, han ganado un día de vacaciones y no se lo descontaré dentro de dos meses – a veces había que ser benévolo en la victoria.