Google+

viernes, 26 de febrero de 2010

Una nueva cottar

- Mi señora – dijo Alain al entrar – ha llegado una hembra cottar. Una desconocida.
Lo miré casi sin dar crédito. No me estaba mintiendo, era consciente de ello, pero parecía tan extraño. Abandoné La Sala del Trono y seguí al enfermero hasta la sala que habíamos adecentado como sala de curaciones. Allí estaba ella. Una joven hembra cottar llena de visibles hematomas y contusiones. Se estaba drenando algunos con un cuchillo y otros se los estaba drenando Nubur, el fabricante de dulces, con... con la boca. La escena me pareció desagradable, las connotaciones sexuales de ese tipo de acciones mostradas en púbico. Miré un instante a Alain, este se encogió de hombros.
- Ber estará encantado – susurró.
Yo no pude reprimir una sonrisa.
- Nubur, déjanos a solas – le pedí con voz amable.
- Aún no acabé de drenar...
- Vete – dije con voz tajante.
Nubur hizo una muy ligera reverencia un poco orgullosa y se fue.

- Saludos, joven hembra.
- Saludos – respondió con voz calmada.
- ¿De dónde vienes?
- Del este.
- ¿Tú sola?
- Éramos... más, unos cien, pero fueron muriendo. Enfermedades, ataques... ohh... - suspiró.
- Tranquila, pequeña. Aquí estás a salvo. ¿Cómo te llamas?
- Balai, señora.

La coincidencia y la proximidad de los hechos me dolieron. Me quedé callada, sin saber muy bien qué decir. La miré de nuevo, sentí la boca seca. Alain, Balai y yo, en silencio en la misma sala.
- Soy la reina Aruala – contesté pasados aquellos eternos instantes –. Siéntete cómoda y en tu hogar.
- Gracias, majestad.
Hice un gesto con la cabeza, ellos se despidieron con una reverencia, grácil y gentil por parte de Alain, torpe y dolorida – pero educada y reverencial – por parte de Balai.

De nuevo en La Sala del Trono tomé asiento. Uno de mis miaulladores se sentó en mi regazo, le acaricié y bebí una cantidad nimia. Ronroneaba placenteramente. «¿Por qué, Lorien? ¿Me merezco esto?».

Los días se sucedieron. Balai se paseaba por la ciudad, haciendo suyo su nuevo hogar. Gracias al Trono supe que le sorprendía nuestra buena relación con los elfos. Si su pueblo había sido masacrado por los elfos negros, era normal que le sorprendiese. El color de la piel no diferenciaba especies. ¿Por qué habrían de ser distintos unos de otros? El acceso mental de las Sillas era adictivo de alguna manera antinatura, aquello trascendía – en mi opinión – los estándares de magia mental cottar. La sensación de recibir a la vez un sinfín de fuentes de información, tantas como fueses capaz de aceptar, era extraña, ajena... y deliciosa. Sabía que no estaba bien vigilar a la gente, sobre todo en el terreno del pensamiento, pero no podía arriesgarme ahora a una traición. La libertad volvería cuando el peligro hubiera pasado. «Nunca pasará el peligro». Supongo que era cierto, nunca creería que la sensación de paz era suficiente para abandonar el uso de las Sillas. «¿Fue ésta la causa de la caída de sus viejos poseedores?». Parecía probable, y esa posibilidad hizo que me recorriese un escalofrío.
_______

Dado que hoy no hay partida nocturna, no hay necesidad de terminar el relato de la partida anterior. Hasta aquí llegamos.