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viernes, 5 de febrero de 2010

Médico

- Fallo de presión sin concretar en conductos. Tobías, échale un ojo.

La voz del piloto sonaba fría y artificial a través del sistema de comunicación interno.

- Venga, Tobi, no te hagas el remolón - dijo uno de los Asaltantes.

El mecánico abandonó la sala refunfuñando. La Exploradora estaba vieja y Tobías odiaba inspeccionar cada rincón una vez por semana. En realidad, aquel era un trabajo que mantendría ocupados casi constantemente a tres mecánicos cualificados. En E-D36 había dos, pero uno había muerto en la sala de operaciones tras recibir heridas de bala en uno de los asaltos. Probablemente fuego amigo, dado que Ellos no solían recurrir a nada tan mundano.

- Estás que no cagas, ¿eh, matasanos?

El médico dedicó una breve mirada a todos los reunidos y con tono indiferente se despidió de ellos.

- Avisadme de lo que sea, estaré en la sala de operaciones.

Nadie contestó y él, con calma, abandonó la sala. Odiaba aquella sensación de que todo el mundo lo trataba como a uno más. Él no era uno más. Era el médico, la mayoría de ellos, sobre todo los que más se metían con él, seguían respirando gracias a sus atenciones. Tal vez cerca de los Núcleos siguiesen en perfecto estado gracias a los cyborgs, a los implantes o a un volcado de información en un cuerpo artificial... pero en los Círculos Exteriores sólo la pericia del doctor de a bordo y las escasas sustancias que pudiese haber en la nave separaban a alguien de la muerte.

- Bastante hago por la tripulación. ¡Joder! ¡Si ni siquiera estudié medicina, coño! - masculló mientras se alejaba - patanes desagradecidos...


La sala de operaciones estaba blanca, inmaculada, reluciente. Se esmeraba mucho en mantenerla en aquel estado. Él vivía allí, aunque hacía incursiones a la sala de recreo, donde se reunían casi diariamente a jugar a las cartas entre Ello y Ello. Cuando al fin pasaban por la Nave Nexo que les correspondía, la N-A54, que estaba comandada por un hombre sin escrúpulos, y algunos decían que sin alma toda la tripulación de la Exploradora aprovechaba para salir un poco, caminar por aquellos enormes y majestuosos pasillos llenos de vida artificial. Todos conocían la mentira, pero todos disfrutaban la ilusión de haber vuelto a sus casas durante ese tiempo. La gente con deseos que pueden cumplir es más productiva porque les permitirá hacerlos. No eran grandes logros, pero eran mucho mejor que viajar indefinidamente a borde de una nave hasta caer muerto sin más. Pero casi ninguno sabía valorar lo benévolo que había sido el destino con ellos. Mientras, el médico, recluido otra vez en su santuario, encendía el ordenador y obviaba el resto del mundo, no quería pensar en que había sido condenado injustamente, en que moriría lejos de los suyos por un error, por un accidente... por no ser capaz de hacer milagros. Su hijo habría cumplido ya 13 años. 10 años sin verlo. Se decía rápido...

«Mierda», pensó mientras se enjugaba los ojos que empezaban a humedecerse.

- No os vais a creer esto - sonó la voz de Tobías por el comunicador de la sala.