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martes, 2 de febrero de 2010

La playa

Siempre era así, cuando llegaba a su casa. Lo recibían su sonrisa, sus adorables ojos, día tras día. Una rutina firme y dedicada. «Tranquilizadora» habría dicho él en su momento.

Paseando por la playa pensó en todo aquello que había quedado atrás, en todo aquello que había perdido para siempre. Recordó su perfume, el suave tacto de sus abrazos, de sus pechos desnudos; se sumió en el movimiento de sus cabellos al moverse agitadamente a horcajadas sobre él, cuando se sumergía en la prisión de sus caderas.«Te quiero», decía ella. «Te quiero», respondía él.

Hasta que un día llegó, como cada tarde, y en la casa no había nadie. Ningún mensaje en el teléfono, ninguna nota en el recibidor. Nada. Sólo la ausencia, la desaparición. Sin más. Tan mágicamente como todos aquellos recibimientos que hoy aún recordaba.

Y allí, en la playa, miraba la arena y recordaba su piel tostada por el Sol, su pelo cobrizo y lacio, sus cálidos mordiscos, su sonrisa cariñosa; recordaba sus caricias y las palabras susurradas en la cama cuando el viento levantaba partículas de las dunas. Miraba el mar y recordaba sus ojos claros, sus suaves piernas que se contorsionaban, que temblaban de placer; y recordaba su sexo, húmedo y acogedor.

Siempre era así cuando llegaba a la playa. Lo recibían sus sonrisas y sus adorables ojos. Día tras día las veía en aquellas dunas y en aquellas olas que rompían a sus pies. E incluso el recuerdo era mágico.