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miércoles, 24 de febrero de 2010

La explorador

Oscuridad. Los fotorreceptores artificiales empezaron a trabajar por Julio. Ellos recogían la imagen, la procesaban y transmitían directamente al cerebro. La velocidad era ligeramente superior a la natural.



Marta observaba la escena en completo silencio. La respiración de los demás se adivinaba tensa. La cámara – que mostraba lo que veían los ojos de Julio – se acercaba lentamente hacia el Ello. Esta recepción, mucho más nítida que la anterior dejaba ver claramente el contorno serrado de las hojas y el cuerpo invisible que las soportaba.

La pistola apareció en el centro de la pantalla. El temblor del arma era mínimo. Julio tenía buen pulso y una destreza insuperable. Prefirió no arriesgarse: Calma. Su respiración se ralentizó, el implante controló su riego sanguineo y sus ya de por sí suaves temblores.


La explorador no pudo evitar pensar en las jerarquías de los individuos. El Tirador llevaba en su cabeza más dinero del que algunas personas usaría para toda una vida. Al principio el ser humano quiso hacer máquinas, y luego quiso hacer máquinas cada vez más parecidas a seres humanos. Luego quiso hacer seres humanos más parecidos a máquinas. Esa sensación la inquietaba, la molestaba. Pronto las personas serían creadas en laboratorio a partir de esperma y óvulos escogidos, su educación sería inducida e invariable, sus biosistemas controlados informáticamente. La libertad moriría víctima del imparable desarrollo, de la cada vez más divina tecnología. «Dios es un implante más, y como todos los implantes ha sido desarrollado por el hombre» decía la máxima de los escépticos. Pronto podrían decir que la humanidad había sido desarrollada por el hombre sin temor a equivocarse. Y en aquel momento, a excepción del pasado, todo habría sido creado por el hombre, por los siglos de los siglos.


Reacción. Los sistemas nerviosos de Julio pasaron a un control más eficaz, más rápido. Los procesadores integrados analizaban los datos a una velocidad muy superior a la del cerebro mejor preparado y tomaban la mejor opción para la supervivencia según los resultados, proporcionando un comportamiento basado en reflejos claramente acelerados en las que los desarrollos lógicos cerebrales eran tomados mucho más rápido, sin pasar por el él.

«Dioses, salvadme. Aún no quiero morir...» - fue lo último que pensó antes de que su cerebro se perdiese en la niebla de la máxima focalización.

El ruido de los disparos sonó muy mitigado a través de los altavoces.