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martes, 2 de febrero de 2010

La diplomacia drow

Los elfos negros parecían tranquilos en la ciudad. Nosotros hicimos nuestra vida con normalidad, como si nada pasase; como si los que no hace tanto nos habían atacado no hubieran venido con total naturalidad, fuertemente armados.

Aquella mañana fui temprano a mi casa, antes de que despuntase el Sol. Algunos elfos negros ya habían iniciado sus quehaceres y habían salido a pasear por la ciudad. «Tal vez intenten averiguar dónde se encuentran nuestros recursos, cómo poder atraparnos a todos... tal vez quieran hacer un ataque a gran escala y hayan venido a inspeccionar el lugar para que el terreno no juegue en su contra...», era una idea que no me podía quitar de la cabeza.

Entré en casa y cerré la puerta. Alai tendría clase y, al fin, parecía que hoy no tendría una carga sorpresiva de trabajo. Mis principales ocupadores estaban hoy sorprendidos por la llegada del contingente armado u ocupados en los quehaceres que yo les había encargado. Quedábamos sólo 75 cottares en el pueblo y, supongo, se notaba. Me acerqué a mi bolsa y cogí unas semillas de dormidora, las pulvericé y lamí el resultado. Pronto empezó a hacer efecto y me recosté plácidamente en el sofá. No esperaba que nadie me reclamase aquella mañana y mi sorpresa fue sincera cuando atendiendo la puerta, a la que acababan de llamar, me encontré a Alai.
- Alai, qué agradable sorpresa. ¿Qué ha pasado?
- Ber ha dejado las clases para la tarde.
- ¿A qué se debe?
- No lo sé, vino a avisarme Alain... dijo que Ber estaba ocupado.

Almorcé con ella y nos separamos a primera hora de la tarde. Pasé la tarde ordenando semillas, pronto necesitaríamos algunas de las viejas plantas de Tilangibén y para entonces deberían estar, mínimo, plantadas. Nuestra situación me parecía un poco inestable en el momento, así que decidí salvar la mitad por si teníamos que movernos de pronto y dejar atrás todas nuestras cosas.

- ¿Qué tal las clases? - le pregunté a Alai aquella noche.
- Fueron extrañas, estaba una de las aprendices de clériga y el capitán de los elfos negros y... bueno, Ber tenía marcas.
- ¿Marcas?
- Mordeduras y arañazos en... bueno, en el cuello y en lo que se le veía de los brazos...
Me costaba mucho imaginar a Ber con heridas producto de la pasión, pero no era difícil atar los cabos con la presencia en el hospital de aquella una de aquellas hembras de piel de noche y ojos de fuego, sobre todo tras el aplazamiento de la clase. Los machos siempre son convencidos mediante el adecuado uso de los labios, con matices respecto a qué labios se usan exactamente. Los drow nos habían atacado en la noche, y ahora habían introducido a sus putitas para seducir a nuestros machos. Todo cobraba sentido. Mis planes tendrían que volverse mucho más tajantes de lo esperado si quería poner fin a todos estos juegos.
- ¿Tú qué crees? - me preguntó Alai.
- Creo que se dieron perfecta cuenta la primera vez de que Ber era el único con una opinión favorable hacia ellos - expuse -, y ahora han venido a terminar de ganárselo a su causa a fuerza de sexo.
- ¿Crees que lo conseguirán?
- No vi a Ber demasiado ligado a ninguna de las hembras cottar, y sin embargo aparece una de esas extrañas aberraciones con pelo y piel negra y ya lo ves.
- No sé, pero La Llamada es fuerte.
- No todos los cottares sienten La Llamada.
- No creo que tengamos tan mala suerte de que él sea uno de ellos - sonrió, como quitándole importancia al asunto mientras me tendía juguetonamente en la cama.

En algún momento sonó la puerta.
- No creo que sea algo que no pueda esperar a mañana - le susurré cariñosamente.
Y ella me besó bajo la mirada de las estrellas.
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La Llamada es cómo he decidido bautizar a ese sentimiento de cottar de hacer lo mejor para el pueblo que, en términos de juego, denominé Lealtad férrea.

Gracias a Nico, Laura, Ryudo y Marta por sopesar algunos puntos y reírse, escandalizarse o dar ideas.