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martes, 16 de febrero de 2010

La ciudad de la Gran Montaña

A medio día de nuestro centésimo días tras el Despertar llegamos a la zona sin vida de la montaña. Recorrimos parte de su extensión hasta que, horas después, rozando ya la media tarde, encontramos una abertura en aquella roca sobre la que nada crecía. Las paredes de aquella abertura estaba ligeramente húmedas, hasta tal punto mantenían la condensación de la noche. Misteriosamente, a pesar de la presencia de agua, ni siquiera había hongos. Nada vivía allí. Con razón la ciudad había caído. Por lo que podíamos ver, todo dependía de la importación de productos. Tal vez hubiera sido sometida con un asedio largo y meticuloso en el que se buscasen anticipadamente los posibles accesos subterráneos con el fin de impedir la entrada de mercancías.
- Por aquí – dije con tono imperativo y, señalando a los soldados, añadí –, vosotros primero.
Odom y los suyos nos adelantaron, prendieron antorchas y entraron en aquella hendidura. Sus pies pisaban en húmedo, produciendo un sonido repugnante y orgánico con sus pisadas. Todo aquello, a pesar de todo lo que decían los sentidos, parecía vivo. Vivo a un nivel inquietante y terrible.

Mientras recorríamos aquel lúgubre pasillo, que empezaba descendiendo durante un largo trecho, mientras seguíamos el brillo de las antorchas que desfilaban entre nosotros no pude evitar pensar, por enésima vez en aquellos días, en las palabras de Tarik. En Alai, a la que no podía quitar de la cabeza. «¡Por tu culpa, por tu culpa!», gritaba una voz acusadora en mi cabeza. Por mi culpa. Tenía razón. «Ella cumplió con su deber», decía otra vez, más amable y cariñosa. También tenía razón. Ella había muerto como una buena cottar haciendo lo que se le había exigido, sí; pero yo había hecho aquella exigencia. Y las voces discutían en mi cabeza. «Sálvala, sé una buena amante», decía una. «No antepongas tu deseo a lo que conviene al pueblo», contestaba la otra. Más gente moriría por mi culpa si me mantenía como reina, tendría que superarlo; aprender a vivir con ello. Un buen rey no debe sentirse unido a los suyos. Un buen rey debe observarlos desde una distancia de precaución y evitar todo vínculo emocional con sus vasallos, debe conseguir que sus gentes crean que su opinión vale aunque ésta sólo ha de valer cuando coincida con las creencias que, en realidad, tiene el monarca. Un rey tiene que saber mentir y aprovecharse, tiene que saber anticiparse y resistir los embates de la mala fortuna. Un buen rey no puede ser uno con su pueblo... pues sufrirá éste o aquél. Tal y como estaba pasando ahora.

Cuando el pasillo se abrió al fin, tras un largo rato de caminata cuesta arriba, que hacían parecer imposible una entrada por la fuerza puesto que la carga en fila a través del pasillo parecía, a todas luces, un suicidio táctico ante la posibilidad de lanzar por aquella pendiente materiales inflamables o aceite hirviendo; se abrió ante nuestros ojos la más vasta extensión subterránea que nunca hubiese visto un integrante de mi especie. Aquel lugar era, sencillamente, colosal. Y estaba iluminado. ¡Iluminado! Un brillo lumínico de origen incierto y extraño tono, que luego Luna comprobaría como mágico iluminaba las paredes de la enorme bóveda de piedra, en cuyo centro se extendían unos muros de piedra con docenas de inscripciones a un lado y a otro que irradiaban una poderosa magia. Sólo unas pequeñas puertas negras como la medianoche reducían la densidad de la emisión mágica. Suevan fue el primero en entrar, desde el otro lado de la puerta esperó a que todos, elfos y cottares hubiéramos cruzado. Ante nosotros se entendía un enorme amasijo de pequeñas casitas de un gris blancuzco con tejado negro. Más allá de este bloque de casas se extendía un segundo muro, con una magia todavía más patente que el primero. Las puertas eran poco más grandes que las que dan acceso a una casa de gran tamaño. Y al otro había campos y talleres y todo irradiaba magia. Los campos estaban cultivados y todo estaba en perfecto estado; na se había deteriorado, quién había levantado aquella ciudad la había planeado bien. «¿Qué les habrá pasado para caer de todos modos?». La pregunta no parecía tener una solución obvia, no había una deducción; no había nada. Allí, finalmente, tras los talleres, se levantaba un último muro tras el que se podía ver un edificio, un enorme castillo. La capa de magia que lo cubría todo era casi cegadora, potente y trabajada. Una labor digna de los mejores artesanos mágicos. El castillo tenía cuatro pisos de altura. Nuestra exploración por él nos mostró muchas salas vacías, casi sin ornamentar. No había armas ni armaduras, parecía faltas muy extrañas en un lugar semejante. «Tal vez hayan saqueado el castillo y dejado sólo lo que era inútil». Lo más peculiar de aquella construcción es que en el cuarto piso, un pasillo salía fuera de la construcción hacia una sala circular que se sustentaba por algún truco arquitectónico que no entendíamos o por un efecto mágico que, por alguna razón, se habían esforzado en disimular. Aquella sala circular estaba fuera de la planta del edificio, conectada tan solo por el pasillo, que brotaba como un brazo en la pared.
- Señora, yo prefiero no cruzar – comunicó Odom.
- Quédate aquí, nosotros iremos a ver qué hay al otro lado.
Pareció dudar.
- Muy bien, mi reina, tenga cuidado.


La sala era circular, tenía una serie de sillas formando una especie de círculo, que abarcaba unos cuatro quintos y el quinto restante lo formaban unas sillas puestas en fila, como el lado de un pentágono. Las que formaban parte de la estructura circular estaban trabajadas con esmero, y una, la que se enfrentaba completamente a las puestas en línea, tenía un trabajo especial, señorial; era un trono, de forma clara e innegable. El Trono.

Tarik fue la primera en sentarse. Usó el trono. No dije nada. Prefería saber qué pasaba a experimentarlo en mis carnes. No sería la primera vez que alguien dejaba un desencadenante trampa ante una acción similar. Se quedó unos segundos en silencio y luego dijo: «siento a la gente que camina por el pueblo. A todos ellos, no... no sé cómo explicarlo». Y todos los presentes tomamos asiento. Aquellas capas de magia no eran tan simples como habíamos pensado y la ciudad parecía cada vez más interesante. Quizá las cosas no hubieran empeorado tanto como parecía de inicio. Habría que evaluar muchas cosas antes de considerar esto nuestro nuevo hogar.