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jueves, 18 de febrero de 2010

K.

El viento agita mis cabellos, que forman una estela de oro ondeante, un silencioso mar de reluciente paja. Sus ondas son deseo y fiereza. Eso irradio. Deseo y fiereza. Sé que me observan. En todo momento. Sé qué clase de miradas atraigo. Y me gusta. Me gusta sentirme deseada, saber que soy la aspiración y que represento el triunfo. Bajo mi máscara impertérrita sólo hay hambre y sed: hambre de sexo, sed de poder.

En mis labios aún permanece el regusto de la sangre, el toque a hierro... brillante y poderoso. Mis dientes aún están manchados, entre ellos hay pequeñas hebras de músculo, de mi última presa que aún está caliente sobre un charco de sangre en el suelo. Noto su esencia fluyendo por mis venas; siento su fuerza, su potencial; sé que me he acercado más a ella tras mi último ritual. Hoy su herencia es también la mía. La he adquirido. Y mi preciosa y pálida piel brilla muy ligeramente. Y en mis interdigitaciones siento la presión de algo que pugna por nacer, aunque no lo hará; necesito más de los suyos. Necesito más. Mucho más.

Y todos me miran. Combino los rasgos de docenas de criaturas, soy una diosa de la naturaleza, de la vida. Soy la esencia del deseo. Mis muslos son la promesa de la vida, el augurio de una existencia lúbrica. Mi espalda moteada, desnuda al Sol, una tentación. Mi abdomen, en el que se puede ver una definida, pero femenina, musculatura es la mentira, el velo de fragilidad; la trampa. La criatura a mis pies ya lo sabe.

Todo cae a mis pies. Cuando se trata de hambre, les permito levantarse cuando han terminado; cuando es sed sólo uno vuelve a levantarse. Siempre soy yo.

K.