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viernes, 12 de febrero de 2010

Incómodas negociaciones

- En nuestro camino a la montaña – dijo Tarik – podríamos hablar con el unicornio. Siempre ofreció la posibilidad de que resucitásemos a los nuestros.
La miré. Lorien sabe que nadie quería resucitarlos más que yo, que era la causante de sus muertes, y que amaba a una de ellos. Pero los precios eran intolerables salvo causa mayor, no podía ser tan egoísta como para jugar con el destino de todos por un interés personal. No sería adecuado.
- Hablaremos con él – consentí -, pero no aceptaremos tratos en los que el pueblo salga perdiendo de ninguna manera.
- Una mujer entrenada es mucho más productiva que unos cuantos niños – afirmó ella dispuesta a hacerme cambiar de parecer.
- Díselo a sus madres, Tarik.

No insistió más. Estaba claro que lo hacía por mí, para que yo me sintiera bien, y si bien se lo agradecía, era perfectamente consciente de lo que debía hacer. Por mucho que me doliese.

El camino era algo más lento de lo esperable y todos los que sabían algo de disimular huellas iban guiando a los menos entendidos en la materia, o en la retaguardia borrando los deslices. Siempre quedaba un rastro, evidentemente, pero el asunto era dificultar al máximo el posible seguimiento de los elfos negros. Y, el segundo día, el Espíritu del Bosque apareció ante nosotros.
«Buenos días, chupasangres», nos dijo a los cottar, ignorando completamente a los elfos que nos acompañaban.
Tarik y él hablaron sobre las razones de nuestro viaje, sobre nuestros problemas.
«Conozco perfectamente vuestros problemas y sus posibles soluciones. Y vosotros sabéis que sólo dependen de vosotros».
- ¿Qué quieres a cambio? - le pregunté.

La historia de siempre. Quería sacrificios de inocentes. Aquel cuadrúpedo mal nacido estaba obsesionado con la sangre de los recién nacidos, de los que aún no se habían equivocado, de quienes no habían hecho mal a nadie. Todos los ritualistas coincidían en que era una sangre poderosa, pero exigir sacrificios constantes era un precio que no estaba dispuesta a pagar, sobre todo con los problemas de natalidad de mi especie, que hacía que además del valor de la vida del niño, hubiera que tener en cuenta la dificultad de engendrar más y el peligro que suponía para nuestras hembras.
- No llegaremos a un trato en ese punto – atajé sencillamente.
«De acuerdo – planteó el unicornio dando por perdida esa opción – y qué os parece lo siguiente: ofrecedme en sacrificio la mitad de las almas de criaturas que mueran bajo vuestra mano. Una resurrección a cambio de la mitad de esas almas durante 15 años».
- ¿Y si no matásemos a nadie en ese tiempo?
«No volveríamos a negociar jamás y, desde luego, saldríais perdiendo. Además de la opción, que no convendría olvidar, de que podría tomar algún tipo de parte contra vosotros. Y nadie quiere eso».
Nadie lo quería, era un hecho.
- ¿Y por dos resurrecciones? - preguntó Tarik.
«Todas durante 20 años o la mitad durante 40».
- ¿Por qué el incremento?
«Tengo mis razones».
Tarik me miró dubitativa. No parecía importarle en absoluto el ofrecerle aquellas almas. No obstante yo era perfectamente consciente de que los brujos conjuraban a partir de las almas que sustraían de las criaturas inteligentes muertas. Si aspirábamos a volver a conseguir algo parecido no podíamos caer en nada que nos mantuviese sin ellas durante demasiado tiempo. Ya no preguntamos el precio por tres resurrecciones.
- Pensaré en ello, Espíritu del Bosque – le dije.
Y nos despedimos.

Esa noche, Nie, Ik´oo, Nissit, Luna, Tarik y yo discutimos sobre qué hacer. Salvo Tarik todos preferían resucitar a una única persona, a Ishil, la chiquilla ritualista que sería indispensable para los nuestros si esperábamos formar algo parecido a la Vieja Orden. Había varios magos y varios hechiceros, pero sólo Ishil era una ritualistas competente.
- ¿Por qué no queréis resucitar a Alai? - preguntó Tarik.
Sabía que era una pregunta velada. Al mismo tiempo se refería a todos, al conjunto de presentes; pero en concreto iba por mí. Tarik me atacaba con su pregunta, buscando recuperar la vida de su compañera de aventuras: «¿Por qué te niegas a resucitar a quien decías querer?». Era difícil explicarle que, precisamente por eso, yo no tomaría la decisión de salvarla. Nunca sería objetiva respecto a ella. «Uno ha de hacer lo que ha de hacer», me repetía evitando entrar en su juego.
- Porque no es indispensable para el pueblo – respondió Luna –. Era mi amiga y me encantaría que siguiera con nosotros, pero no antepondré mis intereses como individuo a nuestros intereses como pueblo.
Tal vez, habida cuenta de su respuesta, no fuese tan difícil de hacer. La razón parecía buena, pero a Tarik no debió de parecerle suficiente.
- Recuerda que fue ella quien envenenó a los elfos negros. ¡Es importante para nosotros!

Las sorprendidas miradas de Nie e Ik´oo, nuestras hechiceras, ante tal información no me pasaron desapercibidas. Cogí aire con tranquilidad, como si no me afectase en absoluto y me dispuse a explicarles, aunque Tarik salió ella sola del embrollo y defendió mi posición.
- No me fiaba de ellos, tras el primer ataque, así que cuando volvieron me aposté en esquinas y entre matorrales y vi que hacían rondas en torno a la casa de Aruala, probablemente intentando sacar algún tipo de información por artimañas mentales. La avisé a ella e incluso hablé con uno de ellos que quería ser rescatado por nosotros – ante las confundidas miradas de las hechiceras, explicó –. Ellos iban a atacarnos. Él me informó de cómo sería y de cómo lo reconocería a él llegado el momento. Eso nos permitiría reaccionar a tiempo y a él ser salvado de la, probablemente, brutal matanza, gracias a su información, de los de su especie si se llegaba a algo más.

A pesar de ponerse todos los datos sobre la mesa, por gran mayoría – todos menos Tarik – se decidió resucitar solamente a uno de ellos, a Ishil la ritualista. Acepté la decisión del grupo sin interponer una sola protesta. Era evidente que todos conocían mis deseos y bastante habían conseguido con evitar hacer referencias a ellos, pero yo no me aproveché de esto.
- ¿Qué haremos con Ber? - pregunté.
Aquí, en cambio, la respuesta fue unánime. Ber era indispensable para nosotros, o lo sería cuando nuestras hembras se pusiesen a parir; lo necesitábamos y había que traerlo de vuelta.


Aquella misma noche, Tarik vino a hablar conmigo. Se la veía reacia a abandonar el tema sin haber jugado todas sus cartas.
- ¿Por qué no le ofrecemos un trato como individuos al Espíritu?
- Hay que pensar en muchas otras cosas, Tarik.
- Joder, Aruala, pero tú la quieres. ¿¡Qué importan unas cuantas almas!?
- No es algo que pueda decidir yo sola, ¿no lo entiendes? Un buen rey no es el que decide solo y para él, sin tener en cuenta los deseos de su pueblo.
Nos quedamos en silencio un rato. Un largo rato.
- Una buena amante no deja a su amor a su suertye mientras todavía le quedan cartas.
Y se levantó y se fue.
A solas, sus palabras dolían más de lo que cabía imaginar.