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jueves, 11 de febrero de 2010

El Tirador

Seguía a los demás Asaltantes. Tenía el pulso acelerado, casi desbocado. Decidió dejar la manipulación nerviosa para cuando estuviera metido en harina. No era un dato demasiado conocido porque muy poca gente tenía acceso a los Neuroimplantes Controladores, pero a pesar de lo útil que podía resultar su uso, la extenuación física, y sobre todo anímica, subsiguiente sólo podían ser evitadas en completa calma. Es decir, el esfuerzo tenía que haber terminado antes de que se pasase el efecto del Control Forzado.

Julio había sido tirador de élite en los Ejércitos Imperiales de los Núcleos, condecorado por sus méritos en la revuelta de 3.6.5, en la que había salido victorioso, al mando de un puñado de hombres, contra los grupos guerrilleros contraimperialistas. No obstante, de poco valieron sus chapas y medallas, su traje lleno de enseñas, sus diplomas y su entrega. Los héroes de unos eran los villanos de otros. Nunca supo quién, nunca supo cómo; pero el Mariscal Piter se reunió con él en persona. «Siento que ésta sea la situación – le había dicho – pero son tiempos difíciles y el cambio de gobierno en los planetas de los Núcleos extrarradio de 3.6 te deja en una posición comprometida». Los perros del Imperio eran abandonados cuando dejaban de ser útiles, cuando dejaban de ser necesarios. Ahora debían tener un gesto bonito con los nuevos gobernantes de 3.6; así que él, y otros como él, recibieron un ultimátum. «Podéis partir hacia el exilio, cambiar de identidades e ir con vuestras familias a un planeta extrarradio al otro lado de los Núcleos y empezar de cero, o podéis desaparecer con honores y que la posición de vuestra familia no se toque». Aquella fue la decisión: ¿hundes tu familia o desapareces del mapa?

No sabía cuál había sido la tendencia general, pero como héroe de guerra, la posición de su familia era alta, su mujer y sus dos hijos - altos, fuertes y rubios como él -, se permitían todos los lujos que un habitante de los Núcleos Centrales podían permitirse. Muchos, muchos lujos. Él mismo se había financiado los Neuroimplantes, aunque por su profesión y riesgos, el ejército había pagado un 60% de la operación y del entrenamiento posteriores.

Evitó pensar demasiado en la despedida, en las lágrimas de su hijo pequeño. Ya era un hombre. No debería haber llorado su marcha.

- Julio, cojones – gruñó Roberto – estate atento, que vas con la mirada perdida...
- Estoy atento, señor – contestó con voz indiferente y sin vacilar.

Roberto le dirigió una mirada fría y dura. Julio no pudo evitar pensar en la promesa de que irían con buenas referencias y se les asignaría en una de las mejores naves de los Círculos Exteriores. No sabía cuáles serían las mejores naves, pero una cosa sí tenía clara: ésta no era una de ellas. Además, el líder de los Asaltantes, en su opinión, era un inútil y un paleto. No pudo evitar preguntarse por qué lo habrían mandado allí, era un tema que los condenados no solían tratar.

- Señor – dijo el Explorador, una chica bajita y fibrosa – Tobías dice que deberemos entrar en los conductos, que desde fuera no se puede hacer más.
- Joder... - gruñó Roberto ligeramente alterado.

Como cada vez que se enfrentaban a un Ello, Julio trazó con su mano derecha el círculo que representaba la perfección y pluralidad de los dioses y murmuró los nombres de sus hijos y el de su mujer. Si moría, que ellos fuesen lo último en lo que había pensado.