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miércoles, 10 de febrero de 2010

El soldado

En la sala de ocio, Roberto echaba tres cartas y zanjaba el duelo. Sonreía dichoso. Siempre ganaba a Duelistas. Casi siempre, al menos. A falta de algo mejor, los objetos más interesantes se acababan semanas después de pasar por el Nexo, se apostaban horas de guardia. Y él se había desecho de dos guardias y un cuarto. Era un día provechoso.
- Deberíamos cambiar de juego – dijo Alicia, la copiloto de a bordo, harta de perder duelo tras duelo
- Joder, tía, tampoco es que tengamos muchos más juegos. La próxima vez que paremos en Nexo ya sabes, usa tus encantos femeninos para conseguir uno nuevo...
Alicia miró con odio a su compañero de mesa.
- Podemos vender tu polla como afrodisíaco para los que vienen de los núcleos 13.14.
- Yo te juego una – dijo el capellán, cambiando de tema e intentando quitar hierro al asunto.
- Uf, no sé, tío, los dioses están contigo. Eso se parece un huevo a hacer trampas, ¿va?
- Oh, un hombre tan curtido y bravo como tú tiene miedo de este hombre dedicado al estudio y a la vida contemplativa. Ya sabía yo que tanto chute de esteroides tenía sus problemas.
- Bueno, venga, va. Una. Una, ¿eh?
- ¿Y qué nos jugamos?
- Si gano yo, me da una dosis de esas sustancias que utilizáis para alcanzar vuestro estado de máxima concentración.
- Si gano yo, en cambio, te...

Y entonces volvió la voz metalizada de Tobías: «capitana, parece que uno de los conductos... se cae a pedazos. No sé qué coño le pasa». Y todos los jugadores dejaron sus cartas en la mesa y prestaron atención al comunicador en el que se seguía la conversación. «Insinúa usted la presencia de un ello», preguntó la voz de la capitana. «Sí, capitana», respondió el mecánico.

En la sala de ocio, el silencio no duró más que un instante. Pronto Roberto empezó a dar órdenes a sus hombres. En la nave mandaba Virginia, era un hecho, pero durante el desarrollo de una misión fuera de ella o en caso de Ello dentro de la nave, se ocupaba él.
- Alicia, a la cabina; que el piloto no esté solo, por lo que pueda pasar. Capellán, con la capitana, tal vez le venga bien tu información. Vosotros tres – dijo señalando a su técnico, a su tirador y a su explorador -, conmigo.
Y, dicho esto, accionó el comunicador.
- Tobías, informa de la situación.
E, impotente, rezó a unos dioses en los que nunca había creído. «Espero que no tengamos que entrar en los conductos, allí no dispondremos de nuestra ventaja numérica. ¡Joder, putos Ello!»