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martes, 2 de febrero de 2010

El pasajero

Los pasillos parecían cada vez más oscuros, más angostos. El silencio de nuestro miedo hacía más tétrico el sonido de los motores y de los sistemas de aireación. ¿Y si había algo al otro lado? ¿Algo oculto, de sangre hirviente y deseos de devorarnos? ¿Por qué no iba a pasar? Era sabido por todos que había sido el destino final de otras naves como la nuestra, naves de servicio de la Milicia de Círculo Externo. Aquellos respiradores eran demasiado amplios y el sistema los condensaba y aquellas micropartículas de agua casi congeladas eran suficiente para muchas criaturas del espacio profundo. No se gastaba demasiado en nosotros y nadie se quejaba, no teníamos voz ni voto; nuestra existencia no valía nada y el servicio en la Milicia, la defensa del Círculo Interno y de los Núcleos era lo único que nos permitía seguir vivos.

Nadie sabía decir si era nuestro propior terror o realmente se había empezado a oír un nuevo sonido, un ruido borboteante y maldito al otro lado de las rendijas, que se propagaba de pasillo en pasillo como un eco diabólico. Nos mirábamos unos a otros con miedo y tristeza. Todos éramos reos, condenados a muerte a los que nos habían dado la opción de servir en la Milicia de Círculo Externo y habíamos aceptado. Hoy, con aquel ruido que podía ser por un fallo de presión en el motor, por un problema de calentamiento del aire, por un percance mecánico o tal vez, sólo tal vez, por la presencia de un pasajero más a bordo; uno que no nos perdonaría la vida como había hecho el sistema humano, añorábamos más que nunca nuestras viejas vidas, nuestros hogares, nuestras familias y odiábamos más que nunca el momento en que todo cambió. El momento en que pecamos, en el que nos equivocamos.

Fuera lo que fuese, ya estábamos sentenciados, perdidos y olvidados para siempre.