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martes, 23 de febrero de 2010

El Capellán

«Lo ha cortado como si fuera de mantequilla» - sonó la voz de Virginia.
- Tal vez nuestras armaduras aguanten más – comentó Roberto con tono dubitativo.
«No creo que esto sea cosa de durezas» - negó Tobías - «tal vez...»
- Tal vez ¿qué?
«No, olvidadlo. No sé...» Tobías dudaba, como todos los demás.
- Cualquier idea puede ser bien recibida, joder. Si se os ocurre algo, decidlo – respondió Roberto con tono hosco.
- Con la facilidad que tiene para atravesar nuestro equipo... ¿por qué no ha atravesado la nave de parte a parte y ha terminado con nosotros? - preguntó Julio.
Se hizo un silencio repentino cuando todos reflexionaron sobre las implicaciones de esta apreciación. Los otros tres Asaltantes se quedaron callados.
- Deberíamos preguntar al médico, seguro que se le ocurre algo.


Desde que habían perdido contacto visual con el Ello, todos estaban un poco nerviocos, inquietos por el temor más natural a lo desconocido. Por lo que sabían, nada le impedía atravesar las paredes metálicas y alcanzarlos, pero no lo hacía. Esperaba, sí. ¿Por o para qué lo hacía? Mientras Álvaro, el médico, meditaba qué responder a la pregunta que acababan de formularle, la criatura estaba a tan solo unas decenas de metros, oculto tras tubos, cables y planchas.
- ¿Y bien? ¿Qué opinas? - preguntó Marta, la explorador.
- No creo que los Ello hayan empezado a experimentar, de repente, con nosotros – respondió Álvaro encogiéndose de hombros –. Si no ha acabado ya con nosotros, es porque no puede. Por lo demás – añadió cubriéndose las espaldas – habría que hacer más pruebas antes de arriesgarse a definir certeramente la situación.
- No necesitamos una tesis al respecto, coño – respondió Roberto – sólo lo justo y necesario para librarnos de él.
- Quizá podamos destruir las hojas con un impacto de fuerza suficiente en su parte plana.
Todos se giraron para ver al capellán que estaba en la puerta, con su rostro nervioso y sus ojos brillantes.
- ¿A tiros? - preguntó Marta.
- Por ejemplo – respondió él.
Roberto pareció evaluar los riesgos durante un instante.
- Bueno, Julio, ya sabes. No parece especialmente rápido, pero no quiero que te pongas en más peligro del necesario. No te acerques más de lo debido y tranquilidad.
- Pero son blancos muy pequeños y está dentro de la nave. ¿Y si una bala perdida...? - empezó a preguntar el médico.
- Un arma de proyectiles de mano no penetrará las planchas de una nave E – apuntó el Risitas.
El Tirador pareció dudar.
- Venga, mamonazo, que se te dejó vivir para eso, ¿no? - lo cortó Roberto.

El tirador, con calma, se colocó un fusil DR-12 al hombro y quitó el seguro de su pistola. Miró a los demás una última vez. Ellos asintieron. Si alguien actuaba solo contra un Ello, solía producirse una despedida y, dado que Julio no hablaba mucho, aquella breve mirada, probablemente, era su forma de hacerlo. Trazó un círculo con la mano libre, invocando la protección de los dioses y accedió a los conductos.


El capellán miró a todos los presentes: 3 Asaltantes y el médico. Los ordenadores empezaban a reproducir lo que veía Julio, porque él lo deseaba.
«Los implantes son algo extraño y que debería tenerse mucho más en cuenta» - pensó el religioso. Manipularse artificialmente estaba a la orden del día, todo el que podía permitírselo lo hacía. Ya nadie respetaba La Obra y se hacían todas las modificaciones posibles. Recordó una de las críticas de Roberto, que no venía de una clase alta, cuando llegó Julio: «empezaron poniéndose tetas y acabaron sustituyendo sus cerebros por un programa informático». No es que realmente hubiera sido así, pero La Obra sólo debería alterarse por razones indispensables. Pero no, porque los ricos siempre querrían diferenciarse de los pobres, ahora que se había vencido el hambre y se habían extinguido casi todas las enfermedades en los Núcleos, había que buscar una nueva distinción: sí, la moda entre los ricos era sobrehumanizarse.

El capellán suspiró, echó mano a sus bolsillos y comprobó que se había dejado las píldoras en la habitación. Las píldoras eran un preparado de plantas relajante y focalizante. A muchos niveles permitían hacer sin alterar La Obra lo mismo que algunos implantes.
«Si La Orden estuviera dispuesta a compartir la receta...» - pensó con tristeza.
Luego observó, como los demás, la pantalla en la que aquella misteriosa criatura empezaba a vislumbrarse otra vez.