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jueves, 25 de febrero de 2010

Cuerpos

Nos dirigimos de nuevo hacia la Gran Montaña. Ber no parecía demasiado contento de seguirnos, su desprecio y rencor por nuestras acciones era palpable. Caminamos hasta caer la noche y dormirmos haciendo guardias. Nissit cargaba con el cadáver la mayor parte del tiempo, aunque algunos de los elfos se lo fueron turnando para darle descanso. Y así, el segundo día, a últimas horas de la tarde, cuando empezaba a anochecer, fuimos interrumpidos por un flechazo en un árbol. Nos cubrimos, Luna conjuró tan rápido como pudo y nos señaló las posiciones. Parecía que los elfos negros todavía no asimilaban nuestras dotes mentales. Nos defendimos rápido y bien. Fue un éxito: tres heridos suyos, ninguno nuestro. Los atamos, eran dos macho y una hembra. Nissit me miró un instante con sonrisa pícara mientras le hacía unas ataduras a uno de los machos drow. Yo hice lo propio con la hembra y luego con el otro. Estaba claro que Nissit pensaba en que ahora disponíamos de un mejor cuerpo para Ishil. Seguía siendo drow, cierto, pero al menos se trataba de una hembra.

- Ber no puede saberlo – dijo Nissit por la noche.

- Nunca lo aprobaría – añadió Luna.

Era cierto, Ber tenía que mantenerse al margen de todo esto.


Caminamos parte del tercer día, hasta que nos detuvimos para alimentarnos y entonces, con la guardia baja, el macho se soltó y cogió a uno de los elfos por la espalda. Le puso un cuchillo al cuello y apoyó su espalda contra un árbol. Todo esto pasó en una medida de tiempo casi inapreciable.

- ¿Y bien? - pregunté mirando a mis compañeros.

- Sólo quiere huir – contestó Ber traduciendo la ceceante voz.

Nissit pareció meditar un rato.

- Estamos bastante lejos de su pueblo, tardará, al menos, un par de días en llegar y otros tantos en volver. Dejadlo huir.

Lo cierto es que no todos lo veíamos tan claro, pero, finalmente, tras que Ber dialogase con él, lo dejamos marchar. Y, ya en completa calma, transcurrieron el resto del día y gran parte del día siguiente hasta que llegamos a una de las hendiduras de acceso. Ber llevaba protestando horas de viaje: «aquí ya no crece nada», «¿me queréis decir de qué se van a alimentar los animales aquí?», «os habréis dado cuenta de que no hay vida aquí y de que necesitamos sangre, ¿verdad?».


Los champiñones luminosos que alumbraban el interior de la Montaña no parecieron emocionarle en absoluto.

- Espera a ver la ciudad – le dijo Nissit – es un lugar increíble.