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martes, 9 de febrero de 2010

Adiós

Aruala:

Se sucedieron los días. La falta de noticias, totalmente lógica por la distancia hasta la ciudad, me inquietaba. «Uno ha de hacer lo que ha de hacer», me dije en un vano intento de calmarme. Tenía que comportarme como la reina cottar que se suponía que era.

Y bien entrada la mañana del día 91 tras el despertar, volvieron Tarik, Luna y Nissit. No traían buenas noticias. La misión había fracasado, el grupo había caído. Sólo Ber seguía vivo por el buen trato que les había mostrado desde el principio que había permitido que no desconfiasen de él.
- ¿Cómo murieron? - pregunté.
Luna y Nissit se miraron un instante, Tarik sin muchas vacilaciones, informó:
- Todo fue transmitido por otros seres que se comunicaban directamente en nuestras mentes. Detectaron a los nuestros, el uso de magia era evidente - dijo. Y tras meditar un poco cómo proseguir la frase, concluyó tajante -: los localizaron con esa magia y se comunicaron con ellos. Hasta que nos comunicaron sus respectivas muertes.
- ¿Por qué sabéis que se podía confiar en ellos?
- Bueno... - comenzó Luna un poco intimidada por lo hosco de mi tono - nuestras lecturas mentales no indicaban lo contrario. Y... las respuestas que nos transmitían eran muy... propias de los implicados...
- ¿Cómo fue? - no veía en qué modo podía haber fallado el plan. ¿Acaso Óxios no tenía poder suficiente para salvaguardarlos de un sondeo mental?
- Aruala... Óxios sólo se protegió a sí mismo. A partir de ahí, el plan se cayó a pedazos por sí solo - dijo Luna casi intimidada.
- ¡Es imposible! - estallé con furia -. El ritual de invisibilidad de Ishil debería haber permitido que saliesen de allí con vida, aun habiendo sido sondeadas y aunque no les hubiera dado tiempo a envenenado el acuífero.
- Alai abandonó a Ishil... y ésta fue capturada. Tal vez... la mataron sin darle tiempo a reaccionar. Nuestra información no es tan precisa - dijo Tarik con voz vacilante -, pero sabemos que Alai llegó a envenenar las reservas de agua - entonces, hizo una nueva pausa para dejarme añadir algo. Ante mi silencio, hizo la pregunta qué se guardaba -: ¿cuál fue el veneno?
- Niño Silencioso.
Nadie dijo nada al respecto. El Niño Silencioso era el veneno que se usaba en Tilangibén cuando no se podía permitir la más mínima posibilidad de error. Era exageradamente caro, pero nada sobrevivía a su efecto si no se tomaba el antídoto un par de minutos antes que el veneno.


Estaba claro el porqué de mi ira, a qué venía mi frustración. Me había jugado varias de mis mejores piezas y a mi propia amante en una misión para asegurarme el éxito y había fallado. Todo había fallado. Y ahora tres cadáveres y un cottar vivo metido en las profundidades de la población drow daban vueltas acusadoras en mi cabeza. «Lo he perdido todo».

Me quedé en profundo silencio analizando la situación y conteniendo el torrente de sentimientos. No sabía qué hacer, no tenía la menor idea. Estaba confundida y asustada, pero no podía sucumbir en presencia de otros y lo sabía. Me contuve y mantuve un gesto calmado.
- Aruala - dijo Tarik interrumpiendo mi forzada concentración -. Estos seres nos hablaron de otro pueblo de nuestra gente. Al suroeste.
Durante un instante tuve el deseo de ordenar a mi pueblo marchar hacia el oeste. De llevarlos hasta allí y dejar el gobierno a cargo de quién mandase allí. Desentenderme de todo y volver a mis plantas, a mis jardines; pero no pude evitar fijarme en que, probablemente, los elfos negros se tomarían su venganza o lo intentarían. Si los habían capturado apenas habría muertos entre sus habitantes, y ahora querrían sangre. No tenía ningún derecho a llevar la guerra a otro pueblo más.
- Hablaremos con los elfos y decidiremos qué hacer. Cuanto antes. Ve a hablar con Elendir y dile que esperamos, por nuestra información psíquica un ataque masivo de los elfos negros. Que ellos decidan qué van a hacer.
- ¿Qué haremos nosotros?
- Dependerá ligeramente de su decisión, y de si aportan algo en lo que no haya caído.


Mientras Elendir y los suyos discutían sus próximos pasos, me ausenté de mis obligaciones, de los míos, y me fui a casa de Alai. Si hubiese muerto entre nosotros, habría bebido su sangre y le habría prendido fuego al cuerpo como mandaba la tradición. Pero no había nada allí, sólo la información, la terrible noticia. Sentí los ojos ligeramente húmedos cuando reuní hojas secas y ramas y prendí fuego al jardín. A su jardín. Contemplé llorando cómo las llamas devoraban las plantas. Era una despedida, mi forma de despedirme. La había llegado a querer en aquel breve intervalo de tiempo que habíamos compartido y había agradecido su apoyo. La había enviado a un lugar peligroso y, por ello, por mi orden y sus obligaciones, había muerto. Sentía las mejillas y los ojos mojados, las fosas respiratorias irritadas por el humo.
- ¿Estás bien? - preguntó la voz de Luna a mi espalda.
No me di la vuelta, no quería que me viera así. Ella esperó un minuto de cortesía y se acercó a mí. Me miró. Mantuve la vista en las llamas, en el adiós.
- Joo... no llores Aruala - su voz era tímida y triste. Frustrada por no saber cómo ayudarme, tal vez por la certeza de que no podía hacerlo. No lo sé. Pero su petición me hizo sentir mucho peor. Me costaba respirar por causa de las lágrimas y del humor, ella se acercó y me abrazó. Y lloré sobre su hombro. «Lo siento, Alai. Supongo que no era un plan tan seguro como había pensado. Lo siento. Lo siento».




Ese mismo día, tras enviar un pájaro a Ber - a la ciudad de los elfos negros - con una nota escrita en cottar, los elfos y los cottar abandonábamos nuestra ciudad y nos dirigíamos hacia la Gran Montaá, hacia aquella misteriosa ciudad que el Espíritu del Bosque había dicho que ya estaba allí antes de que él hubiera nacido. Mi rostro volvía a ser la impávida máscara que debe ser la de un gobernante cottar. No podía ser de otra manera. Sólo Luna había visto mi flaqueza y mi estabilidad ya dependía de su silencio.