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martes, 19 de enero de 2010

Luces y sombras

Tarik:

Disponía de un par de días antes de que se dispusiese la exploración de las alcantarillas, así que aquella tarde me dirigí al bosque. Acampé allí, al este de la ciudad, en calma, a sabiendas de que vendría el unicornio. No tardó mucho, se acercó lentamente, como paseando, como si estuviera por la zona desde mucho antes de que yo llegase.
«Hombre, vieja tullida, ¿cómo te encuentras».
- Perfectamente - le respondí con una mala mirada.
«¿Ya hay muchas embarazadas en el pueblo?».
- Alguna hay.
«¿No les empieza a hervir la sangre por el miedo? ¿A creer que dar unos cuantos niños al pobre Espíritu del Bosque no es un precio tan alto?».
- No lo sé, no soy una de ellas.
Me miró durante unos instantes sin añadir nada y, pasado un tiempo, empezó a hablar... bueno, a comunicarse de su extraña manera, sobre una ciudad antiquísima, en la Gran Montaña en el centro del continente.
«Esa ciudad, Tarik, es anterior a mí; anterior al bosque. Un bastión inexpugnable levantado sobre la roca misma de la Montaña donde nada crece. ¿No te pica la curiosidad?»
Claro que me picaba la curiosidad, a mí ese era el tipo de cosas que me gustaba. Pero no supe qué contestarle, más allá de un "sí" o un "no". Todavía meditaba mi respuesta cuando volvió a comunicarse.
«Alguien se acerca hacia aquí, será una nueva luz en vuestro pueblo».
- ¿Qué quieres decir?
«Lo sabrás perfectamente en cuanto lo veas».

No mentía, no. No tardó demasido en aparecer entre los árboles. Una figura enorme, algo más grande que los mayores cottar y mucho más ancha. Era enorme e iba desnuda. Una criatura bípeda y tremendamente musculada cuyos brazos acababan en unos no especialmente estilizados y cuya piel, toda ella, irradiaba una luz blanca, no demasiado brillante pero, desde luego, llamativa. De hecho, la blancura de su piel y la luz que irradiaba le hacía parecer estar compuesto sólo de luces. Aparte, con un mínimo contraste se distinguían unas protuberancias óseas por todo el cuerpo, sobre todo en la cabeza, la espalda, rodillas y codos.

Ambos nos enseñamos las desnudas palmas de nuestras manos aunque él pareció examinar la diferencia entre mis dos brazos, aunque no pareció mostrar demasiado recelo. Por gestos le pregunté de dónde venía y pareció contestar que 12 días hacia el este. En el suelo, dibujando con una garra que salió repentinamente de entre sus dedos, hizo un pequeño esquema de lo que se había encontrado hasta aquí. Me señaló a mí, hizo una cruz; se señaló a sí mismo, dibujó un círculo; y luego fue haciendo dibujos más complicados en el espacio que nos separaba. No mucho más complicados, aunque se reconocían rasgos en sus dibujos.

Dormimos allí y a la mañana siguiente nos dirigimos al pueblo, al que llegamos un poco después del mediodía. El unicornio se separó de nosotros en la frontera del bosque.
«Ya volverás - se rió».

La gente nos miraba por las calles, probablemente yo fuera considerada la rara del lugar, pero estaba claro que la criatura que venía conmigo resultaba mucho más llamativa. Su luz captaba las miradas que no se esforzaban ni una pizca en disimular su asombro. Cuando me encontré con Alai hizo una pequeña reverencia en honor al desnudo ser brillante y me dijo.
- ¿Y esto?
- Me lo encontré en el bosque. Parece pacífico.
- Deberías llevarlo junto a Aruala, supongo.
Al final fuimos las dos, seguidas de aquel extraño ser.

La conversación con Aruala no fue ningún prodigio de tacto. Ella recelaba de los nuevos tras ver lo que había pasado con los drow, no quería problemas y estaba claro que aquella criatura podía llevarse a varios por delante antes de que pudiéramos detenerla.
- Pero Aruala - dijo Alai - si parece completamente tranquila y pacífica.
- ¿Y si se desboca lo detendrás tú, verdad? - preguntó en tono hosco nuestra reina.
Alai tensó la mandíbula y enfrió su mirada.

De todos modos, para no enfadar a la criatura, hizo preparar una casa para él y mandó que Alai lo acompañase hasta allí. A mí me hizo quedarme y habló conmigo. Le conté cómo lo había encontrado y cómo había compartido sueño con él sin que hubiera surgido ningún problema. No teníamos, insistí, ninguna razón para sospechar de él.

No sé cómo sucedió el resto ni cómo hacía Ber para hablar tantos idiomas todos tan extraños, pero resultó hablar el idioma de aquellas criaturas, que al parecer se llamaba Oblos y tras una larga charla nos dijo que dejásemos dormir al pobre, que había hecho un viaje muy largo y que no había nada de que preocuparse; que estábamos ante una especie increíblemente noble y leal. Unos buenos aliados, sentenció.

Me fui a la torre. Estaba descansando cuando entró Aruala para hablar con Odom, hablaban sobre qué hacer respecto a la nueva especie que había encontrado. Bajé para hablar con ellos y fue cuando les hablé sobre la ciudad en ruinas. Me miraron expectantes, la idea de una ciudad lejos de todo y considerada inexpugnable era interesante para todos.
- Cuando acabemos de explorar esto y midamos nuestras posibilidades, meditaré esa opción, Tarik - dijo Aruala.
- Tal vez entonces sea tarde.
- Tal vez sea tarde ya, es imposible saberlo. Desde aquí estamos a varios días de viaje, tenlo en cuenta. Tras todo lo que ha pasado, tras los drow que nos atacaron cobijados por la noche, tras quedar tan patente nuestra vulnerabilidad prefiero conocer esto como la palma de mi mano. Aunque sea, sólo, por la posibilidad de tener que regresar en algún momento y tener que tomar el lugar. La información es poder, Tarik. Prefiero dejar atado esto primero. Así de simple.

Su tono no admitía réplica. Estaba agobiada, la presión la iba venciendo y cada vez parecía un poco más frustrada, más enfadada. Un cottar nunca dejaría a los suyos por un motivo egoísta y ella seguía manteniendo su barco a flote como podía: ella, una jardinera hacía lo que podía por liderarnos como debería hacer un rey, un político, un militar; alguien preparado para ello. No creo que nadie la culpase por sus agobios.

Cuando se fue, Odom y yo nos despedimos también y nos fuimos a dormir. Aruala no salió en dirección a su casa.