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miércoles, 13 de enero de 2010

Los deberes del cargo

Era la segunda mañana después de las votaciones. El primer día no había sucedido nada, ni un sólo cambio salvo las peticiones de Ber, pero aquella misma mañana me di cuenta de que todo había cambiado de forma irremediable. Era reina, era cottar y tenía que cargar con ello. Un cottar nunca se rinde, nunca deja tirado a su pueblo. Me levanté temprano y eché un ojo a la lista de plantas: calmantes, anestésicos, vasoconstrictores, vasodilatadores y demás. Plantas típicas de nuestros fantásticos jardines cubrirían perfectamente aquellas peticiones. Seguro que por los alrededores había cosas parecidas, pero me llevaría tiempo hacer todas las pruebas necesarias. Me quedé sentada en aquella miserable cama y cerré un instante los ojos.

Volví a abrirlos cuando oí que llamaban insistentemente a la puerta, la luz me hizo parpadear con rapidez varias veces. Debían de haber pasado horas. Maldije por lo bajo y me dirigí apresurada hacia la puerta.
- Buenos días, Alai - dije al verla.
- Buenos sean. ¿Qué tal?
- Bien, bien, ¿qué pasó?
- ¿Estás bien?
- Claro, claro... bueno, trabajo pendiente - sonreí -. Cuéntame.
- Creo que sería una buena idea colocar trampas por la ciudad, unas tramas que sólo nosotros y los elfos sepamos dónde están. Por... por si vuelve a pasar algo como lo de los drow.
- Oh, bueno, pasa y hablamos de ello.
Ella sonrió al pasar. Nos sentamos junto a la mesa y ella desplegó una hoja en la que había trazado un plano, bastante grande y en apariencia preciso de la ciudad. Señaló las trampas que había colocadas como meras marquitas en el papel y me explicó pormenorizadamente qué se le ocurría para abarcar trampas que afectasen incluso a bestias de gran tamaño. Yo asentía, sorprendida. En realidad no tenía la más mínima idea de cómo funcionaría todo aquello.
- Lo meditaré - le dije con una sonrisa tranquilizadora -. Todavía queda mucho por hacer, pero tendré esto en mente.
- Pues bueno - me contestó - marcho que tengo que repasar un poco de Ñarjar que he quedado en darle clases a Luna.
- Ten un buen día.
- Tú también.
Y se fue.

Examiné el mapa con detenimiento, tenía claro que colocase o no colocase trampas, aquel mapa sería útil para estructurar la ciudad y planificar su desarrollo llegado el momento. Aunque tal vez mis ojos ya no vieran tal cosa. «A ver qué dicen los años al respecto». Eché un último vistazo a la lista de plantas y resoplé, me apetecía tanto hacer experimentos con plantas. «Una reina ha de hacer lo que tiene que hacer», pensé mientras salía hacia el hospital.

- Ber, quiero que eches un ojo a esto.
- ¿De qué se trata?
Y en una de las mesas del hospital desplegué el mapa.
- ¡Coño, un mapa de la ciudad! - exclamó sorprendido. Luego, pensándolo mejor, añadió -. Disculpe por...
- No pasa nada, soy una más. No ha cambiado más.
- Sí, alteza.
Omití el comentario y pasé a explicar el asunto.
- Esto, efectivamente, es un mapa de la ciudad y diría que bastante fidedigno - Ber asentía a mis palabras -, y estas marcas de aquí y de aquí son trampas.
- ¿Trampas?
- Por si vuelve a haber problemas, como con la incursión drow.
- Pero - Ber parecía estar ligeramente molesto - se habló y se arregló. El malentendido fue comprensible, vieron a Tarik con un brazo extraño con garras cargando con un elfo moribundo y... ¡normal que pensasen mal de nosotros!
- Ésa no es la cuestión - intenté arreglar diplomáticamente - quiero decir que es la demostración de que la ciudad necesita algo más de protección.
- Pues ve a hablar con Odom, que es el guerrero y es el que entenderá de estas cosas - contestó, no sé si con ánimo de ayudar o de dejar el tema.
Lo miré un instante, él parecía decidido a no decir nada más al respecto.
- Que tengas un buen día, Ber.
- ¡Oh, espera! - musitó de repente -. ¿Sabías que Luna podría sernos útil? - fue ante mi mirada interrogante cuando aclaró -: Podría aumentar la fertilidad de las mujeres y... bueno, eso sería fantástico para el pueblo.
- Hablaré con ella después - le prometí. Y ya parecía mucho más alegre. Ber era un hombre de preferencias claras, quería una población creciente y la quería cuanto antes, por mucho que hubiera suavizado su postura ante el pueblo.

Fui a hablar con Luna, dando un pequeño rodeo hasta la torre y le comenté lo que me había dicho Ber.
- ¿Puedes hacerlo?
- Sí, claro, es un...
- Ber quiere que se lo hagas a las personas a las que les interese; ya sabes, para mejorar la situación del pueblo.
- ¡Claro! - sonrió.
Era buena muchacha esta Luna.
- Muchas gracias, Luna; siento haberte interrumpido, pero no imaginas la cantidad de cosas que tengo que hacer ahora.
- Puedo suponerlo - contestó todavía con una sonrisa -, no te preocupes y haz lo que tengas que hacer. Eres la reina.
Qué feliz estaba, yo de aquella todavía seguía en la inopia acerca de su aventura con Nissit.

En la torre me encontré a Tarik.
- Aruala, mira, que tengo un par de cosas que pedirte.
Creo que fue el primero que vino a pedirme algo y no mostró una cortesía excesiva o recurrió a títulos innecesarios.
- Dime, Tarik.
- Quiero organizar equipos de exploración a la capital Ñarjarflag, que seguro que quedó algo y nos compensa el viaje.
- Haz llamar a Odom - le respondí.
- Pero...
- Esto también le incumbe a él. Llámalo - corté. Al poco estábamos Tarik, Odom y yo sentados en la planta baja de la torre.
Les enseñé el mapa y les expliqué la intención.
- Para hacer esto todavía más útil habría que explorar el alcantarillado y ver adónde lleva, explorar las salidas superiores y ver si alguna da a alguna de las casas importantes de la ciudad y demás.
- Organizaré un grupo entonces - dijo Odom - nos llevará días, pero todo es poco si evitamos otro numerito como el de esos orejaspicudas pintados de negro.
- Y cuando acabéis con eso - añadí - quiero que organicéis un viaje a la capital Ñarjarflag, a ver si encontráis algo. Pero no quiero que os arresguéis más de lo necesario. Si veis alguna señal de peligro, os volvéis; mejor con las manos vacías que sin manos. ¿Está claro?
- Sí, alteza - contestó Odom.
Tarik asintió en silencio.

Y volví a mi casa. Era ya media tarde y ni siquiera había comido. «Ser reina es el mal», fue mi conclusión. Comí y me acosté un momento. No encontré fuerzas para hacer nada el resto del día. Había hecho todo lo que tenía pendiente en mi día y medio como reina y me había llevado casi todo el día. Ningún cottar dejaba a los suyos jamás, no podía abandonar el puesto como si tal cosa. Era su reina y tenía que esforzarme en ser la mejor reina posible. 85 cottars lo necesitaban. Ni las escrituras más antiguas planteaban una situación tan crítica. «Mañana me ocuparé de las plantas y será un día mucho más hermoso. Más tranquilo».