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martes, 26 de enero de 2010

Los alrededores de la ciudad

Ber había abandonado las clases de magia, por lo que me había dicho Elendir en una de nuestras escasas reuniones. Aquello me interesaba, prefería gente especializada que gente ecléctica y Armus me había preguntado si tendría algo que hacer los próximos días porque Alai le había entregado los diseños de una fuente y se iba a poner a trabajar en ella. Las cosas no iban mal, no demasiado mal, desde el ataque de los drow, sacando la sensación de que todo podía suceder en cualquier momento. Todo lo malo estaba en nuestras cabezas y me escamaba, tal vez hubiera que tomar medidas antes.

A Luna se la veía a menudo con Nissit, paseaban y pasaban los días juntos. "Esto augura niños", habría dicho Ber, aunque la tensión entre Luna y él se mantenía. Siempre me pregunté por qué.

Mientras, los días transcurrrían con calma. Llevábamos ochenta desde nuestro despertar. Óxios vino a decirme que liberaba a los humanos, que lo había hablado con Ber y era lo mejor. Alai mostró su disconformidad ante esta idea: «saben dónde estamos y cómo encontrarnos - dijo». Tenía razón, pero tarde o temprano lo averiguarían de todos modos y para entonces, probablemente, fuese mejor no haber matado ni secuestrado a los suyos. Ser gobernante se parece mucho a un juego de apuestas, a uno de esos juegos de naipes con los que los militares dublios evadían sus responsabilidades. Sólo que si la apuesta sale mal, no pierdes unas monedas, pierdes unas vidas... a veces la tuya propia.
- Liberad a los humanos, han cumplido con su parte y se han comportado. No veo por qué depararles un peor trato.
- Sí, alteza - respondió Óxios.
Alai dudó más. Hizo un silencio más largo del habitual, era un mutis hostil, quería dejar claro que no le parecía bien que tomase una decisión por contentar a la gente en vez de por lo que podía resultar mejor para el pueblo. Alai, nuestra diplomática, qué poco parecía valorar a veces los sentimientos de la gente. No pude evitar recordar lo sucedido con Burhum, pero aparté rápidamente esos pensamientos de mi mente. «¿Para qué molestarse ahora?».
- Sí, alteza - respondió finalmente.

Luego me quedé sola. Me alimenté frugalmente y me tiré en el sofá. No tardaron mucho en venir otra vez. El ruido de la puerta llamó mi atención y me levanté rápidamente.
- Hola - dijo Tarik.
- Hola, Tarik, ¿qué pasó? - Tarik me agradaba. Nunca usaba mi título.
- Verás - dijo ya en la puerta - quería organizar una búsqueda por la región, para ver qué materiales tenemos disponibles. Será útil para los artesanos... y muy especialmente para los herreros.
Tarik tenía razón, evidentemente.
- ¿Tú no querías ir a ver la construcción de la Gran Montaña?
- Sí..., pero creo que esto es más urgente - dijo.
- Organízala entonces.
- Gracias, Aruala.
- Es lo mejor para el pueblo.
- Así es - se despidió.

Y el día pasó sin complicaciones y fue al final del mismo cuando al fin salí de casa y me dirigí al hospital. Si quería organizar una expedición a la Gran Montaña necesitaba otro médico, era evidente. Un médico con unos cuantos conceptos para atender las cosas del día a día.
- Ber - le dije en cuanto lo vi - necesito que prepares a un nuevo médico.
- ¿Cómo, alteza?
- Otro médico, que cojas un aprendiz; quiero organizar un viaje a la Gran Montaña y necesitaremos dos médicos, uno en el grupo y otro en la ciudad. Es así de sencillo. Recordemos qué pasó en la primera expedición a la zona.
- Oh, claro, alteza. ¿Algún candidato?
- Escógelo tú, no cojas a nadie con ocupaciones clave, por supuesto. Del resto, el que más capacitado veas.
- Sí, alteza. Iré mañana por la mañana.
- Me encanta lo práctico y rápido que resulta discutir algo con usted, Ber.
Ber asintió.
- El placer es mío.

Nos despedimos y volví a mi casa. Alai llamó bastante tiempo después, cuando iba a acostarme.
- Oh, ya no te esperaba.
- Bueno, hemos llegado tarde. Fui con Tarik y Luna de exploración a ver qué había por los alrededores...
- ¿Y qué había? - le pregunté abriéndole paso.
Ella entró con tranquilidad, casi con altanería y fue hablando hasta el dormitorio. Cerré la puerta y la seguí.
- Al parecer nos encontramos sobre una inmensa intrusión de granogrís y no hemos encontrado mucha más. Alguna pequeña sección de hojanegra, pero... - hizo una pausa - poca cosa.

Cuando entré en el dormitorio la vi, perfectamente desnuda. Con las ropas caídas a sus pies.
- Ahorremos preámbulos, mañana habrá que madrugar - dijo.