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domingo, 10 de enero de 2010

Libros, besos, líderes.

Alai:

 Avancé en compañía de aquel soldado, que resultó llamar Suevan, durante todo el día. Las cloacas formaban una malla de pasillos rectos, perfecta e increíblemente rectos. Por aquellos tranquilos y silenciosos pasillos sólo se escuchaba, y muy de vez en cuando, el rápido movimiento de las ratas. Caminamos en dirección sur durante todo el día hasta que no pudimos más y, para no haber tirado el tiempo, nos detuvimos allí y pasamos la noche. Al día siguiente, según nos levantamos seguimos caminando por el mismo pasillo y en un par de horas salimos a la luz. Allí hacía más calor, bastante más, era notable y se veía el destello plateado de un río. Miré a Suevan y sonreí satisfecha. Era algo así lo que quería encontrar. Y al este, subiendo el río se veía una impresionante torre de enormes puertas que irradiaba una magia evidente.
- Ve a avisar a los demás, y trae a Óxios, lo quiero aquí para entrar en la torre.
- ¿Y si te pasa algo?
- Sé defenderme - le dije tajantemente - y si nos encontramos con alguien, mejor yo que soy la diplomática que tú. Venga, venga, corre.
Y sin mayores discusiones, Suevan deshizo aceleradamente el camino.

Aquella misma noche en mi duermevela oí pasos. Suaves pasos, me moví aterida como estaba porque, sola, no me había atrevido a encender una hoguera. Desde mi escondrijo los vi, eran aquellos gnomos negros a los que Kshandra había destrozado en nuestro primer encuentro. Permanecí en silencio, escondida entre los árboles, dos se acercaron a mi zona, estaba preocupada. "Ellos no, ellos no...". Y, cuando estaban ya bastante cerca uno cayó muerto, el otro se dio la vuelta y una flecha le atravesó el pecho. Se oyeron gritos entre los restantes y en cuestión de segundos no quedaba ninguno en pie. Y uno de aquellos arqueros se adelantó hasta mí y me tendió la mano. Tenían la piel atezada y el pelo negro y ensortijado. "Joder", pensé, "son estos". Dejé que me ayudase a levantarme y ya de pie me di cuenta de que me llegaban a la altura del pecho y que todos, insisto, todos, lo contemplaban sorprendidos. Me incomodó un poco que me mirasen tan descaradamente. Cuando uno de ellos consiguió liberarse del aparente embrujo que les producían mis pechos, señaló la torre. Intenté explicarles que había magia allí, pero cuando un par de ellos empezaron a caminar hacia allí me di cuenta de que no había transmitido lo que yo quería. Observé, de todos modos, qué sucedía. Mi sorpresa fue pareja a la suya cuando una criatura de madera, piedra y metal salió por aquella enorme puerto. Debía de medir como dos cottar de alto y de pesar como cuatro. Aquellas criaturas de pelo negro y ensortijado se asustaron y volvieron junto al resto del grupo, el gólem volvió al interior de la torre.

Intenté comunicarles que volvía a mi ciudad, con los mios. Nos despedimos y me interné en los túneles, me escondí en ellos y, un tiempo después, más que prudencial, los vi sobrepasar mi posición. Siguieron en línea recta igual que habíamos hecho Suevan y yo en sentido contrario.

Pasó todo ese día, el que había empezado con el caminar suave y ágil de los gnomos negros y amaneció otro más. Y esa mañana Óxios, Suevan y un pequeño grupo de guerreros llevaban a los cuatro humanos y a dos muy heridos cargados en camillas de tela.
- ¿Y esta gente? - me preguntó Suevan.
- Me encontraron y ayudaron, pero no conseguí disuadirlos de ir hacia la ciudad.

Salimos de nuevo al lado del río y Óxios contempló la torre con una sonrisa y se dirigió hacia allí.
- Es peligroso - le dije -, ten cuidado.
- Soy el mago, esto es lo mío - respondió con una sonrisa contenta.
Al igual que pasó con los humanos, el enorme gólem salió a la puerta y gritó algo con una voz que sonaba como el chocar de los peñascos.
- En realidad soy un Ñarjarflag - dijo Óxios muy seguro de sí mismo - sólo tengo esta forma para investigar cómo es esta especie que ahora nos sirve.
El gólem nos examinó y señaló a los humanos.
- Intentaron entrar en nuestra ciudad y... - Óxios pareció replantearse lo que iba a decir - y tuvimos que impedir su entrada.
En realidad no sé si Óxios conjuró algo de forma subrepticia pero me sorprendió la facilidad con la que convenció al gólem. Dentro de la torre había docenas de gruesos libros, uno era de la flora local y pregunté si podía quedármelo, Óxios le dirigió una mirada desinteresada y musitó un casi despectivo "todo tuyo". y Óxios, contra todos los consejos que le di, decidió llevar a los humanos hasta la capital cargando con los libros.
- Puede ser peligroso - le dije una vez fuera de la torre, luego sabrán dónde estamos.
- Siempre podemos eliminarlos cuando dejen de ser útiles.

Y aquella frase tan fría y, a muchos niveles, tan poco cottar me hizo ver a Óxios con otros ojos. Era mago, yo lo sabía, entendía su apego por los libros y su interés en llevarlos, pero no me gustaba aquella actitud y, supongo, este fue el momento en el que Óxios empezó a no caerme demasiado bien.


Dos días después llegamos a nuestra ciudad, el viaje se había terminado. Tras separarme del resto del grupo, proveché para lavarme con el agua cercana y fui a ver a Aruala. Estaba en su jardín con Alain, el artista. Sentí la insidiosa mordedura de los celos y me plantee irme, pero justo en ese momento ella me vio y me saludó. Le devolví el saludo y me dirigí al jardín para mantener las apariencias de calmada. Estábamos los tres formando un triángulo de vértices bastante próximos.
- Hola - me dijo Aruala.
- Hola - contesté a ambos -, en una torre encontré esto y... pensé que podría serte útil.
Aruala lo contempló con mirada ilusionada y, para mi sorpresa, se inclinó hacia mí y me beso. Sentí su lengua en mis labios, fue un beso fugaz pero sincero. Le devolví el beso y la abracé. Alain se dio la vuelta para darnos intimidad. Parecía que, al fin, mis acciones habían servido de algo.

Mientras, en algún lugar, según me enteraría después, Luna se entregaba a su pasión con Nissit. Fue la primera de todos nosotras, de las que un día colaboraríamos en la Orden Negra que tuvo una relación seria, sin precaución de ningún tipo. Con posibilidad de engendrar descendencia, nunca lo habría esperado, la verdad.

Esa misma noche tuvieron lugar las votaciones. Se necesitaron tres vueltas y, finalmente, Aruala, que prefería no ser nada, fue nombrada nueva reina de los cottar. El elfo, elegido en primera vuelta, fue Elendir. Ellos lo tenían mucho más claro que nosotros. Y así, con líderes elegidos, amaneció un nuevo día.