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viernes, 8 de enero de 2010

La autopsia

Ber:

Tomé ciertas consideraciones antes de realizar la autopsia. Entre otras cosas, llamé a Kshandra y le ofrecí comerse a Burhum. Se mostró, tal y como yo esperaba, dispuesta y contenta. Luego, con ella delante, hice la autopsia. Burhum, era un hombre musculoso y de esqueleto recio, me costó serrarlo, pero la tensión muscular lo abrió para mí como una flor al Sol. Mi gesto de sorpresa debió ser enorme, tenía los órganos descolocados, sus puntos vitales estaban situados en lugares donde no se suele atacar; las conductos estaban mucho menos enroscados que en un cuerpo normal posibilitando esa anómala colocación. La mano de un cirujano experto se adivinaba en aquel rompecabezas visceral, Kshandra se mostraba casi igual de interesada que yo, sin mostrar la menor repulsa o incomodidad ante el olor de las tripas llenas de desechos, ante la - según tantos - horrible visión de un cadáver abierto, ante el presenciar como las manos movían el interior o comprobaban su tacto. Fue su hígado el que me reveló más sobre su muerte, estaba gravemente dañado; tal vez una sustancia tóxica que había participado como intrusa en la formación de bilis, tal vez una que intentó ser depurada sin éxito. No tenía la menor idea de qué era lo que tenía ante mí, pero la existencia de una causa ajena era más que evidente.
- Es tuyo, Kshandra, pero no te recomiendo el hígado.
- Gracias, Ber - respondió sin gran ceremonia - pero me temo que, viniendo de él, me quedaré con su fuerte corazón de guerrero.

Cuando terminó, se fue. Amortajé el cuerpo preparándolo para su ritual mortuorio (que se llevaría a cabo con más espero que los de las víctimas de los drow) y se lo hice llevar a Nuala. Era evidente que la incineración de Burhum sería presenciada por mucha gente, era un acontecimiento notable. Yo no fui. Me aseguré de que en la plaza se congregaba bastante gente y me dirigí a casa de Aruala para ver las plantas que tenía en el jardín. Ella estaba dentro, en la casa, lo cual no me sorprendía en absoluto: era mi principal sospechosa, a pesar de los escasos precedentes de cottar actuando contra sus congéneres. Cogí muestras de distintas plantas y me fui a casa de Burhum en busca de animales muertos. Tal vez alguien se hubiera molestado en limpiar el lugar, demostrando ya el asesinato, aunque dificultad las averiguaciones. Estábamos en un mundo nuevo, el envenenamiento podía haber sido accidental. Odiaba tener que hacer estas cosas fuera de mi rutina, pero alguien tenía que hacerlas y no había nadie mejor preparado que yo para ello, era parte de mi deber para con el pueblo. En su casa, tras mucho rebuscar encontré una nutria de cola plumosa, una de las primeras criaturas que habíamos visto en aquel lugar. La cogí y me dirigí al hospital otra vez. En la plaza se estaba terminando la ceremonia, el cadáver era ya un amasijo ceniciento, Nuala lloraba, pidiendo una oración. Caras tristes se entregaban a una silenciosa fe, a un callado rezo. Entré en el hospital y abrí la pseudonutria, estaba seca; habían ingerido demasiada sangre, se había muerto por insuficiencia circulatoria.

- ¿Necesitas ayuda? - preguntó Alai. No la había oído entrar.
- No, tranquila, muerto Burhum sólo tengo al drow. Y a la nutria - añadí señalando al animal abierto sobre la mesa -. ¿Podrías tirarla al salir?
- Luna dijo que...
- Creo más probable que ella lo envenenase a que tuviera una visión, Alai - zanjé -. Siempre son a posteriori.
- Ésta fue a priori.
- Pues la próxima vez que lo diga antes - se translucía demasiado que Luna no me caía bien, pero no me importaba demasiado.
- ¿Cuando despertará el drow? - preguntó Alai cambiando educadamente de tema.
- En 2 ó 3 días.
- Creo que deberíamos ir al pueblo drow...
- Que lo decida el rey cuando sea elegido.

El resto del día pasó sin mayores percances. Ya no salí más del hospital. Al día siguiente fui de nuevo a casa de Aruala para coger adormidera y un miaullador e intentaría moverle los órganos, aquella técnica parecía realmente interesante y tenía que aprender a dominarla. ¿Se haría con todos los guerreros de palacio? ¿Se haría con los brujos? Cuando con la caída del Sol apareció Nissit en el hospital y me pidió analgésicos orales, me sentí sorprendido. No me gustaba que interrumpiesen mis experimentos.
- ¿Para qué? ¿Qué pasó?
- Los necesito para... para doncellas - explicó con voz ligeramente tímida, aunque luego con un guiño y una sonrisa pícaros matizó -: para desdoncellar, de hecho.
Al fin alguien tomaba partida en beneficio de la especie. Cogí muchas dosis de las que tenía por el hospital y se las di.
- Desdoncéllalas a todas - le sonreí.


Al fin, al fin parecía que empezaban a tomárselo en serio. Necesitábamos niños, sangre; y pronto necesitaríamos manos que colaborasen. Quedábamos 83 tras el fatídico malentendido con los drow.