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jueves, 28 de enero de 2010

El regreso de los elfos negros

Tras que Tarik me despertase decidí que era absurdo volver a acostarme, me acerqué a mi jardín y llamé con un impulso mental a uno de los roedores que había por allí. Bebí un trago de su sangre, sería suficiente para calmar mi hambre un rato; con más lo mataría, y lo volví a posar en el suelo. Dejé que el Sol naciente me empapase de luz. Me lavé usando ciertas plantas jugosas de olor agradable, a la costumbre de las zonas de secano de Tilangibén, me vestí y salí a buscar a Alai.

Cuando llamé a su puerta tuve que esperar un rato para que abriese, se la veía cansada y recién despertada.
- Hola, Alai, siento molestar.
- No pasa nada, no molestas - contestó en tono agradable.
- Necesito el mapa de vuestra exploración.
- Es poco más que un boceto... es muy aproximado, el ritmo de camino no creo que haya sido homogéneo y...
- Alai, no pasa nada; tranquila.
Se encogió de hombros, me dejó en la puerta y volvió con su mapa.
- Toma, tiene algunas anotaciones de otras cosas curiosas que nos encontrábamos.
- Muchas gracias, Alai.
Ella sonrió y me hizo una muy ligera y educada reverencia.


A lo largo de ese día estuve discutiendo con Ber y con Odom sobre cómo podíamos enfocar la extracción de los materiales encontrados. Finalmente decidimos enfocar primero nuestros esfuerzos a la obtención de brillogrís pesado, que era lo que usábamos en el viejo reino para hacer armas. Para ello, escogimos a un grupo de 10 varones fuertes y preparados y los enviamos a la zona. Nadie puso la más mínima queja. Nissit, uno de los elegidos, fue a despedirse de Luna, a pasar su última noche en un tiempo con ella ya que partirían a la mañana siguiente, al alba.


***


Un día después de su marcha, llegaron ellos. Un grupo de 25 elfos negros, pertrechados para el combate. Llegaron a la luz del día, envolviendo protectoramente a unas cuantas figuras que caminaban en el centro de la formación. El hombre que comandaba la comitiva vestía un peto trabajado de cuero negro y llevaba dos cimitarras similares a las de las criaturas serpentíneas. Ber, dado que era el único que hablaba su idioma, salió a recibirlos y, después de una conversación, hizo las presentaciones pertinentes. El capitán, aquel era su título, era un tal Urzo y venía protegiendo a una clériga y sus dos aprendices, quienes se quedarían en la ciudad, como muestra de la alianza y buen trato de su reino hacia el nuestro. Con ellas, por lo que pudiera pasar, se quedarían también dos de sus hombres.

La comitiva se mostró muy cordial en todo momento, ofrecieron compartir sus rituales con nosotros; aquella horrible oscuridad con la que nos habían envuelto en su primer ataque y otro más. Con ese regalo, que sería de muy mala educación rechazar, ganaban tiempo y pretexto para que se quedase toda la comitiva, y así, la formación al completo pasaría uno o dos días en la ciudad. Aquello no me gustaba un ápice. Necesitaba una contramedida; ellos nos habían atacado antes, y no podía evitar pensar que venían a estudiar la ciudad, ver sus defensas, sus trampas; ver dónde estaban las cabezas importantes, y cortarlas todas a una. No. No los quería allí, pero no había forma educada de conseguir tal cosa.

Pensé mucho aquella tarde, mientras ellos se paseaban por nuestras calles. ¿Cómo detenerlos sin llamar la atención? ¿O, ya puestos a llamarla, cómo mermarlos tanto que no pudieran reaccionar en condiciones? Y entonces decidí qué íbamos a hacer. A posteriori sólo puedo pensar "que Lorien me perdone", pero en aquel momento me parecía una fantástica idea.

Hice llamar a Alai y le comenté mi idea.
- Quiero organizar una comitiva a las tierras de los drow. La formaréis: tú, Ber, Óxios e Ishil.
- ¿Y esa curiosa formación?
- Ber será necesario, es el único que conoce su idioma; los demás podréis aprender alguna que otra cosa, pero él será el que hable con ellos. Es evidente. Eso también jugará en nuestro favor.
- ¿En qué estás pensando?
- Te informaré en otro momento de los pormenores del plan. Ve a avisar al resto del grupo.