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lunes, 21 de diciembre de 2009

Y entonces se hizo el silencio.

- ¿Cómo rompiste tu promesa? - preguntó el del incisivo roto.

- Uno va conociendo gente - comenzó el viajero -. Una mujer sigue a otra, como las hormigas. Al principio parecen entidades sin valor concreto. Sólo pasean, desfilan ante la mirada; a veces te hablan, a veces te saludan, a veces te son dadas sin remilgos. Unas veces paseas con ellas, otras veces las abres de piernas, pero en general no hay nada más allá. Pero entonces aparece una que parece especial, de hecho... te convence firmemente de ello: "eres especial", te dices con una sonrisa bobalicona. Y ya no hay promesa que valga. Toda mano tiene ansias si el tesoro parece suficientemente tentador - el hombre hizo una pausa para toser -.

- Siempre hay una - se rió uno de los presentes.

- Siempre la hay. Ésa es la primera promesa, la fe en esa idea nos traiciona, nos captura... nos somete. El tiempo acaba con la fe, desde luego. La mata y la entierra. "Todo se cura con el tiempo", dicen. Y es innegable. Cuando uno ha vivido lo suficiente, sabe que no hay nada más que lo que puede ver o tocar. Y a veces, de hecho, algo que pudimos tocar o ver en un determinado momento, desaparece. Tal vez durante unos instantes, durante un parpadeo; tal vez para siempre. Y si desaparece para siempre... - el viajero negó con la cabeza - entonces tiene tan poca valía como la fe en algo que nunca existió. ¿Qué sabéis vosotros de magia?

- Bueno... algo sobre artilugios y demás. En el templo hay una fuente con agua que cura...

El viajero se rió sonoramente. Casi rozando la mala educación.

- La magia, amigos míos, se fue muriendo mientras locos insensatos como yo la violábamos a diario. La magia era una zorra atada a cuatro postes y la gente como yo la torturamos hasta acabar con ella. ¿Cómo pensar que podía terminarse? Aquel bello manantial blancoazulado parecía eterno e infinito y, sin embargo lo secamos - su voz se fue apagando -. No dejamos nada. Agonizó hasta que se quedó en silencio, en completo silencio; y tras el último holocausto, cuando vuestros ancestros fueron arrojados en esta tierra sin nombre, los que eran como yo no tenían nada ya. Nada salvo aquello que habían guardado en objetos. Fue el fin de nuestra época, de nuestro reinado. Pasamos de ser dioses a ser unas criaturas asustadas, unos mendigos que en nuestra soledad revivíamos el brillo de otros tiempos ya pasados.

- ¿De verdad eres... eras un mago? - preguntó el rubio.

- Supongo que lo sigo siendo. Un viejo mago en un lugar en el que ya no puede sacar gran provecho de su actual arte. La magia es una mujer, uno le dedica su vida, sus atenciones... uno le da su alma, y un día ella desaparece, sin tu vida y sin tu alma.

- Pero aprendiste a vivir sin mujeres, ¿no? Eso decías. Son como hormigas que pasean - se rió el tabernero.

- Supongo que sí - sonrió -, pero he de admitir que una buena cerveza y un público agradable, siempre lo hace más llevadero.

El ambiente en el lugar se volvía de mayor camaradería. Eran otros los que ahora contaban sus aventuras y desventuras con mujeres. El viajero escuchaba y aportaba algún que otro comentario mostrando un interés que estaba muy lejos de sentir.