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sábado, 5 de diciembre de 2009

Ñarjarflag

Al día siguiente se despertó Luna. Había dejado de estar fuera de peligro, pero fue increíblemente sorprendente que recuperase la consciencia tan pronto. En realidad, he de decir, tan pronto cerró los ojos, abandonó el mundo de los conscientes otra vez, pero, así y todo, fue increíble que se tratase de una hembra tan fuerte.

Según se despertó, la oí musitar y me acerqué a ella. Pese a la sorpresa, le dije que le vendría bien comer algo, así que cogí a uno de los animales que los cazadores se dedicaban a recoger y cuidar, lo sedé y se lo ofrecí. Ella mordió y la dulce sangre humedeció su boca y alimentó su garganta seca, pues inconsciente era muy difícil darle de comer y, prácticamente, solo conseguíamos que subsistiera.

- Pensé que me odiabas – dijo finalmente, con una voz destrozada.

- Tengo que ayudar a la gente aunque sea idiota – la corté. Hacía aquello porque era mi obligación, nada más.

Y fue ese día, en algún momento que no consigo situar con certeza, cuando Tarik se personó en el hospital y me preguntó muy excitada:

- ¿Y si intentamos levantar a uno de los muertos del lugar? Para intentar hablar con ellos, digo. Siempre podríamos intentar averiguar cosas, si hay algo en esta ciudad, si tenían otras poblaciones cerca…

Con lo que sabíamos entre todos de ritualística, escogimos los materiales que más apropiados nos parecían y comenzamos a dar forma al mana en el sótano del hospital. Y desde los huesos que teníamos se levantó una criatura de nada, una criatura de luces y sombras. Ahora llegaba el segundo problema, comunicarnos con él.

Basé mis intentos comunicativos en gestos, en los más evidentes que se me ocurrieron. Examinaba sus reacciones y sus contestaciones. Intenté forzarlo a expresar ciertas palabras como «sí» y «no». Lo cierto es que, en conclusión, su idioma era terriblemente afirmativo… positivo incluso. Costó horrores sacarle un mísero «no», y cuando lo dijo se mostró nervioso e incómodo, como si hubiera blasfemado o dicho algo obsceno. Hablé con él hasta caer extenuado. No conocía la duración del efecto sortílego del ritual y quería aprovechar al máximo el tiempo del que dispusiera. Dormí muy poco, y al abrir los ojos, el cuerpo de luz y sombra seguía allí, me levanté casi de un salto y con ayuda del Ñarjarflag resucitado, que así se llamaba su especie, redacté un alfabeto. Por suerte, la escritura estaba muy basada en su lengua oral: los caracteres eran claros y no tenían distintas pronunciaciones para cada uno, ni distintos caracteres para el mismo sonido. Lo cierto es que de un momento a otro, los Ñarjarflag pasaron a caerme muchísimo mejor.

Hablé con él hasta que el efecto concluyó, tras una duración de casi día y medio. «Qué maravilla, todo ha ido a pedir de boca – pensé inocentemente».