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martes, 22 de diciembre de 2009

Las visiones de Luna

Luna:

Estaba en otro mundo, en otro lugar. Estaba más allá de mi cuerpo, más allá de mi realidad. Vivía en varios mundos a la vez, o uno a continuación de otro. No lo sé. Tal vez pasaban horas o días entre visión y visión, tal vez no. Siempre tuve visiones, muchas veces pasajes crípticos de significado ambiguo y metafórica compleja, y, muy pocas veces, claras y definidas. En este lugar, que todos decían que estaba lejos de nuestros dioses, veía mejor. Mucho mejor. Vi a individuos de muy diversas especies sentados a una mesa de contornos extraños, como representando una tierra cortada por el mar. Había 3 de cada especie, se iban cambiando las sillas y de vez en cuando alguno se iba, o era expulsado de la mesa. De la sala. En el cuerpo de un soldado, a Nissit, un hermoso cottar del nuevo pueblo, correr desnudo, Burhum lo perseguía conmigo por los jardines del palacio de la vieja capital. Fui un elfo siguiendo con mi extraña percepción de los colores a Tarik, en una ciudad enterrada iluminada sólo por el brillo de las llamas de cientos de mágicas antorchas, cuando, de pronto, un ruido de cascotes se acercó moviéndose, precipitándose. Yo misma vi a Alai siendo acusada de asesina en el centro de una  plaza mientras ella lo negaba todo. Fui Kshandra corriendo por el bosque, sintiendo el azote de las ramas en mi musculoso cuerpo, seguía siendo ella cuando arrastró a uno de los nuestros hacia la espesura, después de dejarlo medio inconsciente; todavía murmuraba cuando le abría el abdomen y empezaba a devorarlo. Me vi en mi propio cuerpo, en lo alto de una montaña; tanto yo como los que me rodeaban vestían de cuero negro con detalles en brillante metal, todos estábamos armados y desde nuestra posición privilegiada se contemplaba un mundo en guerra, una guerra que sentía como ajena.

Cuando abrí los ojos, cuando abrí mis ojos, mis verdaderos ojos; cuando en el mundo que todos consideran real abrí los ojos, vi un techo oscuro. La luz del Sol entraba por alguna ventana situada en un lateral.  Miré a mi alrededor. Llamé en voz alta, mi voz se entrecortaba por el largo tiempo de silencio. Ber se acercó desde una sala al lado.
- Hombre, Luna. Despierta del todo. Ya tardabas…
- Necesito… ver a Alai.
Ber frunció los labios.
- Alain, por favor, ve a buscarla – le pidió.
Alain salió tras dirigirme un breve gesto de despedida.

Ber me dejó sola, justo hasta que llegó Alai.
- ¡Estás en peligro, Alai! – fue todo cuanto conseguí decirle antes de que Ber se acercarse a curiosear.  Lo miré casi furiosa –. ¿Podrías dejarnos a solas, por favor?
Pero Ber no se marchó, se quedó allí, indiferente a mi pregunta. No quería decirle qué había visto sobre ella, no quería que nadie más lo supiese, así que empecé con otras visiones.
- En… bueno, en este tiempo, fui Kshandra. Kshandra mató y devoró a uno de los nuestros en uno de esos repugnantes procesos de los hechiceros. Lo sacó del campamento y allí…
- ¿Nos vas a hablar de cosas que ya todos sabemos?
- También vi a Tarik, desde los ojos de un elfo. Exploraba una ciudad subterránea en ruinas y…
- Sí, acaba de contarlo hace media hora escasa, seguramente lo oíste mientras estabas en cama y ahora intentas lucirte con cuentos sobre visiones – zanjó Ber con escepticismo.
- Y yo no estoy en peligro – comentó Alai, poniéndose del doctor.
- Ber, por favor, ¿puedes dejarnos a solas?
Y Ber, encogiéndose de hombros, salió de la sala. Y cuando me aseguré de que se había alejado, le conté a Alai lo que había visto sobre ella.
- Deberíamos contárselo a Ber – dijo.
- No… Ber pensaría que soy yo, que quiero matarlo en mi subconsciente. Y si finalmente muriese… ¡dioses!
- Vale, vale. No le diré nada. A ver, ¿cómo lo mataban?
- Lo envenenaban.
- Yo lo vigilaré – dijo Alai – yo me ocuparé de su comida.
- Si consiguen envenenarlo de todos modos, serías culpable indudable a todos los ojos.
Alai cogió aire, entre preocupada y frustrada.
- Voy a buscarlo.
Y así, volví a quedarme sola. Cuando volvió estaba todavía más preocupada.
- ¡No está! – me dijo sin mayor presentación –. Al parecer ha ido de caza.
- Ve a buscar a Tarik, ella te ayudará a encontrarlo. Se supone que vivía de eso, es exploradora.
- ¿Ha vuelto?
- Sí, eso dijo Ber, ¿no te acuerdas? Cuando comenté lo de los sueños.
Era normal que Alai no hubiera pensado en eso de entrada, la presión se cernía ávidamente sobre ella. Pensé que ya podría descansar durante el resto del día, pero me sorprendieron un rato después, cuando Alai entró acompañada de Tarik.
- ¿Y bien? – preguntó Tarik, bastante demacrada, mirándome.
- ¿A qué te refieres?
- A tus… adivinaciones o lo que sean.
- Tengo visiones – le dije.
Ella asintió sin gran ceremonia y yo conté mi visión una vez más.
- Deberíamos ser más para encontrarlo – suspiró.
- ¿Úlvien, por ejemplo? – colaboró Alai.
- Y Kshandra, sobre todo Kshandra. Ella tiene el bosque como hogar, es la clase de persona que necesitamos.
Y esta vez sí, me dejaron reposar tranquilamente en la cama. Tenía ganas de levantarme, pero al mismo tiempo me sentía increíblemente débil, con ganas de dormir de verdad, y no de aquel sueño torpe en el que había pasado un tiempo del que no me habían informado.

Alai:

Fui a preguntar a Úlvien y a Kshandra mientras Tarik preparaba algunas cosas. Acababa de llegar de su viaje, estaba cansada y herida; me sabía mal hacerle ir, pero necesitaba ayuda. Y rápido.
- Úlvien, ¿vienes al bosque conmigo? Tengo que encontrar a Burhum.
- Tengo clase de magia.
- ¡Importante!
Úlvien suspiró.
- Intentaré. Depende de Elendir.

Mi conversación con Kshandra, según Tarik la importante del asunto, fue más fructífera. Aunque no me gustó el cómo. Estaba sentada en el suelo con los ojos cerrados.
- Voy a ir al bosque y Tarik me dijo que te pidiese ayuda – comencé en voz baja.
- Estoy en tiempo de reflexión – me dijo con voz distante.
- ¿Y cuándo termina?
- En un rato. ¿Para qué me necesitáis?
- Para encontrar a Burhum.
- ¿Se ha perdido uno de los vuestros? – su voz sonó, de repente, mucho más cercana, abrió los ojos y se levantó.
- ¿Y ese interés?
Ella sonrió.
- Ahora somos aliados.

Úlvien, por órdenes de Elendir, no pudo venir. Salimos Tarik, Kshandra y yo, ellas dos se echaron al bosque casi sin vacilar.
- Es un varón pesado, seguramente éstas sean las huellas – dijo Kshandra.
A mí me parecía imposible distinguir nada sobre aquella maraña verde, pero ellas parecían coincidir y avanzábamos a buen paso; a mucho mejor paso de lo que esperaba, de hecho. Cuando nos había alejado un par de kilómetros de la ciudad, Tarik nos miró y dijo que no podía más, que se sentía mal.
- Parece que Kshandra puede seguir el rastro sola, lo siento mucho Alai. Necesito dormir, dormir en calma y sin esperar un ataque. Perder a mi compañero fue suficiente acción por unos días.
La miré sorprendida, que el elfo hubiera muerto era algo que yo no sabía.
- Lo siento, Tarik.
- Nadie dijo que explorar fuese seguro – sonrió.
Y con esas palabras puso rumbo a la ciudad, seguramente a su torre.

Kshandra y yo seguimos caminando hasta encontrar, finalmente, a Burhum. Kshandra se quedó a distancia prudente para permitirnos hablar con cierta privacidad.
- Vuelve – le dije – Luna te ha visto morir envenenado en sueños.
-¡Oh! – sonrió Burhum - ¿y ahora tengo que preocuparme de cada sueño paranoico?
- Luna tiene visiones – le dije empezando a molestarme. Encima de que venía hasta aquí preocupada por él, ¿se permitía el lujo de frivolizar?
- Ella tiene visiones y… te vio muerto por envenenamiento.
- ¿Y cómo sé que no vienes aquí a hablar conmigo intentando cubrirte las espaldas, maestra de venenos?

En ese momento me superó mi enfado. Me di la vuelta y eché a andar hacia la ciudad, desandando el camino. Kshandra echó a caminar a mi lado, en silencio respetuoso. Fue bastante después, a poco de la ciudad, cuando me cogió de un hombro y me dijo:
- No dejes ver tu enfado por perder a Aruala. Sólo juega en tu contra.
No fui capaz de responderle nada, me di la vuelta y seguí caminando en dirección a mi casa. Kshandra me dio unos metros de ventaja y ya no se molestó en alcanzarme. Sabía que tenía razón, pero no me hacía sentir menos triste. Cuando llegué a mi jardín hice una selección de diversas flores, algunas plantas sin flor para el cuerpo y monté un vistoso centro de flores para Aruala. Puede que hubiera estropeado la posibilidad de algo más, pero, desde luego, prefería tenerla como aliada que como enemiga.