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martes, 1 de diciembre de 2009

La negociación

Tarik:

Me dirigí a la casa de Úlvien nada más llegar a la ciudad. Sólo me importaba recuperar el brazo. El mago elfo me vio entrar y fijó la mirada en el brazo que portaba, lo examinó con detenimiento y luego me miró.

- Brazo más largo y pesado que tuyo – dijo en tono crítico, en un cottar muy forzado y extraño –. Problemas.

- ¿Puedes ponérmelo? Mis problemas serán míos.

El elfo se encogió de hombros.

- Hiérvelo. Limpio más bueno. Mañana conjuro.

Salí de allí mucho más contenta y fui hasta el bosque, a buscar al unicornio. Increíblemente, estaba por allí.

- ¿Tú por aquí?

«Sólo estoy donde debo estar».

- ¿Debes estar aquí?

«Os vine siguiendo desde la montaña, casi todo el camino, y esperé un tiempo de rigor. Nada más».

Tarik lo miró algo confundida, casi con sorpresa y, finalmente, alzó el brazo que había traído.

- Conseguí un brazo.

«Felicidades».

- Con esto y magia élfica podré volver a tener dos brazos.

El unicornio se rio.

«Me alegro, Tarik – algo en su voz sonaba terriblemente irónico y la cottar arqueó una ceja. El unicornio continuó en tono confesional –: he oído que tenéis serios problemas a la hora de dar a luz».

- Así es.

«Yo podría arreglar eso».

- ¿Sí? ¿Cómo?

«Soy un espíritu del bosque, tengo mis trucos».

- ¿Qué quieres a cambio?

- 7 sacrificios anuales.

Tarik sostuvo, impasible, su mirada.

- Lo comentaré con los demás – zanjó.

- Aquí estaré – contestó con indiferencia el unicornio.

Sobra decir que esta negociación no salió adelante. Se lo comenté a Ber y a Burhum pero no me hicieron ningún caso. Reconozco que esta oferta era dura para una especie como la nuestra, pero el unicornio estuvo dispuesto a reducir a 3 sacrificios anuales durante los 10 primeros años y, con todo, Ber y Burhum estuvieron en contra, amparándose en el compañerismo existente entre los miembros de nuestro pueblo. No lo entendí entonces y, a decir verdad, no lo entiendo ahora. Es evidente que el entregar niños para ser sacrificados era duro, pero dados nuestros terribles problemas durante el parto, creo que lo más benigno para la aldea, para el conjunto poblacional, era haber pactado con el unicornio.

- Supongo que es mejor olvidar el tema – le dije al unicornio.

«Tal vez sí – asintió él – o tal vez deje de parecerte tal cosa cuando estés tendida, abierta de piernas intentando traer al mundo a un nuevo miembro de tu especie en un charco de sangre y recuerdes tu probabilidad de perder la vida en el intento».

- Eso ha sido desagradable – concluí tras unos instantes de duda en los que las palabras se negaron a fluir.

«Ya – y, pese a lo raro que pueda parecer, juraría que el unicornio se rió».