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lunes, 14 de diciembre de 2009

La historia más vieja del mundo

Alai:


Burhum no pudo venir. A decir verdad no tuvo mayor importancia, estaba muy cansada y me quedé dormida casi de inmediato. Me desperté mucho más despejada a primera hora de la mañana, con el ruido de los trabajos al otro lado de las paredes y con el brillo del Sol en la cara. Recordé las clases de Ñarjarflag que Ber empezaba aquel día, bajé corriendo y fui hasta el hospital. «Ya comeré después».

Había más gente de la que pensé que asistiría. Había cottares y elfos, todos sentados ordenadamente y en silencio. Ber, sentado también, esperaba a que la gente dejase de entrar. Me acomodé en uno de los sitios disponibles y esperé.

Ber empezó la clase hablando de psicolingüística, del optimismo que impregnaba la lengua de los Ñarjarflag, de qué simbolizaba aquella obscenización de las negaciones. Todo ello alternando las frases, frase en cottar, traducción en elfo, así una y otra vez:
- Su «no» es una palabra ofensiva, provocativa. Es una falta de respeto.
Primero en cottar, luego en elfo. Todo ello, sostenía, dejaba claro el carácter abierto y positivo de los de su especie.

Lo cierto es que pareció evidente desde casi el principio que muchos de los presentes no se esperaban una charla teórica sobre el Ñarjarflag, sino algo más vivo, más activo, una aproximación y unas cuantas palabras y fórmulas de aquel idioma que aprender y repetir en casa. Algunas personas se fueron levantando y marchándose de la sala según transcurría el tiempo. Y fue cuando quedábamos más o menos la mitad de los presentes iniciales cuando Ber dijo:
- Bueno, vale, ya hemos seleccionado a los que solo venían a curiosear.

Y entonces empezó la clase. Fue bastante productiva: saludos, presentaciones, agradecimientos, afirmaciones, estructuras típicas y demás. La clase acabó casi llegando al mediodía y yo me fui a dar mis clases, acompañada por Ber que iba a casa de Elendir a dar clases de magia curativa.

Mi clase fue mucho mejor de lo esperado, nadie parecía aburrirse y la distribución de conocimientos parecía resultar agradable para todos los presentes. Salí de allí, una hora después, sintiéndome realiza con mi labor docente. Y de camino a casa me encontré a Burhum
- ¡Oh! Burhum – lo llamé – ¿Tienes algo que hacer?
Me miró un instante.
- Pues no, ahora mismo no. ¿Qué pasó?
- Nada, me preguntaba si querías venir a mi casa a tomar algo.
Burhum analizó la situación un instante, sonrió y aceptó. Fuimos hablando por el camino sobre cómo iban las cosas en la ciudad, la torre de los vigías, la limpieza de las calles que más se utilizaban, el hospital, las clases (a las que él no había ido), sobre el estado de Luna, sobre las aventuras constantes de Tarik que había vuelto a desaparecer, en compañía de un elfo esta vez, buscando la antigua capital Ñarjarflag de la que, al parecer, había hablado el receptor del ritual.
- Es una cabeza loca – se rió Burhum – y bravo como el mejor de los guerreros.
- Debe de ser porque su nombre acaba en consonante – me reí.
Burhum enarcó una ceja y luego se rió conmigo.
- Nunca se me había ocurrido pensarlo. Tarik es nombre de varón, efectivamente.

En casa lo invité a uno de aquellos extraños felinos, bebimos ambos. Hablamos sobre otros cottares y acabamos hablando de Aruala.
- Todo el mundo está loco por ella – comentó Burhum.
- Es una mujer preciosa – le dije.
- Tal vez deberíamos intentar que diese un hijo a la especie – dijo con tono evidente.
- Creo que tienes menos posibilidades de llevártela a la cama que yo – le sonreí.
Él pareció dudar un instante de qué intentaba decir con aquello. Finalmente, tras reírse, sentenció:
- Tienes una apuesta.

 El animal se tambaleó cansado, exhausto por la pérdida de sangre y nosotros entramos en la casa. Seguimos hablando un rato hasta que nos empezamos a quitar las ropas. Las manos de Burhum sabían acariciar, su lengua se movía por mi pecho y mis hombros mientras sus piernas separaban las mías. Sus embestidas eran fuertes, poderosas pero controladas, sus colmillos se hundieron sobre mi clavícula y mi cuello. Burhum era tan buen amante como guerrero, de aquello no cabía duda. Me sentí un poco torpe, un poco incapaz de devolverle la satisfacción. Cuando terminamos, empecé a lamerlo en el pecho y descendía hacia el abdomen. Apenas pude creerme mi sorpresa:
- Lo siento, Alai, tengo muchas cosas que hacer…
«No cabe duda – pensé – no le ha gustado nada». Ni siquiera mis intentos por compensarlo parecieron interesarle más. Cuando se fue,  y me quedé a solas, le di vueltas al asunto y acabé enfadándome. Había estado bien, sí, pero había dejado clara su actitud de «he venido a lo que he venido». Y entonces pensé en Aruala. Me pregunté cómo se habría tomado todo lo sucedido y en si podría convencerla para que volviera a mi casa. Me vestí, me arreglé como pude y partí hacia su hogar.
Por el camino me embargaron las dudas: «¿Se habrá enfadado mucho? ¿Querrá hablar conmigo?». Cuando llamé a la puerta se disiparon mis dudas. Todas.
- Hola – le dije.
- Hola, Alai, ¿qué quieres? – preguntó con voz seca.
Dudé. ¿Cómo podía decírselo después de lo que había pasado?
- Quiero que te quedes a dormir conmigo.
Aruala me observó con rostro serio y mirada sorprendida, como si no diese crédito.
- No creo que sea apropiado – respondió dándose media vuelta.
- Pero-pero…
Y la enmohecida puerta se cerró ante mí.
«Hoy dormiré sola por el estúpido Burhum. Me ha costado a Aruala y ni siquiera… estúpido Burhum».