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miércoles, 9 de diciembre de 2009

Guitarreando otra vez

Hace mucho tiempo, con una Jackson con sabe dios cuántos años, di mis primeros rasgueos. No es que la mimase mucho, la verdad. La guitarra estaba más cascada que la voz de Sabina, la pintura estaba menos brillante que la cara de Yola Berrocal (que no es tan difícil, el plástico brilla) pero no me importaba. Tenía 6 cuerdas y funcionaba. Era todo cuanto le pedía.





Con aquella guitarra, comprada a precio nominal (5000 de las antiguas pesetas, incluyendo amplificador - que, por sí solo, ya superaba dicho precio) di mis primeros pasos. Y mis segundos pasos. Ya hacía alguna cosilla interesante, nada destacado, desde luego, pero podía tocar y entretener y tocar alguna que otra chorrada improvisada. Y me sentía cómodo con ella.

El caso es que luego, un hermano y gatos, el estado de la guitarra (sobre todo tras el hermano y los gatos) y demás, acabaron con la guitarra oculta en un rincón para la oscuridad y las arañas. Era el momento de comprar otra, sin duda alguna. Hace 4 años debería haber comprado otra, tal vez una LTD H50 preciosa que vi en una tienda por aquel entonces y que, casualidades de la vida, acabó en manos de cierta personilla. Flipante, qué casualidades se producen a veces.

Transcurrió el tiempo hasta que, de pronto, Zabu, al que apenas conocía, me ofreció tocar el bajo. Y me prestó un bajo estilo Beatles maravilloso y comodísimo de tocar, para mis costumbres guitarreras (mástil más cortito de lo normal, trastes un poco más estrechos y forma del cuerpo muy guitarril) y así, con el bajo y ensayo tras ensayo, me volvió a picar el gusanillo musical. Y, de nuevo mediación de Zabu, apareció la guitarra. Me recorrí tiendas y tiendas, y cuando tenía una idea de qué quería, él me enseñó un anuncio. La guitarra del anuncio no tenía fotos, pero no había mucho que imaginar sobre una Fender Stratocaster negra con golpeador blanco. Una Blackie de Clapton, vaya; estéticamente hablando.

Y bueno, tras informaciones varias, tras ver foto, tras ir a probarla y un largo etcétera (muy majo el vendedor, he de decir), volví con la mencionada guitarra a mi casa. Qué comodidad, qué cómodo es el mástil, qué agradables las cuerdas. Y así, de un modo u otro, guitarreo otra vez.