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viernes, 25 de diciembre de 2009

Elfos negros y muertes

Al día siguiente me desperté temprano y fui a las clases de Ber. Había enviado a Luna a su casa porque ya se encontraba mejor. Al salir de allí fui a dar mis clases de elfo-cottar y luego volví a mi casa, cogí el centro de flores y armada de valor me dirigí a casa de Aruala.
- Hola, Aruala – dije en cuanto se abrió su puerta.
- Hola – respondió, sin poder evitar fijarse en el trabajado centro - ¿Y eso? – preguntó.
- Me gustaría reparar lo que hice – le respondí tras unos instantes de duda.
- ¿Y qué hiciste? – su voz resultaba dura, casi impasible.
Dudé, ¿estaría intentando algo con esa pregunta?
- Te hice esperar cosas… y me decidí tarde. Pero ahora estoy segura de que me gustaría que…
- Ahora no, Alai. Prefiero dejar pasar un tiempo…
- Oh… claro, bueno… pues… – no tenía ni idea de qué decirle, pero le había hecho el centro, así que se lo tendí.
- Muchas gracias por las flores – me sonrió, aunque sin demasiada alegría.

Así, habida cuenta de que Aruala ya no me ayudaría con la fuente, me acerqué a la casa de Armus a ver si él estaría interesado.
- Supongo que querrás algo bonito – dijo. Y ante mi asentimiento se encogió de hombros – Habla con Alain, entonces, que es el artista.

Pero en aquel momento tenía muy pocas ganas de verlo y, yo también, preferí dejar pasar un tiempo.

Y así pasó otra noche y otro día. Un día de rutina. Sin embargo, la siguiente noche se saltó todo lo esperable. Estaba dormida cuando sonaron las campanas de alarma. El sonido era brutal, llegaba a todas las casas con potencia. Pararon después de unos cuantos toques, ahora se necesitaba silencio: fuera lo que fuese, ya estábamos avisados. Cogí un cuchillo y salí a la calle, corrí hacia la casa de Aruala. Estaba confusa, tal vez un poco inquieta, no sabía qué había fuera, pero quería ir a buscarla. Salí, fuera estaba a oscuras salvo por el brillo de algunas llamas. Caminé todo lo rápido que me permitían las piernas y los ojos hasta llegar. Llamé. La puerta se abrió de repente, Aruala sostenía un cuchillo en cada mano. Desentonaban horriblemente con su apariencia, en general más frágil, de jardinera.
- ¿Estás bien? - le pregunté.
- Sí, ¿qué ha pasado? – me preguntó, con voz entre tensa y somnolienta.
- Todavía no lo sé, pero dieron la alarma y… me preocupé por ti.
Aruala sonrió, tal vez ilusionada, tal vez cohibida. Quizá con más luz pudiera haber visto si se sonrojaba o no.
- Bueno – le dije –, si estás bien creo que iré al hospital, Ber tiene que ser protegido. Ten cuidado y…
- Iré contigo – dijo.
- No, no; no hace falta, puede… podría ser peligroso.
Ella se guardó uno de los cuchillos, salió de su casa y cerró la puerta.
- Vamos – dijo. Y fuimos.

Nos dirigimos con el máximo sigilo posible hasta el hospital y en un cruce de calles nos encontramos una figura embozada y cubierta por completo. Echó mano hacia un sable que llevaba colgado de un trabajado cinturón de cuero y en ese momento un cuchillo se le clavó en el pecho. La criatura cayó acto seguido al suelo sin emitir un solo gemido. Aruala sacó el otro cuchillo y cuando iba a felicitarla por su buena puntería, una nube negra, una maraña de oscuridad informe se tejió de pronto sobre el cuerpo caído. Cuando se disipó, el cuerpo había desaparecido.
- ¿Seguimos?
- No nos queda otra, podrían atacarnos aunque fuésemos en dirección contraria.
Y seguimos hasta que nos emboscaron.

Examinábamos cada esquina, cada sombra  de la calle, examinábamos todos los salientes y todos los entrantes para no llevarnos sorpresas. Caminábamos por el centro de la calle por si salían desde una de las casas, no contamos con que nos atacasen desde los tejados. La flecha se clavó al lado de Aruala, errada por centímetros. Yo la agarré y nos tiramos hacia los soportales intentando buscar la máxima cobertura posible. Ella cerró los ojos y se concentró en silencio. Medio minuto después un drow gritaba mientras caía desde un quinto piso. El impacto contra el suelo hizo que dejase de gritar.
Se empezaron a escuchar pasos por el tejado bajo cuyo soportal nos encontrábamos, descendían. Se habían dado cuenta de que había magia de por medio. De repente escuchamos un aullido terminado en un gorgoteo sanguinolento.  En nuestro movimiento en busca de una nueva cobertura, vimos a Tarik con su brazo con garras lleno de sangre y una de las figuras tirada en el suelo, inmóvil y perdiendo sangre por su cuello desgarrado. Quedaban otras cuatro figuras, una de ellas sostenía una daga y con la otra mano se taponaba el pecho, le habían aplicado magia pero le seguía doliendo. Las otras tres empuñaban arcos y todas tenían las mismas ropas y los mismos sables colgando de sendos cintos. Uno de los arqueros disparó una flecha que se le clavó a Tarik en un hombro, tirándola al suelo por la fuerza del impacto.
De repente, la voz de Ber se dejó oír alta y clara. Gritaba en un idioma que no habíamos oído nunca. Y las figuras dirigieron su mirada hacia él durante un instante, luego se miraron sorprendidas entre ellas y, finalmente, contestaron. Y, ante la mirada incrédula de todos, conversaron.

Según nos comentó Ber posteriormente le había pedido que dejasen de atacar, que eran un pueblo pacífico y que no querían luchar y ellos se habían disculpado y habían afirmado atacar como medida por ver a Tarik cargando con un elfo en  tan mal estado a cuestas. Una especie de confraternización entre razas élficas, pues los que nos habían atacado eran elfos negros. Ber accedió a tratar a los heridos de estos elfos en el hospital, como si fueran miembros del pueblo. Le pedí clases de su idioma y me dijo que cuando acabase con los heridos del hospital se lo pensaría, así que una vez más – como cuando Luna estuvo inconsciente – me ofrecí a ayudarle. Cuando entramos allí, no obstante, me sorprendió ver a Burhum en una cama,  pálido y con el rostro febril.
- ¿Qué le sucede? – pregunté, sabiendo perfectamente qué le pasaba. Luna no se había equivocado.
- Lo envenenaron – dijo Ber –, y no parece que el lavado de estómago haya hecho demasiado efecto. Ve  a buscar a Elendir.
Fui a buscarlo, lo acompañé hasta el hospital y fui a dormir lo que quedaba de noche. El día siguiente parecía que iba a ser movidito.


Me levanté temprano y fui hacia el hospital. Le conté a Ber cómo se había defendido Aruala, cómo había luchado y cómo había perdido un cuchillo en el proceso.
- Deberías darle uno de los suyos, seguro que le gusta - le sonreí.
- Tal vez - contestó -, tal vez.

Aruala entró poco tiempo después.
- Qué buena puntería tienes – le dijo Ber. Aruala sonrió satisfecha por el cumplido, no parecía haberle afectado en absoluto haber dejado herido de gravedad a unser inteligente y haber matado a otro –. Creo que tú le darás mejor uso que nadie – concluyó dándole un cuchillo de factura drow, perfectamente equilibrado, con una empuñadura hermosa y finamente tallada.
Ella le dio dos besos con una sonrisa ilusionada. Me dolió  ese trato tan cercano, contando lo fría que era, en general, conmigo pese a todas las atenciones que le dedicaba. Aruala, luego, habló un rato de cortesía con todos los presentes y fue a hablar con todos los demás sobre lo sucedido. Resultó ser peor de lo esperado y diversos cottar habían caído asesinados a manos de aquellos sigilosos, menudos y fibrosos elfos.
Fue al final de ese día cuando se restableció uno de ellos. Ber le preguntó por el veneno de Burhum, pero él aseguró que no habían envenenado a nadie, que todas sus muertes habían sido limpias y rápidas. No obstante, ofreció unas plantas que llevaba en una bolsita diciendo que eran su remedio para todo, su panacea. Ber las usó con Burhum confiando en ellas sus últimas posibilidades, con escaso éxito.

Tarik, que estaba siendo atendida en el hospital por el flechazo tomó parte:
- Deberíamos ir a hablar con el Espíritu del bosque – sentenció.
- ¿Para que nos pida sacrificios? – preguntó Ber con ironía –. Burhum es una sola vida, no sacrificaremos varias por él.
- Es nuestro líder, es fuerte… ¡lo necesitamos!
- Me fío más de los elfos oscuros que del Espíritu.
- ¡Estás loco! – respondió Tarik enfadada.
Tras esto, supongo que para no soportarla, Ber le dio el alta: «ya estás bien – le dijo». Tarik salió dispuesta a hablar con el espíritu, pero no llegó a comentar nada al respecto; supongo que no era una oferta aceptable.
Cerca del final de esa tarde murió Burhum. Todavía acompañaba a Ber ayudando con los enfermos cuando esto sucedió. Ber se quedó en silencio unos instantes, pensando qué hacer. Luego, retomando la calma, sonrió:
- Bueno, al menos ahora podremos hablar con él.
Lo miré inquisitiva unos instantes, lo había comprendido cuando él decidió explicarse.
- Si el ritual funcionó con el Ñarjarflag…

Hizo el ritual paso por paso, frase por frase, sin cambiar nada. Era posible que se pudiera hacer más simple o con más comodidad, pero si funcionaba era mejor no experimentar ahora. Burhum tomó una forma translúcida encima de su cuerpo muerto. Yo me mantuve al margen, Ber quería hacer tanto el ritual como las preguntas sin interrupciones, pero me esforcé en poder oír qué sucedía.
- ¿Qué te pasó, Burhum?
- Morí, Ber.
- Sí, pregunto que cómo fue, qué te pasó. ¿Quién te envenenó?
- ¿Me envenenaron?
- Sí, pondría la mano en el fuego. La extraña coloración, los mareos… todo encaja. Luego te haré la autopsia, en cualquier caso.
Burhum, bueno… aquella entidad protocorpórea de Burhum, pareció pensárselo un rato.
- No sé qué me pasó, pero investiga a Alai – le dijo –. Llevaba unos días muy arisca conmigo por razones personales.
«Joder – pensé –, lo que Luna había soñado parecía ir cumpliéndose paso por paso. ¡Si hasta intenté protegerlo, coño!».