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martes, 22 de diciembre de 2009

El señor y sus vasallos

Era difícil aceptar el tiempo que llevaban hablando. Desde que el viajero desposeído que decía ser mago había empezado a hablar, nadie había hecho el menor ademán de marcharse. Nadie tenía intención, el recién llegado había abierto la caja de los truenos y ahora la concurrencia comía de su mano. Todos habían experimentado historias similares y ahora querían un poco de esas atenciones, de esa comprensión mutua. Sentirse acogidos, respaldados por la masa y, especialmente, por aquel extraño viajero.

- Ponle otra - dijo alguien.

- No, muchas gracias, caballeros; no puedo aceptar más amabilidad.

Los lugareños lo apoyaban, lo respaldaban.

- No hay nada mejor que sentirse apoyado, comprendido - dijo el viajero con una sonrisa tierna.

- Todos vivimos las mismas vidas - dijo el tabernero -. Todo parece distinto, pero en el fondo... todo lo mismo.

El viajero se rió. El tabernero también. La sala había pasado de la desconfianza al interés, y del interés al apoyo. Todos reían, todos se miraban con ojos compinchados, aunque sólo el mago sabía que no se reían de lo mismo. Todos enarcaron una ceja dubitativa cuando el que decía ser mago sacó un reloj del bolsillo y lo dejó en la barra. Estaba finamente labrado en plata. En plata tratada con algo, pues el brillo era mucho más luminoso, más límpido. Luego, las miradas se desviaron de nuevo a sus manos, que se dirigieron a su cuello dejando ver un medallón negro como la oscuridad de la que nació todo. Aquel medallón estaba hecho de Nada primigenia.

- ¿Qué se supone que es? - preguntó el rubio.

- Todo lo que me queda - sonrió, humilde, el mago.

Nadie sintió nada. La muda onda que sólo emanó blancoazulada a ojos del mago del reloj, siendo invisible para el resto, barrió la sala. Todos estaban muertos salvo él. Ahora, sin ningún ojo espía, el mago dejó de respirar y se guardó el reloj de nuevo. Cogió el medallón y dijo unas palabras. Los cuerpos bulleron un instante casi imperceptible con aquel color del mana puro y se levantaron deseosos de seguir al viajero.

- Puede que los magos matásemos a aquella zorra - dijo con una sonrisa -, pero todos nos aseguramos de hacerle un par de hijos primero.

Su sonrisa se había vuelto terrible, eterna. En su rostro ahora cadavérico se marcaban los blancos rasgos de una limpia calavera. El esquelético viajero volvió a colgarse el medallón, se lo colocó para caminar con comodidad, miró a sus nuevos súbditos y les dijo con tono magnánimo.

- Podéis llamarme, Del.

Y salió de la posada, seguido del resto. Ya tenía quién matase por él. No podía abusar mucho de él, los objetos ya no se recargaban solos, había poca esencia mágica en el mundo. Había que buscar hervideros, puntos calientes de mana o utilizar lo poco que era capaz de generar el propio mago, gran parte de lo cual tenía que destinar a automantenerse. Esquivar a la muerte era un gran truco, sin duda alguna, pero no era un truco barato.

- Buscaos compañeros, amigos míos. Mujeres u hombres, ¿qué importa? Buscad una buena historia, traedla con vosotros. ¿Qué os pueden hacer los puñales, qué las pistolas? Sois libres. Matad por y para mí. Atraed miembros a este colectivo de tinieblas.

Cada uno de ellos mataría a decenas de personas antes de caer, y cada muerto sentiría el irrefrenable impulso de hacer la voluntad del creador original, del mago. Y él lo vería todo, porque estaría en todos ellos, porque él era todos ellos, como un gran sistema nervioso multicorporal.

- Matad para mí, hijos de la noche, y seréis partícipes de mi victoria y grandeza.