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miércoles, 16 de diciembre de 2009

El primer amor

- El primer amor, decía. Ése que te arranca el velo de la lógica. Ése que al verlo te remueve las entrañas, te perfora las venas y te desangra poco a poco. Era uno de los Señores Arcanos del reino, el más joven que nunca hubiera existido. Con tan solo 35 años me alcé ante mis superiores y me puse a su par. Como Señor Arcano viví sumergido en la opulencia, todo lo que me rodeaba se basaba en el lujo - el viajero hizo un gesto como si intentase abarcar más de lo que daban sus brazos -. Tenía una enorme casa, multitud de útiles mágicos, una biblioteca que rivalizaría con la principal de cualquier otra capital de un imperio menos versado. Podía conseguir cualquier mujer o cualquier cosa, no importaba. ¿Sabéis cuando podéis elegir entre demasiadas cosas? Al final no escoges ninguna, te entregas a tu vida sencilla y sin preocupaciones y te dejas llevar, como un madero en la corriente. Así vivía yo, a la deriva, arrastrado por una corriente contra la que, en realidad, ni siquiera concebía enfrentarme.

El viajero cogió aire sonoramente. Forzadamente.

- ¿Y qué pasó con la moza? - preguntó uno de los presentes, un joven de cabellos rubios al que le faltaba un incisivo.

- Con la moza - meditó el viajero -. Con la moza pasó que un día se detuvo ante mis ojos. Era hermosa, hermosa como el vaho que exhala el mana líquido. Su cabello negro contrastaba con su piel blanca y la mirada de sus ojos oscuros parecía intentar devorarte cuando se posaba en ti. La miré, acostumbrado a obtener todo lo que se me antojaba y me sostuvo la mirada. Aquella repugnante zorra siempre tuvo un ego demasiado grande, un ego que ni sus generosos pechos podrían disimular. ¡Oh, inexperiencia! ¡En qué errores haces caer a tus sufridos amantes! - terminó con una risa por lo bajo, una risa cargada de tristeza y amargura. Nadie se atrevió a interrumpirlo ahora -: ¿Sabéis? Cuando van pasando los siglos, cuando a un holocausto le sigue otro, y otro... casi todo se olvida. Salvo los errores que uno comete. Esos errores que acechan por la noche y, de pronto, un día quitan el sueño. Esos que ocultas tras una gran cantidad de aciertos pero siguen palpitando bajo la montaña de éxitos. Hay errores que nos marcan, nos hierran para siempre y nos dejan una herida que no cicatriza, sin importar el tiempo. Un día no duelen, es cierto, pero siguen sangrando.

- Pero... ¿qué pasó? - preguntó de nuevo el chico rubio.

- ¿Qué iba a pasar? La historia de siempre. Ella era una zorra y buscaba poder. Desapareció en cuanto lo tuvo. Y me prometí no volver a cometer el mismo error. Me equivocaba, desde luego, todas las promesas se rompen si les das el tiempo suficiente; incluso las que uno se hace a sí mismo.