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viernes, 18 de diciembre de 2009

El paso del sol

No entendía cómo podía ser tan egoísta. Después de lo que acababa de hacer venía a mí. Un segundo plato, un vulgar segundo plato. Me sorprendí de encontrar la calma necesaria para no increparla de malas maneras y cerré la puerta. Detecté mentes y seguí sus pasos hasta que se alejó fuera de mi radio de percepción. Tomé aire. Abrí la puerta y salí a pasear en dirección contraria. No quería encontrármela, no quería hablar con ella. No quería saber nada de ella. El aire hinchaba mis pulmones y tensaba mi pecho. Paseé un rato, perdida, sin prestar demasiada atención a lo que me rodeaba. En la plaza frente al hospital y la biblioteca, Alain, Ber, Burhum, Elendir y Kshandra hablaban. Cerca de la torre los guardias se reían a sonoras carcajadas, ni a ellos, que convivían con Tarik parecía preocuparles en exceso su marcha.
- ¿No vais a buscar a Tarik? – les pregunté en tono huraño.
Me miraron sorprendidos, un poco cohibidos. Tal vez quisieran responder en un tono igual o peor, pero estaba claro que ninguno quería caerme mal. «Hombres – pensé –, tan simples…».
- Dijo que iba a buscar la capital Ñarjarflag… fue con un elfo. Ya sabes cómo es, Aruala.
- Sí, y tal vez pronto sea casi igual, pero fría y sobre un charco de sangre coagulada.
Los soldados bajaron sus miradas ante el tono de reprimenda. Odom la subió unos instantes después.
- Aquí ya no eres jardinera del Palacio. Aquí no eres nadie. No olvides eso. No creo que tengas ninguna autoridad para hablarnos así.
Los miré con desprecio. Con furia. Hoy no iba a ser mi día.
- Quedamos muy pocos, patanes inconscientes. Tenemos un parto increíblemente duro, difícil. Muchas mujeres morirán dando a luz. ¡Joder! Es algo que hasta unos gruñidores como vosotros deberían entender perfectamente. Si no hay mujeres, no hay especie; y sin especie, vuestra triste labor de defensores tiene muy poca valía. De verdad, Odom, ¿no entiendes la importancia de mantener vivas a las mujeres en este momento?
- ¿Y quién se iba a follar a Tarik? – preguntó uno de los soldados riéndose.
- ¿Y quién te iba a follar a ti, gilipollas? – le espeté.
Y el silencio superó sus límites habituales. La incomodidad era palpable. El corazón latía desbocado, furioso. Sólo Odom lo rompió.
- Te está bien por bocazas, Amond. Venga, Aruala, calmémonos todos. Tarik sabe cuidarse solita. Vivía de eso.
- Sí, vivía de eso y le faltaba un brazo, Odom.
Me di la vuelta y me alejé de vuelta hacia mi casa. Lo último que vi fueron los labios apretados y dubitativos de Odom.

Aquella noche me costó dormir. Estaba enfadada, frustrada, furiosa. Intenté calmarme con los dedos pero todo resultó inútil. Odiaba a Alai y a los guardias; yo no tenía nada que hacer allí. Estaba preocupada por Tarik y, al final, incluso envidié sus aventuras. Ella no tenía que soportar tantas gilipolleces y seguro que aquellos valientes guerreros no se atreverían a decir nada parecido con ella delante. Tarik imponía, sin duda, era una mujer valiente y, seguramente, útil. Ojalá tuviera suerte y volviese con vida.

No sé cuándo me dormí, pero al despertarme, el Sol ya estaba alto. Salí de casa con un propósito y me acerqué al hospital. Burhum estaba en la puerta.
- Hombre, Aruala. ¿Qué tal? ¿Tú por aquí a estas horas? Si venías a recibir o colaborar con la clase de las plantitas… creo que ya está terminando.
- Mierda – dije, mientras entraba apresuradamente.
- Oye, tengo algo que ofrecerte.
- Ahora vuelvo – le contesté.
Ber acababa de dar su clase según me enteré en la puerta. La gente salía de la sala y Alai se acercó a mí.
- Hola, Aruala – su voz sonaba un poco afectada. Tampoco parecía haberlo pasado bien. En el momento… me alegré por ello –. ¿Te apetecería quedar luego un rato?
- Lo siento, tengo cosas que hacer.
Alai asintió con gesto entre triste y decepcionado y salió de allí. Ber no salía del aula y Burhum seguía expectante, observándome al otro lado de las puertas. Finalmente salí.
- A ver, dime.
- Mira, creo que deberíamos ir al bosque y hacer un herbolario en condiciones.
- Un herbario.
- Eso, creo que deberíamos coger muchas plantas, semillas y demás, probarlas en animales, ver qué hacen y… bueno, empezar a usarlas en nuestro beneficio. Y creo que no hay nadie mejor que tú para ello.
- ¿Quieres que vaya al monte a recoger plantas?
- Te escoltarán varios de mis hombres y… así podrás traer plantas más grandes, si te interesan.
La idea resultaba realmente tentadora. Le sonreí con amabilidad y le di un beso en la mejilla. «Él no tiene culpa de nada – pensé»
- Gracias, Burhum.
- De nada, Aruala; los cottar siempre se ayudan entre ellos.
Cuando me di la vuelta para entrar de nuevo en el hospital, para comprobar si Ber ya había salido, vi que Alai me miraba, malhumorada. Cuando nuestras miradas se cruzaron, desvió la vista y se alejó en dirección a sus clases. Ber estaba en la sala de entrada y me miró nada más entrar.
- Aruala ¿cómo tú por aquí?
- ¿Puedo hablar contigo en privado?
- Claro, pasa, pasa.
Entré con él en otra habitación. Y le conté. Le hablé de cuán harta estaba de este sitio, de la gente, de los malos modos. De que siempre me insistiesen con temas de reproducción. Ber asistía impasible a toda la perorata, sin contribuir en absoluto, sólo escuchaba. Sabía que mi última frase le molestaría y haría que me mirase mal, pero no tenía forma de ocultarlo durante mucho más tiempo.
- No suelen atraerme los hombres.
Ber frunció el ceño, como buscándole la lógica a esas palabras.
- Bueno, Aruala, no te preocupes. Los supervivientes apenas nos conocemos entre nosotros. Nos hemos despertado en mitad de ninguna parte hace unos cuantos soles. Es normal que desconfiemos, que estemos confundidos… que no sepamos qué queremos hacer y cómo. La confusión es normal. Tranquila.
Y, presa de la tristeza, lo abracé. Él me devolvió el abrazo con cierta reticencia, con los brazos y el semblante rígidos.
- Mira, estoy seguro de que casi cualquier hombre del pueblo estaría encantado de estar contigo. Busca al que más te guste y… no sé, ve a pasear con él, conócelo. Si al final te interesase pues tanto mejor para todos. Si no, pues qué se le va a hacer. Date tiempo, el que sea y no te preocupes.
Le di las gracias, le sonreí y me volví a casa. Tal vez fuera mejor dejar pasar el Sol.