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viernes, 11 de diciembre de 2009

El jardín

Ese día paseé a gusto por la ciudad. Ber estaba desaparecido, estudiando los efectos del ritual, según me comentó Burhum cuando me lo encontré por las calles de la ciudad y asistí a como éste se hacía partícipe de un revuelo propiciado por Nie: Alain, un artista de la vieja capital había entrado en la biblioteca, había cogido un libro y estaba sentado en las escaleras dibujando. Nie discutía con él porque había que cuidar los libros y él dijo algo como que había escogido uno del que hubiera muchas copias y que a la ciudad le vendrían bien sus diseños. El caso es que Nie no se lo tomó bien, discutieron acaloradamente y Burhum se acercó a comprobar la situación. Entraron en la biblioteca, dejaron el libro y Nie mantuvo su tono arisco y malencarado, incluso con Burhum. «Fuera de mi biblioteca», le dijo. Y Burhum, por toda respuesta, le propinó un codazo en la cara. Nie cayó al suelo por el impacto, sangraba por la boca y tenía una brecha en la mejilla. Quedó en el suelo, sin nada que decir. Sin moverse. Burhum tampoco dijo nada más.
Lo cierto es que me quedé impresionada.  Nie no había actuado correctamente, pero Burhum se había propasado.  Cuando salimos de allí, le pregunté:
- ¿No crees que te has pasado?
- A veces uno no entiende otro idioma que el de los golpes. Alain había cogido un libro de muchos iguales, ¿qué más daba? ¿Y quién se cree para hablar de su biblioteca?
- Burhum, podías haberle roto los colmillos del golpe. ¿De verdad te parece proporcional?
- Mira, Aruala, cálmate y sigue podando plantitas, que es lo que sabes hacer, ¿vale?
Y Burhum echó a caminar en otra dirección. Apreté la mandíbula, embargada por el odio y me volví a mi casa. Y me abstuve del resto del mundo hasta el día siguiente, un nuevo Sol siempre me hace ver las cosas de otro modo.

Al día siguiente, al parecer, Ber tuvo un día muy ajetreado. Burhum fue a hablarle de lo de la biblioteca, del comportamiento de Nie y si bien se posicionó en contra de la actitud de Nie no llegó a decir nada sobre el comportamiento de Burhum. Tal vez él le suavizó el asunto, no lo sé. Luego fue Alai a decirle que limpiase a Luna, porque una infección podía dejarla estéril para siempre. Fue un argumento suficiente para convencer al médico de que era una labor que se debía hacer, aunque ante su evidente incomodidad, la propia Alai se ofreció a hacerlo. Luego, habiéndole hecho ya ese favor, Alai preguntó: «¿me podrías dar clases de Ñarjarflag?», consiguiendo un «me lo pensaré» de Ber. Pero fue la posterior insistencia de Burhum la que consiguió que Ber empezase a dar las clases.

Y así, se organizaron las clases, Alai empezó a impartir sus clases y se mostró terriblemente emocionada cuando me lo contó. Estábamos en su casa, plantando semillas en el jardín. Me preguntaba hasta qué punto me encontraba ante una ironía sutil, hasta qué punto estaba intentando ser graciosa. Pero me da igual, amaba el mundo de las plantas, podría haberme pasado allí la tarde entera jugueteando con la tierra tierna entre los dedos de los pies. Fue de pronto, cuando espetó:
- Luego intentaré ver si puede venir Burhum.
- ¿Para? – le pregunté sin entender muy bien a qué se refería.
Alai se rió y habló sobre él, sobre lo fuerte que era, lo épico que había sido rajando criaturas por el bosque y demás. Supongo que en otras circunstancias me habría reído y la habría animado. Pero, ¿y todas aquellas metáforas? ¿Pretendía sólo reírse de mí? Me quedé en silencio un rato, dudando y cuando decidí qué hacer, me excusé.
- Lo siento, Alai, estoy un poco cansada y creo que me voy a ir a casa.
- ¿Estás bien?
- Sí, sí; tranquila – le respondí con una sonrisa – es sólo que estoy cansada.
- ¿Quieres acostarte en mi cama?
La miré sin dar crédito a sus palabras. No sólo se reía de mí, sino que se regodeaba en ello.
- No, de verdad – dije –, creo que me iré a dormir y prefiero irme a casa.
Y tras dudar un rato, añadí: – Ten una buena noche.

No recordaba estar de tan mal humor. «Odio que la gente se ría de mí. Otro punto más para mis amadas plantas – pensé».