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miércoles, 2 de diciembre de 2009

Desterrado

- Todo comienza en la más bella de las ciudades, donde edificios de todos los colores se levantan inmunes al paso del tiempo, como muchas de sus gentes. La ciudad funciona a la perfección y la vida se desarrolla entre toda esa belleza y magia y no hay nada de qué preocuparse. Nada que altere nuestra paz eterna, nada que altere nuestro modo de vida; observamos todo desde el panóptico de nuestra casi invulnerabilidad, nos embriagamos de los placeres que la vida tiene que ofrecernos y un día, un día cualquiera, nos cansamos y deshacemos todas esas protecciones, todos esos trucos sortílegos que nos permiten evitar a la muerte un día más - el viajero hizo una pausa y bebió un trago -. Desde pequeños nos enseñaron que la inmortalidad resultaba aburrida, que llegado un momento uno se cansaba de todo y decidía dejar el camino, entonces deshacía el petate, lo tendía en el suelo y se preparaba para el último sueño. Con eso en mente crecemos y vivimos y cuando uno ha escuchado eso durante mil años... un día se cansa, le ha sido inducido lo quiera o no, y deshace el petate. Y duerme, duerme para siempre. Así termina todo para nosotros. Todo para todos nosotros.

La voz del viajero era grave y envolvente, irradiaba un sentimiento de tranquilidad sobrehumana, de una tranquilidad que casi parecía rayana con el hastío. Tomó otro trago de cerveza y cogió aire. La disfrutaba.
- Cerveza helada, jarra de cristal - sonrió casi con tristeza -. Y todo es real, todo-todo es real. Tan real que es casi mágico.

Los presentes guardaron un respetuoso silencio. Asistieron expectantes, ilusionados. La historia sonaba a cuento, pero el viajero era un buen narrador y su voz resultaba envolvente y protectora, como el abrazo de un padre cuando aún parece una figura intocable, inalcanzable.

- Vivía mi perfecta vida de inmortal en aquella ciudad, disfrutando de todo lo que tenía que ofrecerme. El tiempo pasaba. Era alguien importante, destacado en aquella sociedad; era poderoso y me sentía protegido. Y cometí el primer error. Me enamoré. Era joven, inexperto... y confié. Confié y acabé solo y desposeído. Desterrado. Mi primer error.

El viajero apuró la cerveza y dejó la jarra en la mesa, con elegancia y suavidad. La apartó un poco. Los demás permanecieron en silencio. Toda la taberna parecía haberse contagiado de pronto de un aura de melancolía. Y en el centro estaba él, con cara de cierta indiferencia.

- Ya ha pasado mucho tiempo. He conocido a otras mujeres, muy diversas mujeres, y he descubierto lo poco que tienen que aportarme salvo un divertimento pasajero. Solo un libro te recompensará de verdad, los seres vivos son traicioneros, mentirosos y aprovechados. Piden y se niegan a dar, ofrecen y en realidad quitan y uno acaba lejos de su casa, malviviendo por las calles, recordando tiempos mejores y la calidez de su hogar.

- Ponle otra. Ésta por mi cuenta - dijo otro de los presentes.