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sábado, 19 de diciembre de 2009

Alain, el artista

Al día siguiente, tras una noche de sueño reparador, todo parecía un poco más claro. El Sol estaba saliendo, era temprano, tenía hambre y ganas de hacer cosas. Me levanté. Me lavé un poco, me vestí y salí a la calle. Casi nadie había salido aún a la calle. Parecía un lugar desierto, con el brillo de los primeros y débiles rayos iluminando tenuemente aquellas venas adoquinadas. Di un paseo por la ciudad mientras pensaba en cuántas plantas podría coger y de qué tipo. Pensé en coger también setas y plantas con mucho material comestible para ayudar a mantener nuestra incipiente población de animales.
Cuando me acerqué a la puerta del hospital sólo vi a Alai discutiendo con Burhum. Esforcé al máximo el oído, puesto que si conjuraba sería demasiado notable.
- Apuesta anulada y punto – le dijo Alai de muy malas formas justo antes de ir a las clases de Ber.

Mientras éstas tenían lugar, Burhum reunió a varios de sus hombres y a unas cuantas mujeres y los envió conmigo a recoger plantas. Cuando salíamos hacia el bosque, por el este, vimos salir a Alain de la alejada casa de Kshandra. Caminaba con torpeza y llevaba mala cara. Nos saludó con un gesto de cabeza y prosiguió su camino, en dirección contraria al nuestro. Era un varón hermoso, no cabía duda de ello.

El día fue fructífero, aparte de muchas plantas distintas cuyos olores y colores no había sentido en la vida; encontramos unas maravillosas de color negruzco que irradiaban calor. Lo almacenaban en una proporción absurda en su tejido interno. Junto a ellas anidaban aves siempre y los huevos tenían una fuente ajena de calor. Para nosotros, que veníamos de un lugar más cálido que éste, aquellas plantas resultaban tremendamente atractivas y útiles. La recogimos en cantidades enormes, sabía que no era adecuado para el ecosistema, pero el lugar era muy frío y aquellas plantas nos harían la vida mucho más cómoda y agradable.

Cuando volvimos, se las fui a enseñar a Burhum y a los demás. Él sonrió satisfecho por el hallazgo y me dio las gracias y un fuerte abrazo. Y dijo que se ocuparían de repartirlas y demás, que tendría una parte como todos los demás. Era lo correcto, los cottar siempre defendemos al conjunto del pueblo. Buscamos el bien mayor.

Me fui a casa, me dolían las piernas de la caminata y los brazos de haber cargado con todo hasta la ciudad. Estaba exhausta, impulsé a uno de los miaulladores de la ciudad para que se acercase hasta mí y me alimenté de él. Entré en casa y me quedé dormida casi inmediatamente sobre aquella cama húmeda y vieja.

El paso de los días me iba haciendo ver las cosas como menos horribles. Me acerqué a la puerta y me encontré a Alai, que tenía un fajo de Irradiadoras en las manos.
- Son tóxicas – dijo –. Te advierto… por los animales y eso.
- ¿Por qué lo sabes?
- Lo pone en uno de mis libros de los Ñarjarflag
Vi la cantidad de plantas.
- No me pueden haber tocado tantas – dije, sin saber muy bien qué decir.
- Las fui a buscar para ti.
Le sonreí. Me alegraba y me gustaba el detalle.
- Muchas gracias.
Ella dio un paso hacia mí. Supongo que aquel regalo era su forma de pedir perdón, pero mi deseo de no perdonarla era consciente y meditado. Di un pequeño paso atrás y ella se detuvo, dubitativa.

Tal vez ella se fuese de peor humor del que yo esperaba, porque según me enteraría después, ese día ni siquiera asistió a sus clases. Ni como alumna ni como maestra. Y me sentí mal por ello.

Así pasó ese día y el siguiente. El tercero, Alain, el artista, vino a buscarme para dar un paseo, si se lo permitía y salí a pasear con él. Me llevó al bosque y me fue haciendo preguntas sobre los árboles y los animales. Era un hombre encantador. No intentó nada en ningún momento y fue una compañía agradable, mucho mejor de lo que me esperaba. Las horas pasaron casi sin que me diese cuenta, Alain era divertido, atento y culto, pero no pude contener mi curiosidad:
- Oye, cuando el otro día salías de la casa de Kshandra, que…
Vaciló un instante, se mostró nervioso y, con timidez, explicó finalmente:
- Bueno… querían un híbrido, ¿sabes? Un elfottar, o algo así. Y bueno, no sé por qué fui el cottar elegido – Alain se había puesto rojo y su voz temblaba un poco, sobre todo considerando su desparpajo habitual.
- Oh – le sonreí – ¿y qué tal?
- Es… muy brusca y… los elfos no duermen.
Y no pude evitar reírme. Él se rió un poco, pasado un rato.
- Tendré anécdotas para contar a mis descendientes – dijo.
Después de alimentarnos de unos cérvidos que pasaron cerca de nosotros, me tumbé sobre la hierba, notaba las caricias de las briznas y, de vez en cuando, el cosquilleo de las patitas de algún bicho. Él se tumbó a mi lado y me contó cosas de su vida como artista en la capital. Los retratos que había hecho, dónde había actuado con su violín, las plazas en que la población se había congregado a oír sus relatos. Alain era un hombre mágico y extraño, entretenido y agradable.

Cuando volvimos a la ciudad era tarde, el Sol ya comenzaba a oscurecer. En la plaza frente al hospital, Burhum y Ber hablaban de hacer un biunvirato, con un cottar y un elfo elegidos mediante votación por las poblaciones respectivas diez días después. Esta votación se organizaría en diez días.
- ¿Crees que cambiar a los líderes hará que funcionen mejor las cosas? – le pregunté a Alain mientras me acompañaba a casa.
- Tal vez no, pero estoy seguro de que no irá a peor – se rió –. Burhum puede que no sea mal macho, pero, sin duda, no es un gran líder.

Me acompañó hasta la puerta, demostrando ser un varón atento. Alain tenía los rasgos suaves, tal vez un poco afeminados y sus espinas parieto-occipitales lucían una simetría preciosa, armónica. Lo miré un instante y le sonreí.
- ¿Quieres pasar un rato?
- No, lo cierto es que me vendría mejor dormir mucho hoy.
- No hablaba de sexo – me reí.
- Seguro que Kshandra dijo eso muchas veces – comentó en tono gracioso.
Por alguna razón parecía que él tenía claro que lo decía en serio e, igualmente; no podía evitar la sensación de que se sentía a gusto con la idea de que yo no quisiese nada físico de él. Me sonrió, hizo una grácil reverencia y se alejó por la calle, en dirección al Sol.