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martes, 17 de noviembre de 2009

Mudanza

Kshandra se acercó a los cuerpos con paso lento y calmado. Observé en silencio su elegante caminar y la forma en que se acuclillaba al lado de los cuerpos, cómo se marcaban sus muslos fuertes y entrenados bajo la ropa, cómo abría uno de los cuerpos con un pequeño cuchillo, parecido a los mío, cómo extraía algo con la mano desnuda, algo que goteaba sangre, y se lo llevaba a la boca. Aquella sangre discurrió desde sus labios, escurriéndose por la barbilla y cayendo en distintas gotas sobre la tela que cubría sus pechos. Miré confusa, sorprendida y extasiada; se respiraba magia en el ambiente, una magia oscura y antigua, que te obligaba a mantener la vista fija, a devorar la escena con los ojos.

Kshandra pasó de un cuerpo a otro repitiendo el extraño proceso. Tarik observaba, casi tan sorprendida como yo, sobre todo cuando Nie se acercó y arrodilló junto a los cadáveres y comenzó a emular a la elfa.

Pasaron unos cuantos minutos sin que nos atreviésemos a interrumpirlas, hasta que ellas se apartaron del grupo de cadáveres y nos miraron inquisitivamente. Nie no tenía buena cara.

- ¿Entrar? – preguntó Kshandra señalando el edificio del que habían salido las criaturas.

La ciudad estaba más o menos en buen estado, abandonado desde hacía, tal vez, cuatro o cinco años. El sotobosque había tomado las callejuelas y las enredaderas trepaban por los muros de piedra, estrechándolos como las piernas de una amante. Había cientos de casas, una evidente biblioteca, un par de herrerías, una gran construcción llena de camas y herramientas de precisión – aunque muy oxidadas – que, probablemente fuese un hospital, un gran edificio vacío con aspecto de lugar de reuniones y una torre desde la que se podía ver casi toda la ciudad. Y a excepción de los enanos negros que Kshandra había estallado en pedazos y un par de esqueletos de curiosa anatomía en el hospital, no parecía que nadie hubiera pasado por allí recientemente.

Y tras nuestra breve exploración, volvimos al pequeño asentamiento que compartían elfos y cottares en un viaje sin ningún tipo de contratiempo ni novedad. Fue un buen y cómodo viaje, en el que Kshandra cazó por todos, como la primera vez. En el campamento las cosas seguían igual que cuando nos habíamos ido. Elendir y Burhum salieron a recibirnos y nos preguntaron por nuestros descubrimientos. Prácticamente, Kshandra respondía a Elender y los demás respondíamos a Burhum.

Les hablamos de la ciudad abandonada y de los seres que la elfa había matado. Nos escucharon con atención e interés. Era evidente que la posibilidad de una ciudad en más o menos buen estado resultaba interesante, cómoda y apetecible. Y al acabar nuestros comentarios sobre la ciudad, la decisión ya parecía haber sido tomada. Burhum miró un instante a Ber antes de asentir.

- Iré a llamar a los demás – dijo, sencillamente.

Y Ber, dirigiéndose a Kshandra, que hablaba con Elendir y que acababa de referirse claramente a Nie, la interpeló en elfo. No entendí muy bien qué dijo, pero fue algo sobre lo guapa que estaba. Y era totalmente cierto, aquellos salvajes rasgos, y tan marcados, casi como si fuera una de los nuestros. No tardaría mucho en darme cuenta de qué habían hablado, ni de por que Kshandra había mentado a Nie.

Y fue aquel día cuando ambos pueblos emprendieron ruta hacia la ciudad abandonada. Casi doscientas figuras recorriendo el bosque, ruidosos, llamativos y alegres. Al tratarse ahora de un viaje mucho más lento, aproveché para ir recogiendo plántulas y semillas. Todo era tan nuevo, tan mágico. Me sentía como una niña en un patio de juegos nuevo y aunque sabía que echaría muchas cosas de menos, la novedad solapaba todo lo demás. Y si cerraba los ojos, estábamos el bosque y yo. Solo el bosque y yo. Todo parecía tan bello.

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Y así se llega hasta el punto que llevaba escrito desde hace tiempo, a ver si lo retomo pronto, que me puse con otras cosas y dejé ésta un poco atrás. ¡Mal!