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lunes, 9 de noviembre de 2009

Más allá de la línea

Burhum:

El viaje junto al elfo fue tranquilo. Sin sobresaltos. Llevábamos un ritmo cómodo y nuestra mayor preocupación era cómo distribuir las guardias de la única, según los cálculos del elfo noche de camino. Finalmente decidimos a cargo a tres de los hombres de armas, hicimos una pequeña hoguera y nos entregamos al sueño. Ber, igual que había hecho durante todo el día, y tal como haría al día siguiente, conversó hasta tarde con Úlvien.

Y la noche transcurrió tranquila y el día nos despertó con el resto del camino por delante. Marchamos a un ritmo tranquilo como el día anterior y pasada la media tarde alcanzamos a ver unas tiendas de piel sustentadas en ramas y finos troncos.

- No pierden el tiempo, no… nosotros deambulando y estos ya tienen un poblado y casitas… – comentó alguien.

La verdad es que me molestó bastante ese comentario. ¡Joder! Habíamos hablado sobre qué hacíamos o qué dejábamos de hacer y nadie puso grandes pegas a seguir el curso del río hacia la costa, y sin embargo ahora ya aprovechaban para criticar la toma de decisiones.

Nos acercamos, pues, a dicho campamento. Allí, los elfos, aquellas criaturas altas, delgadas y de cabellos dorados nos examinaron. El tuerto que iba con nosotros se adelantó y levantó los brazos y comenzó a hablar en una lengua suave, llena de eles y un suave ceceo.

Ber y uno de los elfos que se acercaron a nosotros intercambiaron palabras y gestos. A decir verdad, Ber manifestaba una facilidad inusitada para aprender cosas y me sentí contento de tener a alguien así en el grupo. Lo necesitábamos.

Unos elfos se nos acercaron con unos grandes felinos y nos los ofrecieron y luego, señalándolos previamente, se llevaron las manos a la boca. El elfo tuerto hizo unos comentarios, los otros se miraron unos instantes y contestaron algo, tras lo cual repitieron los signos. Ber y yo fuimos los primeros en inclinarnos sobre los felinos y morderles. La sangre era dulce y bastante líquida, y algo más caliente de lo que consideraba normal. Bajó fresca y deliciosa y, cuando nos levantamos, Ber musitó, según descubrí luego, unas palabras de agradecimiento en élfico por parte de ambos.

Luego, el tuerto se fue con uno de ellos que vestía una larga túnica verde llena de estirados símbolos blancos y yo me quedé con los míos. Alai se comunicaba, o lo intentaba, con algunos elfos mientras Ber hablaba con cierta torpeza. Los elfos se reían. Nos recibían bien y con cordialidad, era evidente.

Y ésa fue nuestra primera buena noticia en aquella tierra extraña.

Tarik:

Aquellos días pasaron en completa calma. Pudiera ser que esperásemos hasta seis soles, así que mucha gente intentó acomodarse. Arrancaron hojas, hierbas y se tendieron sobre ellas. No era difícil encontrar alimento y todas las mañanas, otros exploradores y yo salíamos y hacíamos una pequeña batida para conseguirlo… aunque yo solía demorarme un poco más y explorar los alrededores. Fue así, cuando uno de los días, el cuarto o el quinto, lo vi.

Era ridículo, pero allí estaba, entre los árboles, pastando con tranquilidad. Me miró un instante y siguió comiendo. Miré al unicornio, contemplé todavía sorprendida a aquel ser de leyenda y empecé a acercarme con mucha tranquilidad hacia él. Levantó la cabeza y asistió indiferente a mi lento acercar.

- Tranquilo… tranquilo, unicornio – le susurré con voz suave.

«No creo que tenga mucho que temer de ti, ¿qué tal si te acercas de una vez?», oí perfectamente.

Miré al unicornio un instante y luego paseé la vista entre los árboles. Alguien me estaba jugando un truco de ilusión, era evidente. Dudé un instante intentando localizar un atisbo de magia, algo. Intenté percibir las mentes cercanas…

«¿Qué se supone que haces? Estamos solos, y te estoy hablando…».

- ¿Eres tú? – le pregunté al unicornio.

«Claro que soy yo».

- ¿Cómo es posible que hables?

«Por favor, soy una divinidad protectora de este bosque. Faltaría más…».

Lo miré atónita, sin saber muy bien qué decirle. Estaba ya junto a él y tendí mi mano, no pareció asustarse, me miraba, miraba la mano. Lo acaricié.

- ¿Cuántos sois… como tú?

«Uno en cada bosque, protegiendo, cuidándolos».

- Entonces nunca…

«Cuando debemos hacerlo, nos reunimos. A ver, somos divinidades protectoras, ¿qué dificultad tiene saber cuándo y dónde hemos de reunirnos?»

Lo llevé hasta los míos, nadie daba crédito, pero allí estaba, indudablemente. Un unicornio. Hablamos durante un rato y vimos llegar a nuestros compañeros. En un principio no le dije a nadie que el unicornio hablase, ya había locos declarados por creer en naves como hojas de metal que venían del cielo, no crearía nuevas polémicas.

Nuestros compañeros, Burhum entre ellos, insistieron en que nos moviésemos hasta donde estaban los elfos, que se habían portado de forma muy amable, que ya estaba levantando pequeñas tiendas. En realidad había muchas razones para que intentásemos llevarnos bien con unos vecinos amables, tras todo lo vivido en Tilangibén; así que se convenció a la gente sin gran esfuerzo y todos nos dirigimos hacia allí. El unicornio vino con nosotros. Lo cierto es que el pueblo era llamativo, los elfos tenían una extraña forma de vivir, casi indiferentes a lo que sucedía alrededor. Bebían agua, comían carne y no dormían, pero parecían comprender perfectamente que nosotros hiciésemos otras cosas. Resultaba muy extraño, a decir verdad. Casi tanto como que Úlvien tuviese un ojo nuevo, azul, muy distinto del otro, que era verde, de tonos esmeralda.

Fue allí, en una de mis exploraciones matutinas cuando se me ocurrió la pregunta.

- Sabes… ¿todo lo que hay en tu bosque?

«Claro, es mi bosque, me encargo de cuidarlo y vigilarlo».

- ¿Has visto a alguien como yo, a uno… solo?

«Claro, sube».

- ¿Podrías agacharte un poco?

«Soy una presencia divina que protege el bosque, eres tú la que se debería agachar ante mí. Ayúdate con un árbol o como tú prefieras, pero no voy a agacharme».

Lo observé un poco contrariada y luego, decidida, me subí con gran esfuerzo a su lomo ayudada en la lisa y blancuzca corteza de un extraño árbol.

«¿Te llevo hasta allí?»

Y, tras eso, el unicornio comenzó a adentrarse en el bosque, los árboles quedaban atrás muy rápido aunque casi milagrosamente ninguna rama me azotaba sin piedad, ni él tropezaba. Se movía como solo una presencia divina puede hacerlo, estaba en su lugar. Todo encajaba, todo funcionaba.

Cabalgó durante horas, hacia el este, siempre hacia el este. Se alejó del río y, finalmente, lo vi. El cadáver estaba bastante destrozado, devorado por quién sabe cuántas alimañas distintas. No quedaba gran cosa, aunque la estructura ósea era totalmente reconocible. Ni siquiera me bajé del unicornio. Examiné la escena desde arriba y vi rastros de sangre, huellas, ramas rotas…algo grande se había alejado de allí, hacia el noreste. Montaña arriba. El unicornio me llevó hasta el final de la línea de árboles.

«Más allá de esta línea no es mi reino – informó –, si sigues, será solo».

Acordé con él que me esperase allí, junto a la línea de árboles. Me acercaría hasta una gruta cercana que se apreciaba desde allí y a donde llevaban las huellas, examinaría el lugar y volvería. Me bajé del unicornio y empecé a subir hacia la pequeña cueva. Vi que junto a la entrada se acumulaban rocas de gran tamaño. Si vivía alguien dentro, era alguien fuerte. Seguí acercándome hasta que, de pronto, el habitante atravesó el umbral y me miró. Era una enorme criatura con unos tentáculos que pendían desde la parte inferior de una cabeza muy circular con dos enormes ojos muy blancos en los que solo contrastaba una pupila completamente negra.

Me señaló y luego hizo unos gestos despectivos, alejando la mano de sí mismo, como diciendo: «márchate». Vacilé. Repitió el movimiento. Di un paso adelante, hacia él; él cogió una de las grandes rocas. Interpreté todo lo que había que interpretar y empecé a alejarme. Estaba llegando a la línea del bosque cuando me giré de nuevo para verlo, tal vez a esta distancia no le pareciese un peligro. Le vi lanzar la piedra con todas sus fuerzas. Salté tras la línea de árboles y corrí hacia el unicornio quien, asustado, se había agachado para que me subiese rápido y nos fuésemos. No sé cómo atinó con la segunda roca, a través del mar de árboles, pero sé que la vi en el aire, volando directamente hacia nosotros, me giré para tirarme del unicornio y me di cuenta de que no me daría tiempo. Puse el brazo y, presa de un dolor atroz, noté como el codo reventaba en mil pedazos justo antes de caer al suelo y llenarme de hematomas y contusiones.

Desde el suelo vi al unicornio, arrastrarse herido en los cuartos traseros. Me arrastré como pude sobre la hierba y la sangre, hasta que algo me arrastró y empezó a sacarme de allí.

«Venga, vamos, vamos».

- ¿Cómo…? ¿Cómo lo has hecho?

«Soy una presencia divina protectora del bosque, qué menos…»

- ¿Podrías curarme? – pregunté.

«Claro, pero no será agradable, hay poco que hacer con ese amasijo de huesos rotos».

Y sentí como mi brazo empezaba a deshacerse, como mis huesos se reducían a una pulpa blanca justo antes de ser incapaz de mirar. El dolor era más intenso que antes, y al rato noté cómo el brazo iba ganando masa, cómo se iba cubriendo de músculo y tendones otra vez. Y seguía doliendo. Cuando terminó, mi brazo tenía un tono de piel rosado, blando…

- ¿Podrías curarme el otro brazo?

«Necesitaría otro brazo izquierdo, aunque solo fuesen los huesos».

Y pensé en el cadáver que habíamos visto, pero poco había aprovechable en aquel cuerpo.

- No pasa nada – le dije con amabilidad.

Y él se agachó, me encaramé y me llevó al poblado.