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lunes, 9 de noviembre de 2009

Lisboa

Ayer, día 8 de Noviembre, el grupo alemán Rammstein tocaba en el Pavilhao Atlantico de Lisboa y yo, en la mejor compañía posible, estaba allí para disfrutar del espectáculo.


Día 6


Salimos en autobús a las 12:00 de la estación de autobuses de Vigo, con lluvia despidiéndonos en nuestra partida y llegamos a la parada del centro de Lisboa a las 20:20 (hora española). En esas casi ocho horas y media pasaron muchas cosas:

- Paramos en casi todos los pueblos de más de mil habitantes que había en el camino.
- Portugal nos recibió con la luz del Sol, Lisboa no.
- El viaje resultó agotador, en un autobús atestado en el que escaseaba el oxígeno y sobraba la ropa. Y no en el buen sentido de la palabra. Demasiada gente, demasiado calor.
- Encontramos los baños más sucios de los que he tenido noticia. En uno de los múltiples pueblos anteriormente referenciados. La descripción fue simultánea: "los baños eran un agujero infecto".
- Paro, porque si no voy a redactar un post eterno y no creo que os interese tanto, mis amables y queridos lectores.

Lisboa:
Lisboa nos recibió con lluvia y un atasco. Era casi como entrar en Vigo y coger a los citroneros en la salida de la circunvalación ahora que hay obras. Estábamos en el autobús, tras ocho horas de viaje, y solo queríamos llegar a la estación, salir al aire libre y que todo terminase. Los últimos 40 minutos fueron, realmente, eternos. Cuando al fin bajamos del autobús, estábamos felizmente al lado de una estación de metro. El metro, contra todo pronóstico, resultaba bastante poco intuitivo, con unas tarjetas de cartón semirrígido con las que se acariciaba algún tipo de sensor (que a mí me falló varias veces y, por lo que vi, le fallaba a más gente; punto para el Metro de Madrid). He de decir, en defensa del Metro de Lisboa, que sus estaciones son mucho más originales, variadas y bonitas, con especial mención a la estación de Olaias, que es tirando a friki, de apariencia más o menos steampunk. Preciosa, sencillamente preciosa.




El hotel Flamingos, en la calle Castillo, resultó ser un lugar agradable, a pesar de lo poco que nos gustó la posición del dormitorio respecto al plano general del edificio (demasiado cerca de los ascensores), pero el ruido no era notable y la amabilidad y simpatía de los recepcionistas, lo rico del café hizo el resto. Por lo demás, las tuberías olían un poco y el zumo estaba aguado. Pero para pasarse solo a dormir, estaba bien y era razonablemente barato.



Día 7:

Ese día, nos levantamos más o menos temprano, desayunamos y nos dirigimos al Castillo de San Jorge. Dicho Castillo estaba un poco lejos, el adoquinado lisboeta está bastante mal dispuesto y mis pies se resintieron del largo paseo cuesta arriba.

El castillo en sí... no es que fuera feo. Bueno, vale, no era feo en absoluto; el problema era en que, prácticamente, no había nada que mirar. Se puede subir a las murallas, a las torres, ver las garitas... y ya está; no es como el castillo de Soutomaior, por ejemplo, donde hay bastante más que ver. Alejado, mal comunicado y decepcionante.

Después, aunque pensábamos visitar el museo Gulbenkian, decidimos pasar por el Jardín Botánico y nos encontramos con el pastel: museo de la ciencia, museo de historia natural y jardín botánica. Y allá fuimos.

- El museo de la ciencia era un laboratorio antiguo y una clase, también antigua, con asientos en U invertida. Bonito, aunque, en mi opinión, poco interesante.
- El museo de historia natural era divertido, ameno, bonito y digno sin tener un gran material: estaba bien expuesto y jugaba muy bien con el interés del visitante.
- El Jardín botánico estaba horrible. Los cristales del invernadero rotos, las placas de identificación herrumbrosas, las vallas caídas y oxidadas... Salvo por el Ficus sp. de la entrada (no era una higuera común, por si lo estáis pensando) y un gato muy gordo, el jardín botánico no aportó nada realmente interesante.

En este momento llevábamos horas de paseo casi ininterrumpido y el cansancio y la necesidad de estar operativos al día siguiente nos llevaron de vuelta al hotel.


Día 8:

En primer lugar fuimos a la torre de Belén, en tranvía. Nunca había pisado un tranvía, y el hecho de que nos bajasen a medio camino por fallo eléctrico del vehículo, no mejoró mi opinión sobre ellos.

La torre en cuestión era preciosa. Su figura externa clamaba poderosamente a los cielos, una elegante estructura de piedra blanquecina llena de almenas y matacanes. El defecto fue la cantidad de gente que la visitaba (aunque, seguramente, el hecho de que fuera domingo influyó terriblemente): muchos de los accesos eran del ancho de una persona y todo se dificultaba y se ralentizaba.

Al salir de allí fuimos a Pasteis de Belem, una pastelería archiconocida en la que cogimos unos cuantos, para probar. Aprobados. Su fama es totalmente merecida. Así de simple. Id y consumid, golosos míos. No os arrepentiréis.

Luego, con una larga caminata por insistencia mía (me arrepentí de no haber hecho la sugerencia de mi querida compañera de viaje) fuimos hasta el museo Gulbenkian, por recomendación de un amigo. Lo cierto es que el museo era raro, muy raro; había una serie de artilugios mecánicos motorizados bastante peculiares, una sala negra con cables que la cruzaban y que nos recordó a las peligrosas estancias de Cube, aunque la sensación general era que aquel arte era demasiado contemporáneo para mi gusto. Puede que las horas de paseo de aquel día y del día anterior influyesen en mi visión de este hecho.

Después tuvimos un par de horas de descanso en el hotel y después fuimos al concierto, del que comentaré en otra entrada.


Día 9:

El autobús salió de Lisboa a las 7:30, hora portuguesa. Llegamos a Vigo a las 17:00 hora española. Otro maratón de bus. Vigo nos recibía con una leve lluvia y con un poco de frío, como Galicia suele recibir a sus invitados (o eso dicen).