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jueves, 12 de noviembre de 2009

Las voces del bosque

La vimos llegar a lobos del unicornio. Parecía cansada, abatida. El brazo tenía un tono rosado, casi de carne nueva, joven. Todos los que estábamos cerca nos paramos a mirarla. Yo estaba plantando semillas de todo lo que había recogido por el camino, así como de las que me había llevado en la bolsita para hacer un huerto en las afueras del poblado, por consejo de Ber.

- Encontré al muerto – dijo secamente.

Y relató con pelos y señales el asqueroso estado del cuerpo. Describió las huellas que siguió y cómo se terminaban los árboles formando una mágica línea en la montaña. Habló de los rastros sanguinolentos y la entrada de la cueva. Detalló la abultada y esférica cabeza del monstruo así como los tentáculos que caían de donde debería situarse la mandíbula, con unos brazos del diámetro de piernas y unas piernas del diámetro de torsos, cubierto de una piel de un verde negruzco, de un color pútrido, enfermo.

Mientras ella hablaba, examiné su brazo. Aquel extraño tono, como el de la carne al cubrir un corte, un tono de regeneración claro. Ella no dijo nada al respecto, yo tampoco.

Cuando acabó de explicar lo sucedido, Ber entre ellos, ya que era el que mejor hablaba el idioma de los elfos, fueron a ponerles sobre aviso de lo sucedido, para que anduvieran con cuidado.

Yo me acerqué un momento después a la cabaña de Elendir, el mago que había regenerado el ojo de Úlvien utilizando el de otro animal, de aspecto cánido, que tenía los ojos perfectamente azules, como pétalos de Hijas del mar. Ber estaba hablando con el mago y no entendía muy bien todo lo que decían, pero hablaban del parto de las cottar, de nuestro difícil, doloroso y, tantas veces, mortal parto. Luego hablaron de magia. Contando la proeza regenerativa que Elendir había hecho con el ojo de Úlvien, podía imaginar perfectamente el hilo del discurso. Ber comenzó a caerme bien. Alguien tenía que preocuparse por ese tipo de cosas, nos venía bien, muy bien; sobre todo quedando 99 de nosotros. Aunque a decir verdad no tardé demasiado en ponerme en contra de sus planes. Fue aquella misma tarde, unas horas después. Nos reunió para hablar sobre nuestros deberes para con la especie. Quedábamos 99 cottares y debíamos reproducirnos para no extinguirnos, tenía toda la razón del mundo, era evidente. Pero éramos 99 desconocidos. Pensé que habría más gente en contra, la verdad, pero solo seis hembras pusieron pegas a tal idea: Tarik, Alai, tres a las que todavía no conocía y yo misma. El resto, aunque no diría ilusionadas, se mostraron comprensivas con la idea.

- No digo que os pongáis a ello ahora – explicó Ber –, me refiero a que es algo que tendréis que plantearos a corto o medio plazo; que las cosas no son como en nuestras respectivas casas. Es posible que estemos muy al sur, y por eso no reconozcamos las estrellas sobre el cielo nocturno; o es posible incluso que estemos en un microplano creado con mucho esmero por un poderoso mago. En cualquier caso, es indiferente. Tarde o temprano habrá que hacerlo. Somos muchos como para movernos todos hacia el norte.


Tarik:

- Dime, unicornio, ¿sabes todo lo que hay en tu bosque?

«Y todo lo que se ve desde él – contestó sin darle importancia alguna – mi bosque es parte de mí».

- ¿Hay alguna ciudad? ¿Alguna ruina?

«Hay ciudades abandonados. No en el bosque, pero sí a distancia de visión».

- ¿Hacia dónde?

«Hacia el suroeste, a unos dos días de camino. A vuestro paso, claro».

No sé por qué creí a un unicornio que me decía que existían ruinas a distancia de visión, pero aquel ser, para bien o para mal, me había curado un brazo; era la criatura que más respeto me inspiraba en aquel entonces.

Decidí hablar con Burhum, que se había alzado como líder de los cottar presentes, para exponerle mi próximo viaje al sur y contar con su opinión. A decir verdad, la conversación no fue como debería, su tono me sacó un poco de mis casilla y mi ironía tal vez resultase ligeramente insultante.

- Burhum, tal vez debiéramos seguir explorando el bosque. Puede que haya ciudades, ruinas, o algo así, y podamos ahorrarnos la construcción de un campamento primitivo y usar lo que encontremos.

Ya de entrada, Burhum me miró como si estuviese drogada.

- ¿Ciudades o ruinas, Tarik? ¿Qué coño te hace suponer que haya nada cerca?

- No perdemos nada por explorar.

- Explorar puede ser peligroso y no quiero perder más gente. Me parece una idea descabellada y estúpida. ¿En qué te basas para querer ir al sur, de pronto, a buscar ciudades en ruinas?

En aquel momento empezaba a estar un poco harta del trato proteccionista y paternalista de Burhum

- Me lo han dicho las voces del bosque.

Y él me miró de arriba abajo, con los ojos exageradamente abiertos, sorprendido. Apretó la mandíbula y, finalmente, casi con desprecio, sentenció:

- Haz lo que quieras, Tarik, no soy vuestro padre.

Cada palabra salió como descarnada, ensangrentada y ponzoñosa. Una pulpa desagradable y visceral con una cubierta de odio.

A decir verdad, me tocó un poco la moral que quien se hacía pasar por líder me soltase algo del estilo. Puede que mi respuesta no fuese la más adecuada, lo admito, pero tampoco creo que mereciera una contestación como aquella. Así que fui a hablar con Ber y se lo conté, y quedó claro que a Ber tampoco le parecía una respuesta adecuada. Lo vi partir en busca de Burhum y yo, satisfecha, aproveché para ir a buscar al unicornio y llevarlo junto a Ber.

Cuando llegué, estaban discutiendo, Ber le decía que tenía que implicarse más. Que todo lo que se hiciese tenía que parecer que había sido apoyado por él, para dar la sensación de clan, de grupo. Lo cierto es que se notaba a Burhum un poco incómodo con todo aquello de ser líder, de tener que estar atento a todo el mundo, de organizarlos, de apoyarlos. De liderarlos, supongo. Fue cuando por fin la conversación pareció llegar a un punto muerto cuando le dije a Ber:

- Ber, escucha las voces del bosque – acompañándolo de un gesto amplio, que abarcaba una gran vista y se centraba en el unicornio.

Pasaron unos instantes y Ber preguntó:

- ¿Eres tú, unicornio?

Supe que la discusión estaba ganada. Ber era el apoyo que necesitaba.

- Estáis todos locos – dijo Burhum con abatimiento –. Mira, Tarik, prepara un grupo y ve al sur. Pero ten cuidado, sobre todo ten cuidado. Ante una señal de peligro, os retiráis y volvéis a informar, ¿de acuerdo?

- Claro, jefe – sonreí.

Y, finalmente, partía minutos después con Nie y Aruala hacia el sur. Burhum las observó partir, su cara lo decía todo: «tres hembras, por Lorien que no mueran», con una mezcla de enfado y esperanza.