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lunes, 16 de noviembre de 2009

Las ruinas

El camino parecía tranquilo, era un bosque de ensueño. Aquella fauna que llevábamos conociendo unos cuantos días se colaba tímidamente entre aquellos gruesos y altos árboles de afiladas acículas y maderados frutos. El aire se respiraba oxigenado, limpio, natural. Casi como el jardín, como mi jardín, mi paraíso perdido, olvidado. Todo lo que quedó atrás, las posesiones de una vida anterior, de una existencia tan lejana como los viejos dioses, cuyos ojos nos observaban desde el cielo: Urruk, el Guerrero, Osm, el Sabio, Lorien, la Madre; tan lejanos como los nuevos y desconocidos dioses, cuyos fríos y brillantes ojos nos acompañan durante las noches en que la tristeza por lo dejado atrás y el miedo a lo desconocido se abate sobre nosotros, nos acosa, nos acecha, y nos induce a un sueño intranquilo, nervioso… infructuoso.

Llevábamos horas de camino cuando unos pasos sonaron a nuestra espalda. Al darnos la vuelta nos encontramos con una imponente elfa, bellísima y de exótica apariencia. Llevaba unas ropas extrañas que jugaban a enseñar y esconder, dejando entrever el nacimiento acanalado de sus pechos, que parecían ser suaves y firmes. Su blanca piel, blanca incluso para los elfos, estaba perlada por una fina capa de sudor que descendía juguetón, colándose bajo la ropa. A modo de sorpresa, en cualquier caso, estaba su marcada frente y sus salientes pómulos, que pese a desentonar extrañamente con el resto de sus rasgos, le conferían una belleza fiera y salvaje, casi de rasgos insinuadamente cottar, aunque suavizados con aquellos finos rasgos que caracterizaban a los de su especie.

- Yo ayudaros – dijo, pronunciando con exagerada lentitud.

- Gracias – dijo Tarik. Y luego, señalándose, añadió –: Tarik.

Nie y yo hicimos lo propio.

- Kshandra – respondió ella, arrastrando la “k”, fundiéndola líquidamente con la “sh”.

Y, efectivamente, nos acompañó el resto del camino. Era una presencia tranquila, aunque a veces su naturalidad y parsimonia resultaban inquietantes. Por la noche, cuando acampamos, el hecho de que insistiese en que podíamos dormir todos, que ella velaría, no ayudó a calmarnos en absoluto.

- Yo no dormir, vosotros todos poder dormir – dijo.

Pero Tarik decidió velar con ella y en cottar nos avisó de que pensaba despertarnos para hacer turnos y no dejar que Kshandra velase sola. Nie y yo aceptamos el trato. Nadie terminaba de fiarse de aquella extraña elfa, resultaba obvio.

La luz del día nos sacó del sueño nocturno. Kshandra nos observaba con una sonrisa condescendiente, aunque sin ocultar su sorpresa. Parecía pensar: «mira que duerme esta gente», o algo muy similar. A saber cuánto tiempo llevábamos durmiendo, porque el Sol ya se alzaba bastante sobre la línea de árboles. Ella, en cambio, no mostraba cansancio alguno, ni ganas de dormir; tal vez no necesitase dormir en absoluto. Esa mañana, Tarik no hizo ningún comentario sobre el hecho de haberse quedado dormida, las demás evitamos el tema.

El día se desarrolló con total tranquilidad, Kshandra incluso se adelantó unos minutos y volvió con un pequeño cérvido a cuestas. Su sangre tenía un regusto fuerte, sano, y nos alimentamos con avidez. Esa misma media tarde, cuando salimos del bosque, en la distancia, apreciamos las grises ruinas de una ciudad. Y allí nos dirigimos.

Estábamos muy cerca del borde de las ruinas cuando Tarik alzó una mano extendida y se llevó un dedo a los labios. Luego señaló alrededor y se tocó una oreja. Nos esforzamos en hacer el mínimo ruido posible y escuchamos, más o menos cerca, un grupo de voces, bastante graves y roncas. Nos acercamos hasta allí con sumo cuidado y pudimos ver a unos humanoides de pequeño tamaño. Eran menudos, de piel gris negruzca, con lacio cabello negro y orejas ligeramente puntiagudas. Salían de un edificio grande, cargados de libros y comentaban algo entre ellos. Vi que Kshandra y Tarik gesticulaban entre ellos, pero no recuerdo qué se decían, pero sí recuerdo cómo se levantó Kshandra, cómo alzó sus manos y cómo una muerte de fuego salió de ellas. Los humanoides saltaron en pedazos inmersos en un brutal estruendo y por primera vez en años, tuve náuseas: la sangre se había alzado en una pequeña nube y pareció quedar suspendida en el aire durante una eternidad, que se extendió menos tiempo del que separa un latido de otro. Cuando al fin fui capaz de fijarme en algo más que en la impronta de aquella inmensa cantidad de sangre sobre el suelo, vi los brazos y las piernas arrancados brutalmente de los cuerpos, a metros de estos; pero mi corazón marcaba un ritmo lento, estaba tranquila pese a la desagradable escena. Quedaba patente que Kshandra podría habernos eliminado sin problemas si fuese ésa su intención, y ahora parecía que nada podría causarnos problemas mientras ella estuviese a nuestro lado. Y allí, en mitad de una ciudad abandonada, junto a los cadáveres despedazados de veinte pequeños humanoides negros, me sentí tranquila y en paz.