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viernes, 20 de noviembre de 2009

Hacia la colina

Burhum:

La ciudad, aunque estaba un poco tomada por la vegetación, estaba en bastante buen estado. Había sistema de alcantarillado y todo. Era una mejora notable. La llegada fue, a decir verdad, un poco caótica; todos intentaban buscar un lugar donde establecerse, una casa, y el lugar era grande. Cada uno buscaba la que más le gustaba, o la que mejor podía explotar para sus intereses. No es que me pareciese mal, claro, pero había decisiones que tomar antes.

- ¿Qué creéis que deberíamos hacer con los cuerpos? – pregunté a los pocos que habían antepuesto los intereses generales a los propios – ¿creéis que deberíamos quemarlos, enterrarlos o…?

No sé quién dijo qué; hubo quien dijo de clavarlos en postes a las afueras de la ciudad, como señal de advertencia: «peligro, no paséis», o algo así. Hubo quién dijo de tirarlos fuera, en el bosque, para alimento de la flora y la fauna del lugar, aunque alguien añadió que eso atraería carnívoros varios a la zona. El caso fue que tras escuchar a todo el mundo, decidí quemarlos.

- Odom, coge a unos cuantos hombres más y deshazte de los muertos.

Ninguno dudó, eran buenos cottar.

El día estaba avanzado ya cuando los gritos de Tarik llamaron nuestra atención. «¡¡Ber, Ber, socorro!!». Ber echó a correr hacia el edificio que habíamos decidido habilitar como hospital, y que, probablemente, hubiese mantenido la misma función en tiempos. Kshandra se dirigió rápidamente hacia los gritos. Al parecer, según nos enteramos luego, el asunto es que había encontrado los cuerpos de unos animales de tamaño más o menos grande, con lo que parecían viejas y desgastadas sillas en mal estado cerca: monturas.

Fue la mañana siguiente cuando Tarik nos comunicó su interés de viajar hacia el este, hacia la montaña, donde había tenido el encuentro con el monstruo, según nos informó. Tal vez por el tiempo que llevaba sin saborear el dulce regusto del combate, tal vez porque quería darle alguna oportunidad de recuperar el brazo a la exploradora, accedí a formar un pequeño grupo para ir hasta allí. El grupo lo formamos, tras que Óxios nos informase de que estaba bastante enfermo y de que no veía conveniente ir, Tarik, Alai, Luna, Kshandra y yo. Éramos un grupo aparentemente fuerte y versado en las artes de la lucha, con una maga y una vieja diplomática y, además, Kshandra, de la que se hablaban maravillas de poder.

El viaje empezó tranquilo. El bosque era un lugar interesante, el viento producía un agradable ruido de frotar del follaje, los pies arañaban el suelo de hojarasca al caminar y el intenso aroma de la sangre de docenas de animales plagaba el ambiente. Un día. Dos días. Tres días. Cuatro días.

Era la noche del cuarto día, concretamente, cuando aparecieron. Eran unas criaturas dotadas de cabeza, torso y brazos que se arrastraban sobre una brillante barriga, como si fuesen reptiles. Eran unas 5 y se acercaron a hurtadillas. Conseguimos reaccionar a tiempo y las encaramos. Intentamos dialogar con ellas y, finalmente, pareció que lo habíamos conseguido. Alai realizó una serie de gestos: los señaló, hizo un gesto de separación usando las dos manos y luego me señaló a mí e hizo un extraño gesto que parecía hostil, como si indicase que yo iba a luchar contra ellas. Lo cierto es que ese último gesto no se correspondió demasiado bien con sus palabras: «vosotros, apartaos para que nosotros podamos seguir nuestro camino». Creo que no fui el único que lo interpretó como: «vosotros, apartaos o este macho cottar os va a inflar a hostias». El caso es que, de todos modos, aquellos extraños seres se replegaron como alma que lleva el diablo y nos dejaron allí, tranquila y pacíficamente. En el momento me sentí orgulloso de Alai, tal vez había usado aquellas palabras para no preocupar a Luna, pero el resultado parecía evidente.

Cuando a mediados del quinto día volvieron a aparecer frente a nosotros, aquel buen resultado dejó de parecer tan obvio. Eran unas 20, y nos miraban amenazadoramente, con sendas cimitarras. Bueno, las más alejadas tenían arcos en las manos. Lo único que acerté a pensar fue: «si unas cuantas palabras sirvieron para intimidar a 5, una muestra suficiente de fuerza hará lo mismo con 20». Cogí mi espada, mientras otros cogían palos y piedras; Kshandra hizo un conjuro velozmente y pareció endurecerse bajo la piel: los músculos se movieron, se tensaron, aumentaron de tamaño. No fue una visión agradable, pero para aquellos bichos seguro que fue más desagradable todavía.

Algunos se acercaron prestos a combatir, yo me colé entre dos de ellos y lancé un brutal tajo diagonal hacia arriba, tronzando a uno. Su sangre salpicó en todas direcciones mientras caía y parte de sus tripas saltaron por la abertura que le había dibujado, impulsadas por la punta de la espada. El otro que estaba a mi lado, que por sus senos debía de ser una mujer, dudó un instante, y para cuando intentó levantar su cimitarra era tarde: mi espada había caído con fuerza partiéndole la clavícula y penetrando con fuerza a través de las primeras costillas. Aparté el cadáver de una patada y miré alrededor, preparado para seguir matando a aquellos repugnantes híbridos. Se habían apartado de mí y el terror en sus ojos era evidente, me puse en posición de ataque y rugí con todas mis fuerzas. Fue un grito brutal, atroz; lleno de la ira y la rabia, lleno de mis ganas de matarlos, de regar el bosque con su sangre, de sentir el placer de segar una vida una vez más. Muchas tiraron sus cosas y emprendieron una fugaz retirada, el resto, al ver su número repentinamente mermado, emprendieron la huida, aunque cargadas con sus bártulos. Y yo me quedé allí, con la espada en la mano salpicado de sangre y vísceras.

Allí me gané parte del respeto de los presentes. Una hembra necesitaba una demostración de fuerza, es evidente. No sé cómo pude dudarlo. Mis compañeros aprovecharon para armarse con las cimitarras abandonadas e incluso con algún arco, el resto de las piezas abandonadas las llevamos atadas con una cuerda, pues nunca venían mal las armas para un pueblo. Y fue, tras siete días de marcha, cuando llegamos al final de la línea arbórea. La montaña estaba pelada a partir de aquel punto; resultaba extraño… casi increíble. Una línea que rodeaba la montaña a una determinada altura y que se perdía donde el ángulo mataba la vista, el paisaje. Era sencillamente mágico, como probablemente fuese literalmente.

- Estamos cerca – comunicó Tarik.