Google+

viernes, 27 de noviembre de 2009

El viajero

El extraño hombre se sentó en el taburete. Era alto, delgado y de larga melena negra lacia. En su rostro lampiño sólo destacaba una sonrisa torva detrás de unos labios finos. Vestía unas ropas muy extrañas, rojas y doradas, de la que distintas solapas apuntaban hacia el cielo desafiando las más elementales leyes físicas. Parecían unas buenas ropas... pero muy viejas. Muy, muy viejas. Con desgarros, parchaduras, y con las mangas deshilachadas.
- ¿Podrías ponerme una cerveza? - preguntó con un acento nunca antes oído por ninguno de los presentes - ¿Una cerveza helada como la guarida del Gran Terror?
- ¿Tienes con qué pagar, viajero?
- Tengo información. Y la información es valiosa.
- No alimentaré a mi familia con noticias. Quiero platas, contantes y sonantes.
Los parroquianos se miraron unos a otros sin saber bien qué decir.
- O dinero o nada; pobretón, sucio aprovechado. Lárgate de aquí antes de que te hunda los dientes - le espetó el posadero.
- Bueno, hombre, tranquilo Francisco, yo le invito a la cerveza. En el peor de los casos seguro que tiene un bonito cuento en la cabeza, ¿verdad, viajero?
El recién llegado miró al hombre que lo invitaba y bajó la mirada, ocultando la cabeza entre las manos.
- Tú no... tú no... - murmuró.
- ¿Disculpe?
- No eres tú quien se supone que ha de invitarme. Todo falla, todo falla... todo se va al traste otra vez.
En la taberna volvió a hacerse el silencio. Esta vez nadie se atrevió a romperlo.
- Posadero - dijo el recién llegado - Francisco posadero, tú has de invitarme a esa cerveza. Tú. Motu proprio... tú. Todo... todo está escrito, todo tiene que ser así... yo... - y su voz se ahogó en un lamento.
Los lugareños miraron a Francisco el posadero; sus miradas le decían "está loco, invítale a la cerveza y que se largue". Cejas subidas en gesto de lástima, labios fruncidos reprobadoramente.
- Bueno, bueno... hombre, toma tu cerveza - el posadero comienza a romperla en una jarra reluciente. La espuma se desborda. El cristal impacta en la mesa. El aroma del trigo fermentado trae recuerdo al viajero, que contiene el aire y saborea los recuerdos, saborea el aroma. Piensa en sus aciertos y en sus errores. Tantos, tantos años y aún así equivocándose. La edad da la sabiduría, pero no fue suficiente. Siempre, por meticulosos que sean los planes, puede fallar algo.