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lunes, 2 de noviembre de 2009

El orfanato

Aquel era el lugar en el que nacían las pesadillas. Era bastante traumático verte arrojado entre aquellas paredes, sin opción de réplica, sin contemplaciones. Salir de tu bello y acogedor hogar y ser abandonado en aquel antro.

Era un lugar oscuro y frío. A veces, cuando la lluvia repiqueteaba fuera, al otro lado de las sucias y grasientas ventanas, que no habían sido limpiadas en años, parecía que, durante unos instantes, una sombra se agarrase al enrejado externo y lo agitase con fuerza. Y en aquel momento, el corazón se desbocaba tanto que se confundía con el veloz repiqueteo de las gotas.

En aquel terrorífico lugar, cuando el Sol se ponía, los demonios se despertaban. Y cuando todos estaban tímidamente dormidos, tapados por completo, se paseaban por los pasillos, separados tan solo por unas endebles puertas que hacían de las habitaciones un castillo inexpugnable. Todos podían oírlos, y todos contenían sus ganas de llorar, sus ganas de volver a sus casas, con sus padres, como si nada hubiera pasado. Ninguno quería ser el cobarde. El lugar era horrible, sí, pero ¿cuán horrible sería si se volvieran, además, el hazmerreír de sus compañeros?

Horribles días en las clases con profesores malencarados y ojerosos, horrendas noches en los dormitorios con los monstruos que paseaban fuera. Y la vida seguía, alterada tan solo cuando llegaba un nuevo niño. Nuevos niños, viejos camaradas... y terrores comunes. Para todos.