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miércoles, 4 de noviembre de 2009

El elfo

Alai:

Estaba en mi turno de guardia, la segunda. El tiempo pasaba lentamente al calor que despedía la hoguera. Era el segundo día, la segunda noche, más bien, y parecía una noche tranquila. Sólo el crepitar del fuego y los quejidos de la leña interrumpían el pacífico silencio. Allí, tan lejos de casa que ni siquiera nuestros dioses se dignaban a contemplarnos desde lo alto, tal y como había destacado la madre Nuala cuando habíamos discutido sobre qué hacer, aquel silencio era portador de calma, de mansa tranquilidad y parecía inspirar seguridad.

Y con ese tranquilo silencio fue pasando el tiempo hasta que el crujido de unas ramas llamó mi atención y me quitó de mi soporífero ensimismamiento y me puso alerta. Me levanté casi de un salto y, no sé por qué, corrí hacia el sonido, alejándome de la fuente de luz. «El sonido ha sido muy cerca – pensé – no puedo dejarlo huir». En última instancia, con un solo grito despertaría a casi todos los míos.

Allí, entre las sombras, reconocí una figura que se alejaba tan torpemente como yo intentaba darle alcance, medio corriendo, medio tropezando entre las ramas y las hojas. Con todo, la figura me iba sacando más y más terreno. Parecía una persecución eterna aunque, probablemente no llevásemos más que unos instantes pero tocó a su fin con el ruido de un golpe y un grito atroz, desgarrador. Me acerqué hasta la caída figura y le di la vuelta, se tapaba el rostro con las manos y gritaba. Entre los dedos que apretujaba contra la cara manaba sangre, mucha sangre. Caliente, fresca, deliciosa sangre, aunque mezclada con algo más. Reprimí el hambre y cargué con él hasta el campamento, lo dejé cerca de la hoguera y fui a avisar a Burhum mientras la figura, que a la luz de la hoguera resultó ser una extraña criatura con la cabeza cubierta de un largo cabello rubio y unas extrañas orejas puntiagudas. Lo cierto es que era bastante monstruoso, pero el hecho de que estuviera llorando lo hacía parecer más patético que otra cosa.

- Burhum – lo llamé – Burhum, despierta.

Burhum se despertó perezosamente.

- ¿Qué pasa? ¿Qué quieres?

- He encontrado algo.

Burhum observó con más interés.

- Escuché un ruido y corrí detrás de él y… bueno, es un… ser con brazos y piernas, ágil y… con la cabeza cubierta de pelo.

- Un dorano.

- No, no es un dorano. Es… no sé qué es, pero no es un dorano.

Y salieron a contemplar al ser que se retorcía de dolor junto a la hoguera mientras seguía manando aquel líquido sanguinolento.

- Deberíamos atarlo.

- Por favor, Burhum, míralo: está llorando. ¿Te parece un sujeto peligroso?

Burhum miró al herido y luego miró a Alai. Resopló.

- Por los dioses, ve a llamar a Ber y que le dé algo para calmar el dolor.

Un líder no debe mostrar cobardía.

Ber:

Me llamó Alai, no sé qué hora era. Había alguien herido. Me acababa de despertar y no me enteré muy bien de qué pasaba. Recuerdo que me dijo “tiene pelo”, pero pensé que se refería al causante del daño. Es muy poco común que un cottar atienda a una criatura con pelo. Me levanté a toda prisa y reuní mis plantas, incluidas las que había cogido por el camino, y seguí a Alai. Me llevó junto a la hoguera. El campamento seguía en silencio, pues a excepción de Burhum, Alai y yo, no había nadie despierto.

Me acerqué al herido y le aparté las manos. Se había reventado el ojo con algo punzante y sucio, seguramente una rama o un saliente de roca. Tenía marcas y arañazos por toda la cara, lo que podía confirmar el latigazo de las ramas. Alai me puso al tanto mientras hervíamos agua, puse todo lo que me quedaba de duermeniños y se lo ofrecí, tal vez no se durmiese, pero le quitaría el dolor, era todo cuánto estaba en mi mano.

- ¿Qué vas a hacer? – preguntó Alai.

- Voy a limpiar la cuenca para retirar lo que haya quedado de ojo y luego intentaremos que deje de sangrar y taparemos la herida.

Y allí, al calor de la lumbre, con el herido inconsciente por las drogas, lo atendí lo mejor que pude, con los medios de los que disponía.

Alai estuvo al lado del herido hasta que se despertó Burhum otra vez e intercambiaron puestos. Recién empezada la mañana, ella se fue a dormir. Yo me acababa de levantar y contemplé al sujeto con fascinación.

- Es como una de esas criaturas de los cuentos – dijo alguien.

Y tenía razón. Era una criatura de cuento, con pelo largo, del color del sol, nariz afilada y rasgos muy suaves. Bello a su manera, aunque muy diferente a un cottar. Mientras lo observaba, Ber, el sabio, intentaba hablar con él por señas. Ber se señaló a sí mismo y dijo: «Ber». El otro, haciendo lo mismo, respondió: «elfo». “Se llama elfo, se llama elfo” dijeron unas cuantas voces medio cuchicheadas entre el gentío que estaba mirando. Ber se señaló a sí mismo, señaló a más de los suyos y dijo: «cottar». El elfo se señaló a sí mismo y dijo: «Úlvien» y luego, señalándose a sí mismo y haciendo un gesto alrededor, añadió: «elfo». Ber señaló a la muchedumbre cottar y luego hizo un gesto amplio, abarcando el espacio dónde se encontraban. Luego preguntó: «¿elfo?». Y el tal Úlvien, demostrando cierta comprensión, señaló el sol, levantó dos dedos, y luego marcó una dirección con la otra mano.

- Creo que su pueblo está a dos días en esa dirección – dijo Ber.

- Deberíamos llevarlo – dijo alguien.

Hubo quién se opuso, hubo quién no, pero al final un grupo armado compuesto por los cuatro guerreros del pueblo, por Ber, Alai y Luna se dirigieron al suroeste con el elfo. Y yo, por petición de Burhum, me quedé a cargo del pueblo

- ¿Y si os pasa algo?

- Esperaréis siete días. Si nos retrasamos más, seguiréis vuestro camino río abajo sin mirar atrás.

- Pero…

- Además, ¿qué nos va a pasar? Va Alai con nosotros – dijo en tono bromista –, la primera vez que echa a correr detrás de alguien y ese alguien corre hasta perder un ojo. Estaremos bien.

Un líder nunca debe mostrar temor. Burhum seguía aquella máxima a rajatabla. Aunque Aruala creyó ver un brillo de duda en lo profundo de la oscuridad de aquellos ojos.

- Suerte, Burhum.

- Suerte para ti, Aruala.

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Si Ber o Alai consideran que no habrían dicho/hecho/expuesto las cosas de ese modo, aceptaré los cambios que me digan.