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sábado, 7 de noviembre de 2009

Ducha

El agua caía caliente y las paredes comenzaban a condensarse. Se llevaba sus pecados. El agua casi hirviente saliendo del cabezal de la ducha era agua bendita; el vapor de agua era Dios, elevándose etéreo e intangible. Echó la cabeza hacia atrás y dejó que corriese por su pelo, como las juguetonas manos de una mujer; que lo empapase, que le lamiese los hombros, la espalda y las piernas, antes de abandonarlo.

La mampara era la cortina de humo, el mundo a su través se veía alterado, tergiversado, como el que se ve a través del prisma de las personas. Un mundo lleno de mentiras, traiciones, dobles juegos, puñaladas por la espalda... un mundo dirigido y creado por personas, débiles y temerosas de que los demás descubran quiénes son en realidad. Un mundo de cazadores y presas. Un mundo muy poco diferente de de las hienas, del de los leones o del de cualquier otro predador. El ser humano empezaría como carroñero-recolector, pero, sin duda alguna, había acabado predando y eso no podía dejar de marcar a la especie, al individuo. Y, por ello, dejó que el agua se llevase sus males y enjuagase la sangre de siglos de predación y mentiras.