Google+

viernes, 20 de noviembre de 2009

Desazón insómnica

Odio no ser capaz de dormir, odio dar vueltas y vueltas. Retirar el edredón por el calor, volver a ponerlo por el frío. Odio la sensación de un sudor plomizo en las piernas y, de vez en cuando, la sensación de frío en los pies. Odio las vueltas, sobre todo las vueltas y esa extraña desazón que parece indicarte que no te vas a dormir nunca. Ya nunca más. "El sueño ha terminado" o algo así parece querer decir.

Creo que es en esos días de insomnio cuando nos visita El Corintio. "Duerme, duerme, que viene el Coco y te comerá" dice la canción infantil. Y tal vez eso nos marque de pequeños. A mí, al menos, no ser capaz de dormir me incomoda, me inquieta; quiero dormirme de una vez y no soy capaz; y eso me hastía. Cuanto más hastiado, más ganas conscientes de dormir, pero menos a gusto me encuentro en la cama y menos sueño tengo. Entonces me harto, enciendo la luz y sigo leyendo y las campanas dan una hora más. Y otra. Y a veces otra. Y el caso es que, para entonces, ya solo me queda la desazón; aquella desazón y un cansancio extremo, pero aún no han llegado las ganas de dormir. Es entonces cuando me doy la vuelta, apago la luz y espero que el cansancio sea suficiente razón para dormir.

A pesar de que la inquietud del no saber que hacer amenace con devorarme los ojos, el cansancio es un dios bueno que todo lo puede.