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viernes, 9 de octubre de 2009

Noche, día, noche

La hoguera brillaba con fuerza. Los cottar yacían cerca del fuego intentando combatir el frío exterior que se adhería a la piel y se iba contagiando poco a poco por el cuerpo, como un veneno lento y letal. Tres parejas de cottares, siempre uno cara al río y otro en el lado opuesto, se alternaron haciendo guardias por la noche y la noche pasó, dando paso a una luz tímida.
Mientras muchos aún dormían, Durhum envió a varios de los suyos a buscar, aunque lo cierto es que contando la manipulación mental que todo cottar es capaz de producir en sus objetivos, nadie tenía especial necesidad de alimentarse. Con todo, algunos cottares ingirieron un poco de sangre de unos cuadrúpedos de pequeño tamaño sin causarles daño o quitarles tanta sangre como para suponerles un problema, y se dispusieron a seguir el camino. Pero alguien, no recuerdo bien, dijo: «falta uno – y luego, ante el gesto de duda de los demás, añadió – ayer éramos cien, nos conté cuando empezamos a caminar». Supongo que muchos se vieron en la necesidad de hacer su propia cuenta, yo incluida, y sí, éramos noventa y nueve cottares.
- ¿Alguien sabe quién falta? – preguntó Durhum – ¿alguno de los exploradores tal vez? ¿alguien que haya ido a mear?
Nadie dijo nada.
- ¡Joder! ¿Nadie?
El silencio se volvió incómodo y tenso.
- Deberíamos darnos cada uno un número y que cada uno vigilase a… – dijo, claramente hacia Durhum, la hembra que el día antes había traído a los felinos.
Las voces, cada vez más altas, de los demás callaron la suave y tranquila voz de la hembra. Discutían presas del miedo, del desconocimiento. El mundo cobraba un color más oscuro, más terrorífico ahora que uno de los nuestros había desaparecido sin dejar rastro y ante la vista de dos guardias.
- Tal vez hubiera algún infiltrado en el grupo y la persona que desapareció no fuese de verdad uno de nosotros – dijo alguien.
- O tal vez hayan usado magia y por eso no nos enteramos de que… – había empezado otro.
- Sea lo que sea – empezó Durhum – no ganaremos nada discutiendo sobre vacío. Vamos a… tomar medidas. Para empezar vamos a hacer caso a… ¿cómo te llamas?
- Luna – respondió la muchacha de los felinos.
- Luna, bien, pues vamos a hacerte caso. Vamos a darnos unos números, del uno al noventa y nueve y cada uno vigilará al número siguiente y al anterior al suyo propio, ¿vale? Los que ya se conozcan que se cojan números juntos para facilitar los recuentos y demás, venga... vamos allá.

Yo fui el 21, y Ber, un macho con el que fui recogiendo plantas desconocidas mientras caminábamos la tarde anterior, fue el 22. Ber era quien había dado las órdenes en el río y era con el que más había hablado, aunque a decir verdad no se trataba de alguien en exceso hablador. Así pues, yo vigilaba por él y por un tal Nisit, un macho nervioso y delgado que movía la cabeza de un lado a otro constantemente, como queriendo estar al tanto de todo. Supuse que tenía miedo.

Y así, numerados y vigilados cada uno por otros dos cottares, seguimos caminando siguiendo el río, que caracoleaba a izquierda y derecha aunque, a grandes rasgos, seguía dirigiéndose al oeste. No nos detuvimos hasta que el sol estuvo en lo alto y paramos para alimentarnos, se estaba bastante bien, era una temperatura de atardecer en nuestra región original. Y tras aqueña breve pausa, seguimos caminando hasta que cayó la noche. Por el camino, Ber y yo habíamos seguido cogiendo plantas y esta vez se nos había unido la mujer del traje elegante, que se llamaba Alai. Era una mujer bonita y educada y, al parecer, también sabía algo de plantas. Me sentía cómoda con ella y con Ber, y me alegré mucho de haberlos conocido. Cuando no conoces a nadie, cualquier similitud se recibe con agrado.

Por la noche se prendió otra gran hoguera y se organizaron nuevas guardias. Durhum haría la primera, Alai la segunda y la chica de los felinos, que se llamaba Luna, la tercera.
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Hay bastante más escrito, pero queda para otra ocasión.